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Editorial:

'Mea grandísima culpa'

La carta pastoral del Papa sobre la pederastia en la Iglesia llega tarde y se queda corta

Demasiado poco y demasiado tarde. Benedicto XVI trata de atajar la pandemia de pederastia que aqueja a la Iglesia, en un intento, sin embargo, condenado al fracaso de hacer borrón y cuenta nueva. El vehículo ha sido una pastoral dirigida a los católicos de Irlanda, donde se han aireado históricos y gravísimos escándalos, y el procedimiento, la llamada visita apostólica o inspección de unos missi dominici pontificios que harán balance y algo tendrán que proponer sobre la Iglesia de la muy católica isla republicana.

La carta, aunque larga en amargos reproches a la jerarquía episcopal, colosales muestras de condolencia hacia las víctimas de los abusos sexuales y hondísimo remordimiento papal, sólo trata de Irlanda, omitiendo la lista de países donde en las últimas décadas se han dado numerosos casos de tan aberrante índole, como Holanda, Austria, Suiza, Italia, Estados Unidos, la propia España y, aún más ominosamente, Alemania. Y el documento tampoco habla de apartamiento o renuncia de quienes por ostentar cargo que les permitiera u obligara a saber lo que ocurría -sobre todo, obispos- prefirieron encubrir los hechos a denunciarlos.

A lo sumo, a los pederastas, si no convictos sí confesos, se les privaba de sus responsabilidades, lo que en ocasiones podía limitarse a un cambio de una sede a otra nueva donde proseguir sus fechorías. Pero, aun si se hubieran tomado todas las medidas necesarias para que cesara tanta sordidez, no habría sido suficiente. La Iglesia no entendía entonces, ni ahora, que la pederastia, además de un pecado para quienes tienen esa visión religiosa del mundo, es un delito común, al margen de lo que las creencias establezcan, y, por tanto, perseguible ante la ley.

La pastoral no podría resolver ni cerrar nada, aunque sólo fuere porque la prensa alemana asegura con todo lujo de detalles que un sacerdote, notorio pedófilo, fue trasladado para su ocultación a Baviera en 1980, cuando presidía la diócesis de Múnich Josef Ratzinger, hoy santo padre. ¿Podía el prelado ignorar la maniobra? Y si el Papa ha mostrado arrepentimiento, sobran ejemplos en la curia de quienes sólo ven en el escándalo un complot de los siervos del Maligno.

La Iglesia ha envejecido mal. La modernidad y sus secuelas han vaciado los templos, convertido las catedrales en museos y reducido a la inanición las vocaciones, lo que ha llevado a una laxitud, presa del pánico, en las ordenaciones; y todo ello en medio de la zozobra que entraña una secularidad más compleja y exigente que nunca. Cabría esperar, con todo, que semejantes hechos, de los que hay que exigir la cercenación y el castigo -también secular- inmediatos, provocaran una reflexión que aboliera el absurdo celibato sacerdotal. Ésa no es, por supuesto, la profunda raíz del mal, pero sí uno de sus mejores auxiliares.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 22 de marzo de 2010