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Reportaje:vida&artes

No es un fracasado, es más sabio

La sociedad estigmatiza a los empresarios que cierran su negocio - El 50% de los españoles no emprende por miedo - Los bancos no dan segunda oportunidad

Han mirado al fracaso de frente. Se cansaron de trabajar para otros y apostaron todo su patrimonio y hasta sus relaciones personales para crear la empresa con la que soñaban. Pero no funcionó. Tuvieron que cerrarla. Una pesadilla de deudas y despidos. Y después, ¿qué? La mayoría vuelve al mercado laboral por cuenta ajena. Pero a algunos, a pesar de todo, aún les quedan ganas de volver a intentarlo. Son emprendedores que buscan una segunda oportunidad. Pero en la mayoría de los casos no les llegará. Los bancos ya no se fían de ellos. La sociedad no está dispuesta a perdonar el fallo. Los emprendedores españoles se lo juegan todo a una carta.

En España la tasa de actividad emprendedora (el porcentaje de población activa embarcado en un proyecto empresarial con menos de tres años y medio de vida) es del 5,1%. Un año antes era del 7%, según el informe GEM, un estudio mundial realizado por instituciones académicas de 54 países. El principal motivo para no emprender aquí: el miedo al fracaso. Más del 50% de la población asegura que nunca se lanzaría a abrir una tienda o un despacho propio porque teme darse un batacazo. Porque el fracaso sale caro. "Si no te sale bien, ponen una crucecita al lado de tu nombre. Y ahí se queda. Los bancos, los inversores, los medios de comunicación...", resume Alberto Fernández, profesor del IESE especializado en estrategia empresarial. La mitad de los que quieren reemprender tienen problemas para encontrar dinero con el que hacerlo.

El que no prospera provoca despidos, y eso se penaliza mucho socialmente

Sólo el 2% de las empresas en concurso acaba saliendo adelante

El 64% de los que fallan con su proyecto no piensa volver a intentarlo

La mitad de los que 'reemprenderían' sufre la falta de financiación

Nada que ver con otros países. Según explica un gestor de inversiones de riesgo que pasó una larga temporada en EE UU, cuando allí llegaba un emprendedor le preguntaban cuántos fracasos había tenido antes. "Si era su primera empresa, le ponían pegas, porque no sabía a qué se enfrentaba. Si tenía más de cinco fracasos, mal también. Demasiado riesgo, porque está claro que no había aprendido de sus errores. Entre dos y tres cierres, estaba bien visto", recuerda. En ese país, tierra de pelotazos empresariales y grandes ideas salidas de un garaje, no se premian los fracasos, pero sí se entienden como parte del juego.

El caso es que la historia empresarial está llena de ejemplos de que las segundas oportunidades pueden merecer la pena. Thomas Edison fracasó en 10.000 experimentos antes de dar con el filamento ideal para su bombilla incandescente. Richard Brandson (creador de Virgin) tuvo dos empresas fallidas antes de saborear el éxito. Incluso Google, el gigante de Internet, ha desarrollado o comprado proyectos que ha tenido que cerrar por su escaso interés, como Jaiku, una herramienta parecida a Twitter que duró dos años en sus manos.

En España, dice Fernández, ir a concurso de acreedores es todo un drama. "Esta fórmula, la antigua suspensión de pagos, se ideó en realidad para garantizar la viabilidad de las empresas. Hay algunas compañías que se ven obligadas a cerrar, pero la culpa no es de una mala gestión, sino del entorno, las deudas de otros proveedores o mala suerte. Pero aun así, ya quedan marcados. Según un estudio de una consultora, sólo el 2% de las empresas que entran en concurso acaban saliendo adelante. Esto es una prueba de que aquí se paga caro fallar", argumenta. Los bancos, y hasta el vecino, mirarán mal a partir de entonces al ex empresario. "No debería ser así, porque para eso están los jueces. Ellos son los únicos que deberían valorar si en el cierre ha habido una mala gestión o han incurrido otras circunstancias", defiende. Incluso cuando la culpa no fue del empresario, ¿por qué no le perdonamos?

Es por el carácter latino, explican los expertos. Los anglosajones suelen ver la botella medio llena después del desastre. Cuanta más cultura emprendedora hay en un país, más fácil es que inversores y sociedad sean más comprensivos cuando las cosas no salen bien. También tiene que ver, coinciden varios entendidos, con el apego a la seguridad laboral. En España se valora mucho la estabilidad. Y el empresario, cuando falla, arrastra a otros al paro y, en algunos casos, a sus familiares a una mala situación económica. Algo que, si se hubiera hecho funcionario, no hubiera ocurrido. "Hay una clara relación entre los niveles de actividad emprendedora y la flexibilidad laboral en un país", defiende Ignacio de la Vega, del IE Business School. Estados Unidos es el paradigma de un extremo: hay muy poca seguridad laboral cuando se trabaja para otros y por eso la gente no ve riesgos al montar una empresa. Al otro extremo, España, donde la seguridad laboral es alta (lo que De la Vega y Fernández califican de un mercado laboral muy inflexible), montar una empresa es cosa de locos o soñadores.

"Yo creo que sí que ha mejorado un poco la situación. El estigma esta ahí, sobre todo de cara a los bancos. Pero muchas redes de inversores ya empiezan a valorar que un cierre no es un fracaso, sino bagaje", explica De la Vega. "No hay que olvidar que el 35% de la mortalidad empresarial no es porque vaya mal la compañía, sino porque la absorbe otra más grande o simplemente porque el dueño encuentra una oportunidad interesante trabajando para otros", apunta.

Su escuela de negocios ha llevado a cabo, a través de la plataforma GEM en España que lideran, un estudio para analizar el clima de la segunda oportunidad para emprender en España. El resultado es aplastante: el 64,2% de los que fracasaron una vez no piensa volver a intentarlo. Sólo un 14%, un año después del cierre, ha puesto otra iniciativa en marcha. Los principales problemas que señalan para reemprender son la falta de financiación (el 50,7%), la crisis (el 30%) o los impuestos (el 27,4%).

El estudio recoge además impresiones concretas de empresarios. Muchos explican que "los bancos no les conceden créditos porque aún están endeudados en relación con la liquidación del negocio anterior". Otros subrayan que el problema es que las entidades "no confían" en que su idea sea viable. Los más positivos señalan sin embargo que al tiempo que los bancos se lo ponen más difícil, sí han encontrado nuevas vías de financiación, como los business angels, inversores particulares que se agrupan para buscar y financiar iniciativas que consideran innovadoras (el 14% cuenta con dinero de estas redes). La Unión Europea lleva años advirtiendo a los Estados miembros de que es necesario reavivar la cultura empresarial, especialmente ahora que las economías están en recesión. Por eso, además de pedir que se fomente en la escuela el espíritu emprendedor, recomienda que se implanten medidas de ayuda a los que prueban una segunda vez. En la Small business act (una lista de recomendaciones aprobada en 2008 para potenciar la pequeña y mediana empresa) pedía a países y regiones que faciliten medidas para que "los empresarios honestos que tuvieron que afrontar una bancarrota reciban rápidamente una segunda oportunidad". Honestos, o lo que es lo mismo, cuyo fracaso no está relacionado con malas prácticas de gestión, acciones ilegales o que no salieron corriendo dejando colgados a proveedores y empleados.

Sin embargo, las líneas de crédito o subvenciones especiales para reemprender, en general brillan por su ausencia. Como mucho, algunas comunidades ofrecen formación algo específica. "La cultura del emprendedor no está arraigada en España. Aquí hay muchos emprendedores carambola", dice Fernando Trías de Bes. Este economista y profesor de ESADE dedicó un libro entero (El libro negro del emprendedor) a los errores más comunes que cometen los que empiezan, y recoge muchos ejemplos de segundos éxitos. Los emprendedores carambola son aquellos que, explica De Bes, no están motivados, sino que encuentran un motivo puntual. De éstos sí hay bastantes. "Ven la necesidad de hacerlo porque se han quedado en la calle o porque un amiguete les ofrece el negocio con el que se harán ricos", explica. Pero emprender "no es probar suerte". Ser un verdadero emprendedor no tiene nada que ver con conseguirlo a la primera, sino con volver a intentarlo. En Estados Unidos, antes de llegar a un triunfo cada emprendedor tiene 3,75 fracasos de media, según recuerda. "El auténtico emprendedor repetirá una y otra vez. Aprende de sus errores, porque cada fracaso duele al bolsillo, y eso cala. Y se nota que no parará hasta conseguirlo, porque tiene un brillo especial en los ojos", defiende.

Si existe ese brillo especial en la mirada de los emprendedores, Julián de Nicolás, de 43 años, lo tiene. Se cayó, pero se ha vuelto a levantar. Hace más de 10 años montó una pequeña cadena de restaurantes mexicanos. Había estudiado económicas y tenía el gusanillo del emprendedor. "Así que busqué la gran idea. Miré a mi alrededor, y me decidí por el sector del ocio. Y entonces me crucé con un distribuidor que me ofrecía productos mexicanos", recuerda. Y se le encendió la bombilla. Montó tres restaurantes. Y le fue mal. La aventura duró dos años. Por el camino perdió dinero. "No fue lo peor. En un proyecto así también inviertes ilusión y mucho tiempo, que le robas a tu vida privada", explica con amargura. Al escucharle hablar se nota que lo que más le dolió fue perder a sus socios. Porque eran amigos. Pero es que, según aprendió, el mejor amigo no es siempre el mejor compañero empresarial.

No sólo aprendió eso. "Para empezar, ahora sé que me faltó un buen análisis de viabilidad y de riesgos. Cuando tienes una idea, no puedes enamorarte de ella sin más. Porque entonces no ves la realidad y crees que tu plan de negocio lo puede aguantar todo", razona. Al menos, se premia, él supo cuándo parar. Escapó de "la trampa del endeudamiento", de seguir huyendo hacia delante y construir una torre enorme con pies de barro.

Después del cierre, pasó 10 años trabajando principalmente para otros. Tenía que recuperarse del golpe. Después probó de nuevo. Y cree que lo ha conseguido. Le quita hierro a los problemas que se ha encontrado por el camino porque dice que, cuando se consigue, la satisfacción es más grande que cualquier obstáculo. "El que tiene el gen del emprendedor no puede evitarlo. Hará lo que haga falta para volver a tener otra oportunidad", dice entre risas. La nueva "gran idea" se llama Supraesport. Lleva dos años fraguándola a fuego lento. Es un centro deportivo en Sevilla, que espera que pronto se convierta en una cadena, con la apertura de dos establecimientos este año. "Salga bien o mal, volveré a emprender otra vez. Cueste lo que cueste", advierte.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 18 de marzo de 2010