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miércoles, 17 de marzo de 2010
Entrevista:DESAYUNO CON... GHADA SILIQ

"Pude llegar lejos pero me parecía mal irme de Irak"

Habíamos quedado para desayunar en Kuh, uno de los pocos cafés dignos de ese nombre que han sobrevivido a la degradación de Bagdad. Pero Kuh está en el barrio de Al Mansur y Ghada Siliq (Kirkuk, 1960) vive al otro lado del Tigris, en Karrada. "Temo que cierren los puentes", me advierte la arquitecta por teléfono ante la paranoia de medidas de seguridad de las últimas elecciones. Me invita a su casa, una vivienda unifamiliar de dos plantas con un pequeño jardín que recuerda los anhelos de modernidad de la capital iraquí antes de que las guerras de Sadam, las sanciones internacionales y la invasión de EE UU condenaran a sus habitantes a la mera supervivencia.

"Ya ve cómo están las calles", dice a modo de disculpa mientras observa desde la puerta cómo salvo los charcos y el barro. "Si hubieran gastado en arreglarlas la mitad del dinero que en carteles electorales...". Pero su escepticismo con el estado de la política iraquí no le conduce a la parálisis. Al contrario, ha puesto su saber a disposición de esta "megalópolis rota", en definición del arquitecto español Pedro Azara.

La arquitecta prefirió quedarse en Bagdad para ayudar a reconstruirla

"Colaboro como asesora de la alcaldía para el desarrollo y conservación del casco antiguo", explica. No es un mero trabajo. Es su compromiso personal con una ciudad que ama y a la que ha dedicado buena parte de su vida profesional. Siliq, que participó con Azara en la exposición Ciudad del Espejismo (Barcelona, 2008) y ahora prepara una conferencia internacional sobre la rehabilitación de las ciudades iraquíes, se muestra convencida del poder del arte y la cultura para promover la paz. "Desde 2003 hasta hoy, ha sido la política por la política, no la política al servicio de la sociedad", apunta.

Muchos de los edificios agujereados durante los bombardeos, como el Ministerio de Planificación (de Gio Ponti), siguen abandonados a su suerte. Enormes parapetos de hormigón aíslan los edificios oficiales de los ciudadanos. Algunas calles están cerradas al tráfico. Y muros de cemento rodean barrios enteros.

Bagdad ya no es la ciudad a la que Siliq se trasladó con su familia cuando tenía nueve años. "En los años setenta se produjo un notable aumento en los ingresos del país que benefició a amplias capas de la población, lo que permitió la expansión de la vida cultural", recuerda mientras pide que nos sirvan un té. El té iraquí, muy fuerte y azucarado, resulta lo bastante energético para aguantar el resto de la mañana.

Apenas quedan huellas de aquel pasado. Pero en contra de la imagen violenta que el mundo se ha forjado de los iraquíes en las últimas décadas, la arquitecta subraya que "no son extremistas". "El caos actual es fruto de lo mucho que han sufrido".

Le pregunto si alguna vez durante esa larga noche iraquí de la dictadura y las guerras se ha arrepentido de haberse quedado en el país, si no ha pasado por su cabeza que hubiera podido ser otra Zaha Hadid. "Durante la invasión de Kuwait estaba en Viena y regresé en el primer avión. Nunca imaginé lo que iba a venir después, la guerra y las sanciones. Me concentré en mi tesis doctoral y estoy contenta, pero a veces he tenido esa duda de si podría haber llegado más allá. Irme me parecía mal habiendo tantas necesidades aquí", admite con una sombra de nostalgia en los ojos.

Tal vez por ello, planea iniciar una nueva etapa lejos de la inseguridad de Irak, y escribir el libro que tiene pendiente sobre Bagdad.

Casa de Ghada Siliq. Bagdad

- Dos tés.

Cortesía de la anfitriona

Siliq intenta salvaguardar el casco antiguo de Bagdad. / ÁNGELES ESPINOSA

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