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sábado, 6 de marzo de 2010
COLUMNA

Cacería

Entre las temáticas cinematográficas que nunca se agotan y logran que el espectador de cualquier época se identifique con ellas está la del héroe vocacional, circunstancial o al que su conciencia le exige enfrentarse al corrompido estado de las cosas que embiste en soledad (o convenientemente acompañado de un amigo fiel, de perdedores en posesión de códigos de honor, de alguna mujer enamorada) contra la barbarie de los poderosos. Esa cruzada épica y en abrumadora desigualdad de fuerzas sólo acaba con el triunfo del llanero solitario en las películas malas. Es difícil que al plantear la estrategia que hay que seguir con la taquilla, los productores consientan que el desenlace muestre la desolación absoluta, la demostración matemática de que el bien nunca puede vencer al mal. En cualquier caso, el héroe vencido siempre será despedido con música (el lírico sonido del saxo casi siempre es lo más adecuado), mantiene incontaminado su atractivo externo e interno, le acompaña una mirada o una frase de amor. Y todo el público, incluidos los que en la vida cotidiana actúan como los malos de la película, sale emocionado e íntimamente convencido de que ellos actuarían de la misma forma que el héroe de la ficción.

La siniestra movida que puede cargarse a Garzón, ese perseguidor de villanos con toga de juez, parece un guión de cine, pero es inconcebiblemente real. No habrá una sugestiva banda sonora para su acorralamiento y su magnetismo físico no es el del Brando de La jauría humana o el Cooper de Solo ante el peligro. Hay que tener madera de justiciero épico para concentrar el odio de gentuza aparentemente tan dispar como los patriotas etarras, narcotraficantes gallegos, dictadores sudacas, facherío militante, capos de la corrupción política. Sus colegas van a enviarle al destierro utilizando rastreramente la ley. Por resucitar los infinitos crímenes de un asesino amnistiado, por colocarle escuchas telefónicas a los gánsteres. Que sus infinitos enemigos le hubieran volado los sesos tendría maldita lógica, pero que puedan destrozar su carrera con la ley en la mano es aún más surrealista que maquiavélico.

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