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sábado, 13 de febrero de 2010
Tribuna:

Fronteras ideológicas en América Latina

Acostumbrados a pensar América Latina como un sujeto monolítico y dependiente, que se deja arrastrar por cualquier oleaje ideológico, muchos analistas y estudiosos erraron en sus últimos vaticinios sobre la región. Cuando se produjo el golpe de Estado contra el presidente hondureño, Manuel Zelaya, en junio de 2009, algunos pronosticaron la vuelta a las dictaduras militares de antaño. Ahora que han salido electos algunos líderes y partidos de derecha, no pocos afirman que sobreviene un giro al conservadurismo o al "neoliberalismo" en la región.

La irreductible diversidad ideológica y política de América Latina, a principios del siglo XXI, parece contradecir tales augurios. En los últimos meses han llegado al poder Sebastián Piñera en Chile, Porfirio Lobo en Honduras, Roberto Martinelli en Panamá, pero también Mauricio Funes en El Salvador, José Mujica en Uruguay y Evo Morales fue reelecto en Bolivia. Todas esas sucesiones presidenciales, incluida la hondureña, que siguió a un golpe de Estado y que no ha estado exenta de protestas populares y represión política, han sido pacíficas y democráticas

La región muestra una saludable diversidad política e ideológica

Este año hay elecciones presidenciales en Costa Rica, Brasil y Colombia. La vicepresidenta Laura Chinchilla, candidata del Partido de Liberación Nacional, ganó en San José, pero Dilma Rousseff, candidata oficial del PT, el partido del presidente Lula da Silva, está cinco puntos porcentuales por debajo del socialdemócrata José Serra. En Colombia se está complicando cada vez más la postulación de Álvaro Uribe a una reelección presidencial y si el presidente no se lanza las posibilidades de continuidad de su partido en el poder se reducen.

De manera que a fines de este año, América Latina podría estar gobernada por un amplio espectro de partidos y líderes de izquierda, centro o derecha. Izquierdas, derechas y centros diferentes, en sus políticas públicas, a sus antecesores neoliberales o socialistas de hace 15 o 20 años. Más que en la política económica o social, esa heterogeneidad se reflejará en las alianzas regionales que deciden las tensiones geopolíticas del hemisferio y en el trazado de fronteras ideológicas frente a Estados Unidos. A grandes rasgos, podrían esbozarse tres tipos de fronteras ideológicas: la bolivariana, la interamericana y la propiamente vecinal.

La frontera bolivariana, defendida por Fidel y Raúl Castro, Hugo Chávez, Evo Morales, Rafael Correa, Daniel Ortega y las izquierdas partidarias del "socialismo del siglo XXI", parte de la concepción "antimperialista" de que Latinoamérica y Estados Unidos son dos Américas, cultural e ideológicamente contrapuestas, ya que la primera está llamada a construir el socialismo y la segunda encarna el capitalismo y la injerencia. El choque entre ambas Américas es, por tanto, inevitable, toda vez que Washington, por naturaleza, es "el enemigo" de la sobera-nía nacional y la justicia social, los dos valores primordiales de esa ideología.

La frontera interamericana es la que traza la mayor parte de las cancillerías de la región y no pocos foros multilaterales como el Grupo de Río o Unión de Naciones Suramericanas (Unasur). Tanto gobiernos de izquierda, como los de Lula, Mujica, Funes o Fernández de Kirchner, que de derecha o centro, como los de Uribe, Calderón, Piñera o García, sin dejar de defender la autodeterminación de sus países ni de promover -unos más que otros- programas sociales, sostienen una estrategia comunicativa con Washington basada no en la confrontación verbal, sino en la certeza de que las diferencias con Estados Unidos pueden y deben ser tratadas, diplomáticamente, a favor de los intereses nacionales de cada país.

Finalmente, la frontera vecinal vendría siendo aquella literal, que separa, por tierra o mar, a dos naciones. No todas las fronteras vecinales en América Latina remiten a un conflicto ideológico: las tan disímiles franjas limítrofes de República Dominicana y Haití, México y Estados Unidos, Argentina y Chile, Uruguay y Argentina, Chile y Perú o, incluso, Bolivia y Chile, por ejemplo, están cargadas de tensiones territoriales, aduaneras, migratorias, políticas y de seguridad, pero raras veces desembocan en una polarización ideológica.

Las tres fronteras que manifiestan una tensión binaria, de tipo ideológico, son la de Estados Unidos y Cuba, la de Venezuela y Colombia y, en menor medida, la de Colombia y Ecuador.

La diversidad ideológica y política de América Latina tiene la ventaja de consolidar las democracias, pero plantea a los países de la región el reto doméstico de concertar políticas de Estado -sobre todo en materia de igualdad, justicia, salud, educación y seguridad-, capaces de prevalecer, más de allá de uno u otro gobierno.

A nivel externo, el mapa plural de la política latinoamericana genera mayores dificultades para el proceso de integración subregional y regional, ya que, con frecuencia, las agendas geopolíticas basadas en alianzas ideológicas obstruyen los intereses pragmáticos de cada Estado del área.

Estancada la integración en el Norte por la profunda asimetría entre Estados Unidos y México, el gran proyecto de integración latinoamericana es, hoy por hoy, Unasur. Con una población de 370 millones de habitantes, un PIB de un billón de dólares y una impresionante concentración de recursos naturales, Suramérica se ha convertido en una de las regiones con mayores posibilidades de crecimiento económico y social en el mundo. Su esquema de integración deja atrás estrategias subregionales, como el Pacto Andino o Mercosur, para aventurarse en un proyecto de disponibilidad y aprovechamiento común de recursos económicos y humanos.

Las fronteras ideológicas, especialmente las promovidas por el ALBA, pueden convertirse en un obstáculo para Unasur, si los gobiernos de la región no saben defender la perspectiva interamericana que la mayoría comparte.

El discurso unificador bolivariano no sólo empaña la comprensión de experiencias interesantes para la izquierda latinoamericana, como la de Bolivia, sino que amenaza con subordinar al juego geopolítico el proceso de integración regional. Cualquier estrategia integradora que no acepte la pluralización ideológica y política de América Latina puede traer más costos que beneficios a las pobres economías y desiguales sociedades del continente.

Rafael Rojas es historiador cubano, exiliado en México. Ha ganado el primer Premio de Ensayo Isabel Polanco con Repúblicas de aire.

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