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martes, 19 de enero de 2010

Orhan Pamuk: "Hay que ser libre para recordar"

El escritor turco montará una muestra sobre Estambul en Barcelona

La ciudad y la literatura van de la mano en la obra de Orhan Pamuk (Estambul, 1952), premio Nobel de Literatura. Pamuk abrió ayer en Barcelona el ciclo de conferencias Pensar el futuro en el Centro de Cultura Contemporánea (CCCB), y se ha comprometido a dirigir personalmente el montaje de una gran exposición sobre Estambul para el año 2013.

Su conferencia Museos, novelas y su futuro fue un eco inevitable de su último libro, El Museo de la Inocencia (Mondadori), en el que Pamuk revisita de tal modo su ciudad natal -a la que ya dedicó Estambul (Mondadori)- que ha desembocado en la creación de un museo con los objetos que le sirvieron para construir una inquietante historia de amor.

"La novela es la forma global de contar historias en estos momentos" "

Mi país es ahora mucho más rico, seguro de sí mismo y abierto"

Barcelona y Estambul se miran a un lado y otro del Mediterráneo. "Están en la periferia de Europa, no están seguras de pertenecer a Europa y ambas viven sobre un pasado glorioso que ahora ya no existe", asegura después de visitar el Museo de Historia de la capital catalana y descubrir las capas de civilizaciones sobre las que se asienta.

Barcelona "abraza este pasado con fuerza", señala. En Turquía, sin embargo, hurgar en el pasado, pensar en la memoria, puede traer problemas, como él mismo pudo comprobar cuando, víctima de las iras de los elementos más nacionalistas, se vio forzado a un exilio temporal. "Abrazar el pasado es una cuestión de libertad de expresión", asegura, "porque no se trata sólo de recordar sino de hablar de cómo recordar; la memoria no debe ser manipulada, hay que ser libre para recordar".

Rechaza, sin embargo, asumir el papel de víctima e insiste en matizar la situación en Turquía respecto a la libertad de expresión. "Mi situación es, desafortunadamente, peor que la situación general en el país", apunta. "Mi caso es mucho más complicado, en parte porque soy famoso y también porque cuando se produce un incidente luego tarda más en desaparecer. Pero no quiero aparecer como una víctima; disfruto de la vida, escribo mis novelas y vivo donde quiero". Turquía ha cambiado mucho desde la década de 1970 y 1980 en las que transcurre El Museo de la Inocencia, asegura. "Es mucho más rica, la burguesía es mucho más potente, las clases medias han crecido y es una sociedad más abierta y libre. El país es cada vez más diverso, lo que hace que sea más difícil de controlar por el Ejército o la burocracia. Sin embargo, en lo que se refiere a la distribución de la riqueza es una de las sociedades más injustas del mundo".

Pamuk defiende el papel de la novela en el mundo globalizado frente al peso de la imagen. "Las películas", reconoce, "son la forma más popular de contar historias en la actualidad, pero esto no significa que la novela haya muerto. Estuve en China y mi editor me dijo que recibía cientos de miles de manuscritos. La novela es la forma global de contar historias en estos momentos. No es que toda la humanidad me lea; mis últimos dos libros han tenido dos millones de lectores, pero la humanidad supera los 8.000 millones. Soy consciente de que me dirijo a lectores de novelas literarias y esto es lo que tengo. Pero lo que existe actualmente es una mayor comunicación entre las comunidades literarias: un lector coreano sabe lo que yo estoy haciendo o lo que un autor catalán está escribiendo y un canadiense tiene acceso al trabajo de un escritor chino mucho más rápidamente que hace 10 años. El arte de la novela es más fuerte de lo que nunca".

El escritor, piensa Pamuk, tiene que ser neutral respecto a sus personajes. "Las novelas no están para hacer juicios éticos, sino para comprender a la gente, para ver el mundo a través de sus ojos. Escribí Nieve, una novela política, para entender lo que piensa un fundamentalista islámico, no para decir qué tío más malo".

Orhan Pamuk, en Barcelona. / TEJEDERAS

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