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Tribuna:SILLÓN DE OREJAS

Fragancias para 2010

Propósitos para el nuevo año: habida cuenta de que los importantes ganan sueldos no muy inferiores a los 300.000 euros anuales (como Belén Esteban, la "princesa del pueblo" de Berluscinco; como Gérard Mortier, que aterriza en el Teatro Real pisando callos y corcheas; como los controladores aéreos, tan solidarios cuando llegan fechas señaladas), decido ponerme las pilas para incrementar mis ingresos. Lo único que se me ocurre es crear un perfume: si consigo que Max me ayude con el logo, para las próximas navidades podré comercializar mi Eau de Rodríguez, una original fragancia que olerá a letra impresa, a libro conservado en bodega o desván, a pegamento rancio de encuadernación fatigada. La idea me la dio Ana Rosa Quintana amadrinando una fragancia propia a la que ha tenido el buen gusto de no denominar Sabor a hiel, según el título de aquella novela suya (bueno, no sólo) en la que los envidiosos detectaron algunos párrafos muy parecidos a otros de Danielle Steel y Ángeles Mastretta, y con la que Planeta vendió casi 100.000 ejemplares. Quién sabe, quizás me forre: estoy convencido de que a medida que el lector electrónico se vaya convirtiendo en un artículo tan imprescindible como el cepillo de dientes, la gente sentirá la nostalgia de los aromas (nada asépticos) del libro pretecnológico. Mientras tanto, trato de recapitular los acontecimientos que me parecen más significativos de la última década de la historia en que el papel fue el soporte por excelencia de la cultura escrita. Me refiero a la década en que Google comenzó a implementar su idea democrática de la Biblioteca Universal (¡al alcance de una tecla!) y los editores temieron que se les acababa el negocio; la década en que descubrimos lo fácil que es comprar libros online y los libreros se mosquearon; la década en que Harry Potter, el niño mago, revolucionó modos y costumbres del comercio del libro; la década, en fin, en que lo escrito perdió materialidad y comenzó a llegar a la diminuta biblioteca portátil a través del ciberespacio. Sí: quizás los historiadores culturales (los Lucien Febvre, los Henri-Jean Martin, los Roger Chartier y los Robert Darnton de dentro de unos años) lleguen a calificar la primera década de este milenio como aquella en que tuvo lugar la revolución neolítica del libro. Bienvenidos al vertiginoso futuro. Y no se acomplejen: a mí tampoco me llega la camisa al cuerpo.

Humillación

Me armo de voluntad y termino de leer The Humbling (La humillación, Mondadori, a la venta el 12 de febrero), la penúltima novela de Philip Roth, cuyos derechos cinematográficos ya ha adquirido Al Pacino; Némesis, la última por ahora, se pondrá a la venta en Estados Unidos dentro de unos meses. A sus 76 años, Roth tiene prisa. Sus editores, su agente (Wylie, claro) y sus amigos deben de haberle aconsejado que no baje el ritmo. A otros -incluso más jóvenes, como Margaret Drabble, que ha decidido no volver a escribir novelas- la sospecha de que su carrera literaria podría manifestar síntomas de agotamiento no les hace huir hacia delante, sino pararse a pensar; incluso les reactiva aquel "detector de mierda" que, según Hemingway, constituye una de las herramientas esenciales del buen escritor. A Roth el detector parece fallarle. Su libro, que ha recibido al lado de críticas muy severas algunos ditirambos para mí incomprensibles, me resulta redundante, repetitivo, previsible, tedioso. Ni siquiera estoy seguro de que pueda calificarse de novela. Desde hace años vengo repitiendo que si hay un escritor estadounidense que se merece el Nobel es Philip Roth, pero estoy convencido de que al autor de obras maestras como El lamento de Portnoy o Pastoral Americana (por citar sólo dos) no le conviene publicar muchas novelas como ésta: sería terrible que alguien (más joven) empezara a leerlo por la última y creyera que "esto" es Philip Roth. De nuevo, el argumento se desarrolla en torno a un varón profesionalmente agotado -ahora es un actor- que entra en la vejez rebosante de deseos y fantasías sexuales. Ya sé que muchos grandes escritores escriben siempre el mismo libro; lo malo es cuando lo repiten. Sobre todo si la repetición está trufada de tópicos antiguos e inaceptables desarrollados en una historia absurda, lo que no excluye (sería imposible) que aquí y allá se encuentren destellos y maneras del grandísimo escritor. Hace un par de semanas el Sunday Telegraph concedía a Roth el título de "viejo verde del año" (Dirty Old Man of the Year): la idea de que un añoso actor amargado pueda seducir -con su sentido implícito de "curar" o "liberar"- a una esplendorosa lesbiana mucho más joven que él les ha parecido demasiado. Y qué quieren que les diga: a mí también.

Resurrecciones

Largo paseo por el corazón de la grandeur. Dejo atrás la Place de la Révolution (luego de la Concorde) -donde la guillotina funcionó ininterrumpidamente del 10 de mayo de 1793 al 13 de junio de 1794- y, tras vagar por los muelles del Louvre, y cruzar el frágil Pont des Arts (en cuyo pretil de hierro la Maga solía inclinarse sobre el Sena en la Rayuela de mi juventud), llego a ese prodigioso oasis que conforman en Saint Germain des Près La Hune y L'écume des pages, mis dos librerías trasnochadoras preferidas. En sus mesas me llama la atención la proliferación de libros que reivindican el marxismo, tras varias décadas de revisionismo neoliberal protagonizadas por los filósofos (y su prolífica descendencia) que ocuparon el centro del escenario mediático francés tras Mayo de 1968. Según el discutible, pero interesante, Les intellectuels contre la gauche. L'idéologie antitotalitaire en France (1968-1981), de Michael Christofferson (Agone), aquel trabajo ideológico ha contribuido poderosamente a retrasar el nacimiento de una auténtica alternativa de izquierdas. No creo que sea el único motivo. En la misma mesa de novedades tropiezo estupefacto con la reedición de dos clásicos manuales de adoctrinamiento comunista: Le marxisme (1ª edición: 1948), de Henri Lefebvre, que circuló profusamente en los años sesenta y setenta, y el célebre (y mucho más estalinista) Principes élémentaires de philosophie, que recoge las lecciones de "materialismo histórico" de Georges Politzer (a quien la Gestapo torturó y fusiló en 1942) en la Universidad Obrera. También en ellos -y en su dogmatismo- pueden encontrarse razones para el descrédito de cierta izquierda religiosa y culpable de anteojeras. Al lado de ellos, otros libros, vino nuevo en odres viejos, ofrecen alternativas antitotalitarias a la miseria moral e ideológica de los actuales hacedores de crisis. Cuando salgo, la terraza del Flore sigue abarrotada de turistas.

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* Este articulo apareció en la edición impresa del Sábado, 9 de enero de 2010