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viernes, 8 de enero de 2010
Crítica:

Una comedia negra

Las películas de Michael Moore cada vez están más lejos de los grandes documentales de denuncia política que pretenden ser y más cerca de inconscientes aunque reconfortantes comedias negras. Esto, que en principio puede parecer un insulto crítico, quizá no lo sea tanto, sobre todo si se tiene en cuenta la (mala) fama que ha alcanzado Moore en una parte de su país, y el punto de no retorno al que han llegado sus diatribas. Capitalismo: una historia de amor, su último disparo desde las trincheras egomaniacas, es un espectáculo de humor y horror, un tronchante paseo por la estupidez que nos domina, un certero puñetazo a nuestro modo de vida, manejado cual marioneta por unas fuerzas económicas y políticas que nunca pueden perder, que nunca van a perder. Eso sí, su nuevo trabajo anda lejos del reportaje periodístico honesto, analítico e independiente, y cerca del panfleto demagógico.

CAPITALISMO: UNA HISTORIA DE AMOR

Dirección: Michael Moore.

Género: documental. EE UU, 2009. Duración: 126 minutos.

Vamos por partes. Una vez más, Moore muestra su inmensa capacidad para seleccionar material de archivo, ya sea como apoyo documental o como elemento para la ironía o la chanza. La elección de músicas y canciones, y su impactante adaptación a esos montajes nerviosos y aguerridos a los que nos tiene acostumbrados, provocan que el espectador, absolutamente boquiabierto, siga sus teorías con la ilusión del revolucionario de butaca, ese ser incapaz de mover un dedo para que las cosas cambien pero exultante cuando alguien consigue que lo hagan. O sea, casi todos nosotros. Cuando Moore escoge una familia víctima de los males del ultracapitalismo, masacrada por los bancos, el desahucio, el desempleo o unos sueldos de bochorno, sigue su historia de principio a fin y muestra sus dolencias, el documento de denuncia gana enteros. Pero la pena es que casi siempre hay una pregunta suelta, un dato medio manipulado, un punto de demagogia.

Quizá el gran problema de Moore es que tras el éxito de Bowling for Columbine, Fahrenheit 9/11 y Sicko, junto a su empecinamiento por aparecer en cámara cada dos por tres (aquí se saca hasta de niño en películas de súper 8), su fama le impide cualquier posibilidad de sorpresa a través de una entrevista encerrona con cualquiera de sus objetivos críticos. Todos sus contrarios le huyen (o incluso le insultan), y aunque él utilice esas secuencias como un payaso capaz de provocar la risa, sus filmes acaban siendo comedias que llevan hasta la carcajada con cosas que no tienen la más mínima gracia. Es decir, comedias negras.

Un fotograma de Capitalismo: una historia de amor.

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