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miércoles, 23 de diciembre de 2009
Tribuna:LA CUARTA PÁGINA

Una derecha mediática en plena forma

La prensa conservadora, en especial la de nuevo cuño, ha sido decisiva en el viraje ideológico de intelectuales, profesionales y clases medias de España a partir de los noventa. Su ideología ha ido tiñendo casi todo

Mientras en las escuelas de periodismo se sigue hablando de independencia y objetividad informativa los medios de comunicación acrecientan su peso como expresión y alimento de ideologías. Su contribución al "muy notable desplazamiento de buena parte de los intelectuales españoles hacia posiciones conservadoras" señalado por Ignacio Sánchez Cuenca (EL PAÍS 24-5-09), permitirá verificarlo.

Pero ¿qué es un intelectual hoy? Gramsci precisaba que no tanto un librepensador aislado como un conjunto organizado; no sólo escritores y filósofos, sino la extensa capa de profesionales urbanos capaces de producir, manipular o difundir conocimiento. En la primera acepción se ubican los medios, auténticos intelectuales colectivos que recogen las diferentes experiencias de la sociedad y las ponen en común desde una determinada perspectiva; en el segundo, el principal yacimiento de lectores de un diario.

El secreto de su éxito está en la sabia combinación de ideas derechistas y cultivo de las emociones

"Las noticias serán lo que digamos que son", ha dicho David Boylan, jefe de la Fox en Florida

El Informe sobre la Democracia de 2009 recoge la evolución ideológica de las audiencias de diferentes medios españoles, atendiendo a su voto declarado en las campañas electorales. Llama la atención que, mientras los lectores del diario EL PAÍS se mantienen en un posicionamiento de centro izquierda (3,6 siendo 1 la extrema izquierda y 10 la extrema derecha), los de los medios conservadores giren firme y paulatinamente a la derecha. De un lado, los de sus representantes tradicionales acentúan el conservadurismo: Abc pasa del 6,0 en 1993 al 6,3 en 2008; la Cope, del 5,5 al 6,5. De otro, los lectores de El Mundo giran por completo y cruzan el Rubicón, pasando de la izquierda (valor 4,2 en 1993) a la derecha (valor 6,0 en 2008).

Se trata de un fenómeno importante, tanto por su cantidad, no menos de tres millones de ciudadanos de audiencia media diaria, como por su cualidad, pues contradice la hipótesis de la desideologización y moderación de las clases medias urbanas, perfil dominante entre los destinatarios de esos medios. ¿Cómo debe ser interpretado?

La industrialización de la comunicación ha subrayado dos tendencias paralelas. De un lado, acentúa la capacidad de los medios para condicionar las conciencias y "fabricar" consensos, los lugares comunes desde los que se articula la hegemonía ideológica y cultural, mientras desbordan la conocida sentencia de Cohen (1963) por la que "quizá no dicen a la gente qué tienen que pensar, pero sí los temas sobre los que hay que pensar". De otro, los grupos de presión toman conciencia de su importancia y prefieren actuar directamente desde ellos antes incluso que desde las instituciones. El resultado es que hoy -aquí, en Estados Unidos o en el resto del mundo- las campañas ideológicas que construyen o desequilibran el poder se articulan en buena medida desde los medios, aunque reviertan luego en los partidos como centros formales de ese poder.

Mientras esto ocurre, su importancia para los ciudadanos se acrecienta al actuar como semáforos que les alivian de las incertidumbres de un mundo crecientemente complejo y les proveen de noticias, el alimento que nutre los mapas ideológicos que orientan sus vidas. El problema surge, precisamente, cuando su comportamiento pone de manifiesto una evidente y declarada ausencia de vocación informativa. Puede que los hombres de Obama pequen de inoportunidad o incorrección política al acusar directamente a Fox de "no estar ya en el negocio de la información", de ser sólo "una marca ideológica", pero pocos dudan sobre la veracidad de la acusación. El canal de Murdoch se caracteriza, precisamente, por no ocultar su voluntad de "construir una realidad a la medida de su público", como declaraba David Boylan, patrón de la Fox en Florida, mientras añadía: "Las noticias serán lo que digamos que son".

Volviendo a suelo patrio, el tratamiento del 11-M seguirá estando presente por mucho tiempo en la historia del periodismo, una muestra de hasta dónde se es capaz de llegar. ¿Periodismo? Difícil afirmarlo cuando se insiste en presentar mil veces como novedad lo que se sabe agotado. La reiteración de portadas sobre Trashorras o el titadine hace mucho tiempo que dejó de ser supuestamente informativa, sólo se justifica por el deseo de activar una asociación subliminal entre el 11-M y las ideas de confusión, duda o chapuza, un mero ardid destinado a condicionar el comportamiento político de sus audiencias, lo que los estudios de comunicación denominan efecto priming de la agenda.

Dice Sánchez Cuenca que en la derechización de los intelectuales españoles hay una cuestión generacional que no cabe soslayar. Sin duda y es ahí donde conviene destacar el trabajo realizado por El Mundo. Desde su posición de primera línea en la pinza IU-PP que atenazó a Felipe González entre 1993 y 1996, cuando entre sus lectores contaba con un 15% de votantes comunistas, su concurso ha sido determinante para canalizar la evolución de una generación para la que no era difícil identificar corrupción y terrorismo de Estado con PSOE. Su habilidad ha consistido en sacar de foco al franquismo y a la derecha de UCD, hoy en el PP, quizás porque era para su director la forma de autoexculparse de su conformidad con el derecho a la autodeterminación de Euskadi o su defensa de la guerra sucia contra ETA, defendidas por él durante parte de la transición. El hecho es que ha sabido galvanizar los sentimientos antisocialistas de antiguos votantes comunistas y mezclarlos con la filosofía de los nuevos cínicos del 68, "ex" de las más extravagantes izquierdas, y conducirlos hacia la exultante y sectaria vitalidad de la nueva derecha.

La cuestión eterna sobre el ser de España es otro de los rasgos en los que se manifiesta la derechización de los intelectuales y, también aquí, el concurso de la derecha mediática, y en particular del diario que la lidera desde los noventa, ha sido decisivo. Su habilidad para remover las vísceras nacionales desde la aversión a los nacionalismos periféricos, ha alimentado oportunamente la peor mitología conservadora que asimila la pluralidad de España a su condición de roja o rota. Martillo de nacionalistas cuando apoyan al PSOE o defensor de su moderación cuando apoyan al PP, ha acentuado el "todo vale" para derribar a la izquierda. El sustento a Rosa Díez, última perla de la "regeneración" política, es la cuña imprescindible para impedir una alternativa en Madrid, feudo de la Esperanza de algunos.

El desprecio a la figura de José Luis Rodríguez Zapatero constituye, según Sánchez Cuenca, un tercer rasgo de la derechización de los intelectuales. Cierto. Pero el insulto y destrucción del adversario no es coyuntural, es una tarea permanente en la que se han empleado a fondo los medios conservadores. Baste recordar lo que Anson denominó el "contubernio para terminar" con Felipe González, que él mismo reconocía dispuesto a "traspasar el límite y poner en riesgo el Estado".

Extender en todo el mundo el convencimiento que no hay otra opción al sistema, algo que en los noventa se escenificaba con el acrónimo TINA (There Is Not Alternative), requería y requiere instrumentos que trabajen para que nunca la haya. La "deconstrucción" sistemática del pensamiento reformador necesita atacar ferozmente a la izquierda realmente existente y presentarla como antigua, utópica o poco ilusionante, la peor de todas las posibles comparada con las bondades de cualquier otra, ya derruida o por construir, mejor cuanto más espumosa o inmaterial se perciba.

Esa misma política vuelca hoy en Estados Unidos todos sus bríos contra Obama: deslegitimar sus acciones, bloquear sus iniciativas e imputarle las derrotas, acelerar la desilusión social con sus políticas, forma parte de una misma estrategia de desgaste en la que confluyen los lobbies afectados, los think tank de la derecha republicana y algunos medios conservadores.

Una sabia combinación entre derechización del pensamiento y capacidad para movilizar emociones ha otorgado a la "derecha mediática" un enorme papel ideológico y político con un resultado evidente: facilitar la derechización de intelectuales y capas medias de profesionales. En todo el mundo y, desde luego, en España.

Ignacio Muro Benayas es economista, profesor de Periodismo en la Universidad Carlos III y autor de Esta no es mi empresa.

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