Otro cuento de Navidad
Lo que los anglosajones denominan feel good movies -las películas que aplican un bálsamo sobre el espectador medio para que abandone la sala con una benigna sonrisa cruzándole el alma- suele ser eficaz instrumento para activar al Mr. Scrooge que dormita en el interior de cada crítico. La grandeza de vivir, segundo largometraje del irlandés Anthony Byrne, no sólo aplica un bálsamo al espectador: también lo envuelve con una manta, le sirve una taza de té y le coloca unas cómodas pantuflas. Conviene no responder a la provocación y tirar de la polea que hará emerger a la ecuanimidad de lo más hondo: en su género, cumple generosamente con sus objetivos y contiene a Vanessa Redgrave en su lista de ingredientes.
Basada en un cuento de Maeve Binchy -ejemplar practicante de lo que bien podría llamarse literatura para madres-, La grandeza de vivir coloca a una joven en estado de perplejidad vital dentro de una lujosa residencia privada para ancianos, poblada de furibundos carcamales de armas tomar. Su guionista cita como referente Raíces profundas, pero, créanme, está más cerca de una revisión geriátrica de la por otra parte excepcional Mary Poppins.