Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra
EL CÓRNER INGLÉS

El pecado original de Woods

- "El camino del exceso conduce al palacio de la sabiduría." Samuel T. Coleridge, poeta inglés del siglo XIX.

En la sociedad estadounidense la vena puritana ha demostrado ser excepcionalmente resistente. Hace 400 años que llegaron los primero colonos ingleses, huyendo del libertinaje que, según ellos, predominaba en su país. Desde entonces ha habido invasiones de africanos, italianos, irlandeses, vascos, mexicanos, chinos, hindúes, vietnamitas, suecos. Cada uno imprime su huella, pero los que desean sentirse plenamente estadounidenses se ven presionados a asimilar una buena dosis del puritanismo de los fundadores. El establishment político, mediático y social cuida las formas y el lenguaje con mucha más propiedad que los europeos. Uno no puede llegar a la presidencia de Estados Unidos, por ejemplo, sin creer visiblemente en Dios. El concepto de lo "normal" es más estrecho que en cualquier otro país del mundo occidental.

Tiger Woods tomó la decisión a comienzos de su brillante carrera deportiva de que presentaría una imagen pública de impecable normalidad norteamericana. De descendencia camboyana y afroamericana su comportamiento fue tal, hasta hace muy poco, que hubiera sido recibido con los brazos abiertos por los párrocos de aquellas primeras iglesitas fundadas a comienzos del siglo XVII en el noreste del continente americano. Tieso, solemne, medido, fiel como pocos a la ética del trabajo protestante, también poseía - y posee - un enorme talento, lo que le convirtió en la imagen soñada para las grandes empresas (Nike, American Express, General Motors) que hacían cola a las puertas de sus agentes y le ofrecían cheques en blanco para que patrocinara sus productos.

Y así fue que se convirtió en el deportista más rico de la historia. Pero como se ha visto en las últimas dos semanas, todo fue mentira. Casado con una bella mujer que le ha dado dos preciosos hijos, Woods ha resultado ser un fornicador en serie. Los antiguos puritanos llegados en el barco Mayflower a las costas de lo que hoy es Massachussets en 1620, escandalizados por la dimensión de su hipocresía, le hubieran quemado en la hoguera. Metafóricamente, algo parecido es lo que le están haciendo sus compatriotas hoy.

El error, obviamente, fue dar rienda suelta a sus impulsos sultanescos. Pero el pecado original fue aquella decisión "contra natura", tomada cuando comenzó su carrera hace unos 13 años, de someterse plenamente a la tiranía de la normalidad. Si hubiera sido más honesto, si hubiera tomado como ejemplos a grandes figuras del deporte como George Best o Ronaldinho, su cuenta bancaria no sería tan grande, pero se hubiera evitado la colosal vergüenza que sufre hoy, ridiculizado cada día por los medios de su país y del resto del mundo, estigmatizado como la gran figura fraudulenta de nuestros tiempos.

Best, el mejor jugador británico de todos los tiempos, nunca fingió ser otra cosa de lo que fue, y por eso - aunque el cuerpo acabó rindiéndose al alcohól y al exceso sensual - nunca sufrió el pavor de la humillación pública. Ronaldinho vio su carrera truncada, igual que Best, porque cada vez que se le presentaba la tentación, se lanzaba de cabeza sobre ella. Todos lo sabíamos; no disimulaba nada. Con Ronaldino, lo que se veía era lo que había. El escándalo, o al menos la noticia, sería descubrir de repente que es tan casto como su compatriota madridista, el devoto protestante Kaká.

Ronaldinho nunca hubiera sido elegido como la cara pública de la venerable American Express, y Nike seguro que le ha pagado mucho menos dinero que a Woods, pero el brasileño optó por vivir la vida según sus impulsos. Le guste a la gente o no, ha sido un hombre auténtico. Pagó su precio, como lo hizo Best, pero lo hicieron con integridad, a su manera, y manteniendo a salvo la reputación.

Woods, el hombre, ha perdido su integridad y su reputación.. Woods el golfista arriesga perder mucho también. Hay pocos deportes en los que se requiere una concentración mental tan absoluta para triunfar. ¿La podrá mantener cuando vuelva a los campos en 2010? Y hay otra pregunta: ¿si decide que ya no tiene más sentido disimular, si se rinde con natural voracidad a sus apetitos sensuales, sufrirá su juego, como sufrieron los de Ronaldinho y Best? Los dos futbolistas han dejado muy clara la lección: si uno invierte un exceso de entusiasmo en la posición horizontal, en la vertical se pierde energía, fuerza y ganas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 13 de diciembre de 2009