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domingo, 29 de noviembre de 2009

Los diamantes siguen siendo para siempre

Shirley Bassey regresa 20 años después directa a las listas de éxitos

Shirley Bassey está protagonizando uno de los escasos cuentos de hadas del actual negocio musical: con 72 años, ha vuelto a la zona alta de la lista británica de ventas gracias a The performance (Geffen). Un disco que se desmarca: en vez de modernizar a la voz veterana, se encargó a compositores actuales que intentaran meterse en el personaje de Shirley. Respondieron desde creadores de sensibilidad gay (Pet Shop Boys, Rufus Wainwright) a paisanos de la vocalista galesa (los Manic Street Preachers), pasando por cantautores de prestigio (Richard Hawley, K. T. Turnstall) o el clásico John Barry.

Bassey ya había hecho los guiños propios de una diva de nuestra era irónica: triunfó en un festival de rock (Glastonbury), trabajó con grupos electrónicos (Yello, Propellerheads), sonó en éxitos de rap (Kanye West) y realizó duetos con artistas pop (Chris Rea). Pero se consideraba jubilada como artista discográfica. Felizmente, ahora vuelve a lo que mejor sabe hacer: baladas poderosas, que juegan con su tormentosa biografía o potencian su leyenda de mujer hecha a si misma.

Aunque grabó en español, Shirley Bassey sólo es recordada entre nosotros por su voz de bronce en temas de la serie James Bond. Por el contrario, en el Reino Unido tiene carácter de institución: en 2000, fue nombrada Comandante de la Orden del Imperio Británico e insiste en su prerrogativa de ser denominada como Dame (el equivalente masculino es Sir). Ella no se toma a broma el título, concedido a pesar de una vida turbulenta.

En 1963, ganó una querella contra una revista londinense que reveló que había sido madre soltera y que gustaba de interpretar canciones picantes (ambos extremos eran ciertos). Fue llevada a juicio y multada por una bronca alcohólica con un bobby; también debió defenderse frente a una demanda de su asistente personal. Conoció la tragedia: se divorció de su primer marido, un gay en el armario, que luego murió por una sobredosis; una hija apareció ahogada, en lo que ella insiste en considerar como "circunstancias sospechosas".

Sin embargo, lo que ha quedado en el recuerdo es la épica de sus orígenes: nacida en 1937 en los muelles de Cardiff, era la menor de siete niños, producto de la unión entre una madre inglesa y un padre nigeriano, un marinero que desapareció poco después. En el colegio y en la vida laboral, fue humillada por el color de su piel. Lo extraordinario es que, aunque se identifica con su raíz galesa, apenas tiene contacto con su familia. Y tampoco ejerce de defensora de la Gran Bretaña multicultural: sus posturas políticas la sitúan a la derecha del Partido Conservador.

Cabe imaginar que esas opiniones son las propias de una expatriada fiscal -reside en Mónaco- que se informa a través de los tabloides. Frente a esas particularidades, la constatación de su excelente forma física y vocal. El acierto de The perfomance consiste en esquivar la autoparodia y reforzar su imagen pública: la diva con escasa suerte para los hombres, que vuelca todas las energías en su arte.

Shirley Bassey, en una imagen promocional de su último disco.

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