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viernes, 27 de noviembre de 2009
Crítica:

Forastero en tierra extraña

JORDI COSTA 27 NOV 2009
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Todo espectador que esté más o menos al día en cine de animación español recibirá, inevitablemente, las primeras imágenes de Planet 51 como un directo mazazo en la frente: la extremada calidad de la factura, la impecable resolución de sus imágenes marca, sin duda, un antes y un después en la evolución local de un lenguaje que, hasta ahora, no había imantado en nuestro territorio un esfuerzo de producción semejante. El deslumbramiento tiene, no obstante, un reverso provisionalmente menos alentador: Planet 51 es, con toda seguridad, la mejor noticia que han recibido los profesionales españoles de la animación -o quienes esperen serlo en el futuro- por ser mascarón de proa de una apuesta industrial con proyecto de futuro, pero la dicha hubiese sido completa si, además, a la película no se le notase tanto su naturaleza de estrategia más diseñada con cabeza de empresario que con corazón de artista.

Planet 51 parte del eficaz (aunque no necesariamente original) recurso de invertir una situación arquetípica: un astronauta humano va a parar a un civilizado planeta alienígena, que es un espejo cómico de la América paranoica en la guerra fría. Toda la concepción visual de ese extraño mundo se sostiene en una idea brillante: las formas esféricas del tradicional platillo volante, inmortalizado por el cine de ciencia-ficción de los años cincuenta, dominan la arquitectura, el diseño industrial e incluso los paisajes del lugar. También hay aciertos que son fruto de una legítima sensibilidad de animador en pleno rendimiento: por ejemplo, la decisión de mover a un ingenio robótico como si fuera un cachorro canino. Se echa en falta chispa y carisma en el conjunto, pero no conviene subestimar su condición de más que prometedor primer paso.

 
 

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