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sábado, 10 de octubre de 2009
Crítica:PURO TEATRO

Invitado a una decapitación

El director Tim Robbins aborda la versión teatral de 1984, de Orwell, yendo directo a la médula de la novela. La da forma a través de un juicio totalitario, deja de lado lo superfluo y se concentra en el trabajo de unos excelentes actores

El director Tim Robbins aborda la versión teatral de 1984, de Orwell, yendo directo a la médula de la novela. La da forma a través de un juicio totalitario, deja de lado lo superfluo y se concentra en el trabajo de unos excelentes actores

Recuerdo cuando descubrí 1984: una edición de la biblioteca RTV, primeros años setenta. Un invento franquista, o fraguista: cultura popular, libros a cinco duros. "Bueno, pues no me parece nada mal", decía yo. "Es que no te fijas, no piensas", me contestaban mis amigos engagés. "Es una maniobra del régimen, chato. Orwell, sin ir más lejos. ¿Por qué crees que lo han sacado ahí?". "No sé. ¿Qué pasa con Orwell?". De Orwell hablaban pestes los padres de mis amigos engagés, casi todos del PSUC. "Un reaccionario, hombre. Un anticomunista furibundo". Orwell estaba en el podio maldito de la izquierda, junto con London (La confesión, que acababa de estrenar Costa-Gavras) y Koestler (El cero y el infinito, que hasta se hizo en Estudio Uno). Luego lo leías y sacabas tus propias conclusiones: ese partido que lo controla todo, ese rostro con bigote que está en todas partes, en todas las monedas... Humm. Poco más tarde apareció en Destino, creo, Sin blanca en París y Londres, otra joya. Pre-Henry Miller, pre-generación beat. Orwell me caía de coña. Un tipo esencialmente decente, con un par. "Libertad de expresión es decir lo que nadie quiere oír". Como, por ejemplo, que Hitler y Stalin eran primos hermanos. O que un crimen de izquierdas sigue siendo un crimen por muy temprano que te levantes. Hablaba del asesinato de Andreu Nin, claro. Y de la persecución y masacre del POUM. Denunciar esas cosas como testigo principal y sin dejar de apoyar a los laboristas le valió la condena de (casi) toda la intelectualidad europea de posguerra: traidor, vendido a la derecha, espía, incluso. Cuanto más sabía de él mejor me caía. Un hombre de fiar, que nunca sacó tajada. Y la lección de sus últimos años, viviendo con cuatro perras, tuberculoso, escribiendo, escribiendo, escribiendo...

Un director "europeo" hubiera convertido el montaje de '1984' en una apoteosis 'high-tech'

A finales de septiembre, 1984 se presentó en el María Guerrero, y este finde la dan en Vitoria. La semana pasada llegó al Poliorama barcelonés. Un retorno a casa en toda regla: desde su terraza, en mayo de 1937, Orwell protegió, a tiro limpio, los locales de la ejecutiva del POUM, junto al café Moka. Tim Robbins estrenó la función en Los Ángeles, en 2006, con su banda, The Actor's Gang, y desde entonces ha girado con ella por medio mundo. Ya era hora, porque la adaptación al cine, pese al tándem Hurt-Burton, era un pestiño retórico y solemne. La mejor versión (inconfesa) de 1984 sigue siendo, para mi gusto, Brasil, de Terry Gillian, pero ésta, firmada por Michael Gene Sullivan, y en una tonalidad absolutamente opuesta (seca, concisa) también me ha gustado muchísimo. A juzgar por los comentarios del intermedio, no era la mía una opinión mayoritaria. La que más veces escuché: "Muy pobre ¿no?". Desde luego: un director "europeo" hubiera convertido el montaje en una apoteosis high-tech, con cientos de cámaras y el rostro del Gran Hermano multiplicado en cien pantallas. Robbins las sustituye por cuatro ventanucos (creo que el término correcto es "aspilleras") en la sala de interrogatorios donde tienen encerrado al pobre Winston Smith. Esquiva lo previsible, esquiva el dispendio (las subvenciones al teatro público americano caen con cuentagotas) y esquiva lo que más me temía yo, los mensajes inequívocos: que W llevara el mono naranja de Guantánamo, que apareciera una foto gigante de Bush o imágenes de las torturas de Abu Ghraib. Se concentra en el trabajo de los extraordinarios actores, del mismo modo que Gene Sullivan va directo al hueso: la tercera y última parte de la novela. Antes he mencionado La confesión y El cero y el infinito, y la verdad es que esta adaptación sigue sus pasos: la mecánica de un juicio totalitario. Como en la novela de Nabokov, W está invitado a una decapitación: al acabar le ofrecerán su cabeza en bandeja, lavadita y recompuesta para que vuelva a pensar como es debido. El esquema inquisitorial podía aburrir, pero el ritmo (rápido, enérgico) nunca decae. W, interpretado por el portentoso Cameron Dye, está encadenado en el centro de la sala, casi inmóvil, agotado pero exhalando intensidad, sacudido por descargas eléctricas reales e imaginarias: terribles calambrazos y no menos lacerantes flashes de su pasado. Los actores se desdoblan: ahora son interrogadores del Partido, ahora Julia, la amante (que Kaili Hollister interpreta como si fuera un personaje de D. H. Lawrence, de sensualidad libérrima), ahora sus amigos traidores, ahora (Nathan Kornelis) el propio W antes de caer en el cepo. Hay humor, negrísimo: las reflexiones de Syme (V. J. Foster) sobre la Neolengua como velo de la realidad: "Dentro de unos años, cuando esté acabado nuestro diccionario, nadie logrará entender esta conversación".

Y lirismo: Robbins/Sullivan rescatan la fugaz figura del anticuario (Steven M. Porter) que sirve la hermosa metáfora del pisapapeles con un minúsculo coral rojo, emblema de un tiempo perdido, aprisionado en vidrio. En el último tercio, el temible O'Brien (Keythe Farley), maestro torturador, abandona los ventanucos (o aspilleras) y comparece en escena, tan modoso y terrible como el Crystalsen de Barra siniestra (otro Nabokov orwelliano, megaorwelliano) para redoblar "personalizadamente" el acoso y plantar ante W su terror más profundo. Farley es otro actorazo de primerísima fila y, por cierto, el coautor del musical Bat Boy, una de las sorpresas del off-Broadway de los últimos años: estos americanos son talentos tentaculares. Hablando de actores, de talentos y de personajes aprisionados, voy a barrer un poco para casa, porque esta semana he visto otra interpretación de campanillas. En cine, no en teatro, pero se la recomiendo igualmente porque está a punto de estrenarse: Celda 211, de Daniel Monzón. Un peliculazo americanísimo en esa misma onda (sobriedad, talento narrativo, con el toque magistral de Jorge Guerricaechevarría, entre Siegel y José Giovanni), y un plantel de actores en estado de gracia, entre los que destaca, y cómo, el trabajo de Luis Tosar como Malamadre, otro hombre de fiar. Ahí teníamos un Oscar cantado, señores/as académicos/as. -

V. J. Foster, Cameron Dye y Brian T. Finney, de The Actor's Gang, en 1984. / JEAN-LOUIS DARVILLE

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