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viernes, 9 de octubre de 2009
Análisis:EL ACENTO

En el Premio Nobel hay clases

El rosario de premios de la Academia Sueca provoca una pregunta inmediata e ineludible: ¿por qué causa tanto revuelo el Premio Nobel de Literatura, concedido este año a Herta Müller, una escritora rumanoalemana, y, por el contrario, quedan sepultados en el olvido, apenas dos días después de concederse el galardón, los Nobel de Física, Medicina o Química? La pregunta descuenta el impacto en las publicaciones sectoriales o especializadas. Se puede explicar por la irrupción en el mercado, mediada o inmediata, del premiado. El trabajo de Charles Kao Kuen, Willard Boyle o George Smith para explorar la sensibilidad de la luz o la fibra óptica se acabó en el laboratorio y, para producir consumo, necesitó de trabajo industrial complementario antes de convertirse en los sensores ópticos de las cámaras digitales o el ojo de las cámaras de seguridad. Igual sucede con los telómeros investigados por Carol Greider, Elizabeth Blackburn y Jack Szostak; pasarán años antes de que un laboratorio encuentre una molécula que concentre la magia del trío en una píldora.

Herta Müller no tiene ese problema. En menos de una semana sus libros poblarán las librerías en las que ayer no había una sola referencia a su persona. El producto del Nobel de Literatura es inmediato y singular; el de los de Física, Química o Medicina es mediado y colectivo. Necesita maduración y desarrollo industrial. En la literatura la utopía es directa y redonda; en la medicina, la física y la química, las utopías de acabar con el cáncer, prolongar la juventud, crear vida o aproximarse a la velocidad de la luz están aplazadas al final de innumerables investigaciones encadenadas.

Pero la posibilidad de cambio social, por pequeña que sea, está en los Boyle, Smith, Greider, Ramakrishnan, Steitz o Yonan, aunque queden sepultados en el anonimato un día después de que recojan el premio. La investigación es más segura que la ingeniería social. Pío Baroja observó venenosamente que el progreso científico era muy superior al progreso moral. Tan superior que no ha cesado de avanzar desde los sumerios. En cambio, la ética dominante todavía forcejea para superar la fase de la teología.

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