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Tribuna:Debate sobre la orden de desarrollo de la Ley del Cine / y 2

¿Por qué?

Manuel Martín Cuenca ('Malas temporadas' o 'La flaqueza del bolchevique'), uno de los impulsores del 'Manifiesto contra la orden', firmado por más de un centenar de profesionales, explica, en respuesta a Jaime Rosales, las razones de su desacuerdo

Querido Jaime, este diario me ofrece la oportunidad de contestar tu artículo. Acepto porque, aunque seamos buenos amigos, no comparto casi nada de lo que escribes, ni tampoco el tono y la posición desde dónde lo haces. Me refiero a ese papel retóricamente objetivo que, como redactor del texto, te adjudicas.

Comienzas afirmando que el cine español goza de prestigio internacional, y estoy de acuerdo. Luego, que el mundo del cine tiene mala prensa, y también estoy de acuerdo porque, aunque no lleguemos a estar tan desprestigiados como los sicarios colombianos, hay una cierta idea latente en el aire de que "los del cine" vivimos de las subvenciones, hacemos películas aburridas y estamos empeñados en seguir hablando de la guerra civil. No deja de ser curioso que estas acusaciones surjan en un país, el nuestro, que tiene a casi todos los sectores sociales e industriales subvencionados, que ha vivido 40 años de dictadura y que es la patria de la picaresca. Por último, te aventuras a explicar que la razón de nuestro supuesto desprestigio es que "nos hemos significado políticamente en exceso", esperando "recibir una contraprestación por ese apoyo" (cito tus palabras).

El pequeño productor deberá arriesgar más dinero que el grande A qué viene el delirio de apoyar filmes grandes en una industria mediana

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El cine es industria, pero también cultura, y su colectivo no es un todo, ni una marca ni una empresa (como sugieres comparando nuestro sector a una cadena comercial) y, por suerte, todos los miembros que lo componen no sólo tienen el derecho a opinar sino que lo ejercen. Lo triste es que otros sectores tengan que permanecer callados por miedo, precariedad laboral o por carecer de medios para manifestarse públicamente. Considero que los que nos dedicamos a la cultura nacemos y vivimos en una época y nos manchamos las manos en ella. La cultura no vive en una torre de marfil, y creo que es un deber, o por lo menos un derecho, que se comprometa con la realidad social del momento. Si lo que querías decir es que una parte importante del cine debería haber callado ante el NO a la guerra, me gustaría recordarte que creo que quien lo hizo actuó por convicción y con todo el derecho democrático para ello. No conozco a nadie, como acusas también en tu texto, que lo haya hecho para recibir prebendas. Y, por el contrario, conozco a muchos más que por permanecer callados sí que las reciben.

Lo que me sorprende, además, es tu visión profundamente mercantilista del asunto, y claramente ideologizada aunque quieras negarlo, pues está escorada hacia la idea de que el objetivo más importante es siempre hacer negocio, y ésa es la idea dominante del capitalismo actual. Una noción respetable pero ideológica, aunque lo niegues, y probablemente origen de la crisis actual. Comparas nuestro sector con una cadena comercial y nos recuerdas que ellos, más astutos que nosotros, no se meten en política y, por tanto, quedan libres para dedicarse al objetivo único: el dinero. Luego, afirmas que "una sola excepción admitiría la movilización colectiva de toda la industria del cine: el caso de una sociedad bajo una dictadura no democrática" (cito tus palabras)... Jaime, ¿¡es que existen dictaduras democráticas!?... Con ello realizas una enmienda a la totalidad ante todo tipo de movilización. Según los conceptos democráticos que he aprendido, una movilización es legítima siempre y cuando no sea violenta. Demuestra que la democracia está sana y que la clase política y económica en el poder puede seguir siendo cuestionada.

Lo siento, Jaime. No puedo compartir contigo esa idea de democracia raquítica que defiendes, la contenida exclusivamente en la esfera de lo privado y manifestada en el voto cada cuatro años. La democracia no puede dejarse exclusivamente en manos de los políticos o los medios de comunicación como sugieres, porque no es de ellos, no les pertenece. La democracia no es el aparato que organiza las elecciones, sino el principio de división de poderes y ejercicio constante de nuestros derechos. Cuando le doy un voto a un partido no le doy un cheque en blanco. Quiero seguir ejerciendo permanentemente mi derecho a disentir y a movilizarme, gobierne quien gobierne. Y esto incluye a los poderes económicos. Porque la economía no vive en el limbo, nunca lo ha hecho, como pretendes sugerir en párrafos de tu discurso. También está comprometida, ensuciada, con la política. Sinceramente, tus afirmaciones sobre el papel de la democracia me alejan intelectualmente de ti, y me cuestionan todo lo que, a continuación, pasas a exponer. Tu preámbulo para justificar tu ataque a la iniciativa que un grupo de cineastas, erróneamente o no, estamos haciendo por lo que consideramos una defensa de la existencia de un cine pequeño y mediano en la industria española, me desconcierta. Sobre todo porque quien gobierna ahora es el PSOE, y parece que nos acusas de estar siempre detrás de él.

En efecto, creo que has captado perfectamente el espíritu que mueve la nueva Orden y que la defiendes porque compartes su filosofía subyacente: la ordenación de la producción en dos divisiones, dos élites. La primera (siempre según el texto que conocemos) está compuesta por las producciones de más de 2 millones de euros que recibirán una ayuda automática. Lo que cuenta para entrar en este selecto club es que las películas tengan un tamaño financiero que la gran mayoría de las producciones españolas no poseen. Con el peligro evidente de que los que no puedan producir esas películas se dediquen a inflar los presupuestos para alcanzar los mínimos que exige el Ministerio. Se pide, además, conseguir un mínimo en taquilla, cosa que parece lógica, y fácil para las producciones de ese tamaño. La segunda élite estará compuesta por películas elegidas por una comisión, supuestamente objetiva, que valorará los proyectos de nuevos realizadores, de contenido experimental o interés cultural. Es decir, aquellos de "calidad artística objetiva". Aparte de que esté en contra de ese concepto, que no es más que una vacuidad efecto del marketing y la moda, todos sabemos cómo han funcionado y funcionan esas comisiones. ¿Para qué engañarnos? Podrán ser más equilibradas, pero siempre habrá un grupo que elegirá subjetivamente los proyectos. O sea, jarabe ultraliberal o jarabe estatalista. La teoría de las dos ventanillas obliga a asumir el mayor riesgo al cine de presupuesto pequeño y medio, o que no haya caído en gracia a la comisión correspondiente. Esa película pequeña o mediana no podrá contar, de entrada, con ninguna ayuda. Dicho claramente, el productor pequeño y mediano tendrá que arriesgar más dinero de su bolsillo que el productor grande.

Más allá de discusiones técnicas, lo importante es reflexionar por qué este empeño, este delirio, en hacer películas grandes en un industria mediana de un país mediano, y por qué se quiere imponer una raya que divida las producciones en dos élites, dos divisiones, en vez de continuar con el criterio de proporcionalidad que imperaba hasta ahora. Si es, como tú defiendes, para acabar con la producción media, estoy en contra. Porque es el cine que hacemos la mayoría de los cineastas que no nos consideramos grandes artistas, sino artesanos que tratan de expresarse libremente. Ni hacemos experimentos artísticos ni hacemos grandes producciones. Cuando dices: "las películas medianas no gozan de prestigio crítico, ni del favor del público" (cito textualmente) no sé de qué hablas, sinceramente. ¿Hablas de El Bola, Siete vírgenes, Te doy mis ojos? ¿Hablas de las tres películas que han ido este año a San Sebastián? ¿De mis películas? ¿De qué hablas?...

Ese llamado cine medio es la base de la industria cinematográfica en cualquier lugar. El verdadero músculo que da trabajo a la mayoría de la gente y del que nacen los cineastas que luego realizan grandes películas. Nadie surge de la nada. No es que hacer una película sea un derecho, como dices, no se trata de eso. Nadie lo ha dicho así. Es que si el estado decide apoyar la cultura y la industria debe tratar de hacerlo proporcionalmente, de forma justa. Está bien que se hagan películas grandes, medianas y pequeñas, comerciales y experimentales. No estoy en contra de eso, entre otras cosas porque soy un "amante del cine" (como me han denominado últimamente) y me gustan diferentes tipos de películas. Pero advierto que esta concepción que pretende expulsar la producción media del mercado, es un ataque directo, quizás inconsciente, al corazón del cine y su industria.

Terminas tu artículo atacando la discriminación positiva. Lo cierto es que, según nuestras leyes, deben aplicarse medidas de discriminación positiva también en el cine. ¿Por qué no? ¿Qué razón hay para aplicarlas en otros ámbitos de la sociedad y no en el nuestro?

* Este articulo apareció en la edición impresa del Martes, 6 de octubre de 2009