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lunes, 5 de octubre de 2009
COLUMNA

Brasil, un país cansado de ser emergente

Brasil organizará el Mundial de Fútbol del año 2014 y los Juegos Olímpicos (JJ OO) de 2016. Bastantes analistas, al comentar las votaciones de los miembros del Comité Olímpico Internacional en Copenhague, el pasado viernes, subrayaron que, más que las características técnicas del proyecto olímpico de Río de Janeiro, se ha premiado la situación geoestratégica brasileña (serán unos juegos de todo un continente, América Latina) y la pujanza económica ascendente de ese gigantesco país cada vez más emergente y menos tercermundista.

Si ello fuese así, se trataría de una manifestación muy plástica del desplazamiento del poder en el mundo desde EE UU, Europa y Japón hacia las nuevas realidades emergentes. Apenas unos días antes, el G-20 en Pittsburgh había enterrado el club de los ocho países más ricos del mundo (G-8) y lo sustituyó por otro en la que están presentes los principales países en despegue, Brasil, Rusia, India y China (los países BRIC). En el punto 18 de la Declaración de Pittsburgh se dice: "Hemos designado el G-20 para ser el principal foro de nuestra cooperación económica internacional. Establecimos el Foro de Estabilidad Financiera para incluir así a las principales economías emergentes y dar la bienvenida a sus esfuerzos para coordinar y supervisar programas de fortalecimiento de la regulación financiera".

El futuro de Brasil determinará sin duda el futuro de América Latina En términos de progreso y bienestar, Lula ha sido muy positivo

Conscientes de su nuevo papel en el planeta, hace apenas tres meses que los países BRIC se constituyeron en un nuevo foro en defensa de sus intereses. Los dirigentes de los citados cuatro países se reunieron en Ekaterimburgo (Rusia) y pusieron encima de la mesa su formidable potencial: representan casi a la mitad de la población mundial, un cuarto del PIB mundial, el 40% de toda la superficie, y el 65% de todo el crecimiento de estos años. Lo disímil de estos porcentajes manifiesta la desigualdad en el mundo, que los emergentes denuncian con su sola presencia. Los BRIC quieren tener representación en la dirección del Fondo Monetario Internacional (siempre europea) o del Banco Mundial (siempre estadounidense), pretenden cambiar el funcionamiento del Consejo de Seguridad de la ONU, e incluso hacen escarceos para lo que sería una verdadera revolución monetaria en el mundo, de la que cada vez se habla más: la sustitución del dólar como moneda de reserva mundial y su sustitución por una cesta de monedas, más allá de la divisa norteamericana y del euro.

Pero Lula da Silva, presidente de Brasil, quiere ir más lejos. Cuando fue elegido para un segundo y último mandato (por ahora ha soportado mejor que otros presidentes latinoamericanos la tendencia irresistible a cambiar la Constitución para poder ser reelegido al menos en otra ocasión), declaró: "Estamos cansados de ser una potencia emergente". Es decir, quiere que Brasil pase a la categoría de país desarrollado, sin marcha atrás. Esta ambición es la que le hará pasar a la historia. En los siete años de Presidencia, Lula ha hecho avanzar mucho a su país: saldrá de la recesión en el pelotón de cabeza (en el segundo trimestre de 2009, el PIB ya ha aumentado); sus porcentajes de crecimiento a lo largo del periodo han sido muy superiores a los de las dos décadas anteriores; la pobreza extrema se ha reducido del 35% en 2001 al 24,1% en 2008; cuatro millones de ciudadanos dejaron el umbral de pobreza y se incorporaron a unas clases medias que ya superan el 50% de la población total... El lado oscuro de esas mismas cifras indica todo lo que aún queda por hacer en materia de desigualdad, pobreza, inseguridad ciudadana, contaminación ambiental, corrupción y, como reflejaba en estas mismas páginas el investigador Clóvis Brigagao (véase EL PAÍS del 3 de octubre), "una baja institucionalidad política".

En términos de progreso y bienestar no cabe duda de que Lula y su predecesor, Fernando Henrique Cardoso, han sido muy positivos para Brasil, cuya economía es la novena del mundo (más grande que la española), pero cuyo potencial de crecimiento -ayudado por el maná de las gigantescas reservas de petróleo submarinas, recientemente descubiertas- puede ayudarla a escalar, en el plazo de una década, a la quinta o sexta posición del planeta.

El futuro de Brasil, con sus luces y sus sombras, determinará sin duda el futuro de América Latina, ya que su economía es nada menos que la mitad de la de la región.

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