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domingo, 4 de octubre de 2009
Tribuna:LA CUARTA PÁGINA

Castillo con fantasma

PIEDRA DE TOQUE. Mi interés por Roger Casement, que denunció la explotación de los indígenas de África y la Amazonía, me ha llevado a Irlanda del Norte. Allí la política va reemplazando a la vieja guerra cainita

El castillo de Galgorm, en Ballymena, en el condado de Antrim (Irlanda del Norte) fue construido en la primera mitad del siglo XVII por el doctor Alexander Colville, un doctor no en medicina sino en "divinidades", es decir teología, a quien, como se hizo rico de la noche a la mañana, sus contemporáneos sospechaban de haber hecho pacto con el diablo y practicar las artes mágicas. Un retrato suyo orna todavía la entrada del castillo y el actual dueño del lugar, Christopher Brooke, dice que nadie se ha atrevido a sacarlo de allí porque, según una enraizada creencia, quien ose hacerlo morirá en el acto.

Visto desde el prado arbolado que lo rodea, el castillo, de forma cúbica y de robustas piedras negras, torreones, grandes ventanales, chimeneas, escudos y su fachada catedralicia, es imponente. Por adentro es una ruina que se cae a pedazos y Christopher y su familia, refugiados en unas pocas habitaciones de la primera planta, tienen la esperanza de que en uno de esos desmoronamientos cotidianos uno de los espesos muros comience a vomitar las talegas de oro que, se dice en Ballymena, enterró en ellos el diabólico reverendo Colville antes de morir. Así reunirán el capital necesario para convertir al castillo de Galgorm en una lujosa residencia de 14 apartamentos restaurados en su viejo esplendor. Ya lo han hecho, con buen gusto y rigor histórico, con los patios y dependencias exteriores y el resultado no puede ser mejor.

Esta tierra de, 'glens', poetas y contadores de cuentos ha sido una de las más violentas de Europa

Casi toda la gente con la que hablé es optimista y piensa el futuro reforzará el proceso de paz

Como todo castillo irlandés que se respete, el de Galgorm también tiene su fantasma. No es el espectro de Colville sino el de una muchacha de su tiempo a la que la BBC, cuando hace algunos años hizo un documental sobre el castillo, trató de filmar. A fin de lograrlo importó a una célebre médium griega quien, para mala suerte de la televisión británica, sólo logró hacer contacto con la fantasma cuando las cámaras estaban ya apagadas y los camarógrafos dormidos. Pero, según Christopher, la muchacha espectral no es nada huraña y se aparece con frecuencia a los muchos médiums, espiritistas, diabolistas y fantasmistas que peregrinan hasta aquí para convocarla y platicar con ella de cosas del más allá. Sin ir más lejos, se le apareció una mañana a su propia esposa, al despertar, y celebraron ambas una conversación entretenida.

El castillo de Galgorm está en manos de la familia de Christopher, los Young, desde mediados del siglo XIX, y uno de los antepasados más ilustres del actual propietario es Rose Maud Young, quien, pese a pertenecer a una familia sólidamente unionista -protestante y pro británica- formó parte de un puñado de damas de Antrim que participaron de manera muy activa, a finales del XIX, en el renacimiento de la lengua y la cultura gaélicas, empeño que fue acercándolas al adversario tradicional, el nacionalismo irlandés. Rose Young, además de escribir un minucioso diario, publicó tres volúmenes de poemas, leyendas y canciones en gaélico que se habían conservado por tradición oral y que ella misma fue recopilando por las viejas aldeas de pescadores y campesinos de Antrim. Además de bella, culta y liberal, Rose Maud Young -en cuyas tertulias convivían presbiterianos, anglicanos y católicos- fue amiga y protectora de Roger Casement (1864-1916), el fascinante personaje cuyas huellas trato de seguir por estas tierras de Irlanda.

De adolescente, a fines del siglo XIX, Casement estudió tres años en el colegio de Ballymena y pasó muchos fines de semana en Galgorm Castle, según quedó registrado en los diarios escrupulosos de Rose Maud Young. Aquí leyó tal vez esas memorias de los grandes exploradores ingleses, como Livingstone y Stanley, que le abrieron el apetito por los viajes y el África. Aunque había nacido en Sandycove, Dublín (muy cerca de la Martello Tower donde comienza el Ulises de Joyce) su familia era de aquí y en Antrim pasó gran parte de su infancia y adolescencia y en su edad adulta a esta tierra volvía cada vez que podía a curar su nostalgia y a sosegar su espíritu de los grandes tumultos que lo asaltaron a lo largo de una vida intensa, aventurera y arriesgada como la de un paladín de novela épica. Gran parte de su trayectoria estuvo consagrada a denunciar la explotación y el maltrato de las comunidades indígenas del África y la Amazonía, y, asimismo, sobre todo en sus años finales, a luchar por la independencia de Irlanda.

Cuando, la víspera de su ejecución, el pulcro verdugo de la prisión londinense de Pentonville, Mr. John Ellis (en sus ratos libres era también peluquero) procedía a la macabra ceremonia de pesarlo y medirlo para que la soga con que iba a ahorcarlo tuviera la consistencia y la altura debidas, Roger Casement pidió que sus restos fueran sepultados no lejos de aquí, en la bahía de Murlough, a la que en sus cartas se refería como "la bahía del paraíso". Las autoridades británicas no le dieron gusto: lo enterraron en la misma prisión donde lo ahorcaron (por traidor, pues había conspirado con los alemanes durante la Primera Guerra Mundial para contrabandear armas destinadas a los revolucionarios irlandeses que se alzaron en la Semana Santa de 1916), en una tumba sin nombre y junto a un célebre destripador de mujeres, el Dr. Crippin, ajusticiado unos años antes. Sólo en 1965 fueron entregados sus restos a Irlanda y ahora reposan en el cementerio dublinés de Glasnevin, bajo una sobria lápida en gaélico (idioma que él, pese a sus esfuerzos, nunca aprendió) que dice, sobriamente: "Muerto por Irlanda".

Roger Casement tenía mucha razón de querer ser enterrado en Murlough Bay, pues es el sitio más bello de Irlanda, de Europa y acaso del mundo. En él culmina uno de los más hermosos glens de Antrim, esos valles o desfiladeros que, entre montañas coloreadas por todos los matices del verde, árboles frondosos, riachuelos, cascadas, recios acantilados, bajan al encuentro de un mar encabritado que arremete contra unos farallones rocosos y esculturales. Hay bandadas de pájaros revoloteando por el cielo y, cuando los días son claros y despejados como los que me han deparado los dioses celtas, se divisa, muy cerca, la mole de la isla de Rathlin, en cuyas aldeas centenarias Rose Maud Young recogió muchas de las poesías e historias de la milenaria Eire, y hasta las costas de Escocia. El paisaje parece deshabitado de seres humanos, naturaleza en estado puro, virginal y edénica.

Es pura apariencia, desde luego. Esta tierra de castillos, glens, fantasmas, poetas y famosísimos contadores ambulantes de cuentos (los seanchaí) ha sido también una de las más violentas de Europa, donde las guerras étnicas y religiosas han enconado a las gentes y sembrado sangre, odio y resentimiento por doquier. No sólo los siglos de la ocupación británica; también los de la partición -que dejó como parte del Reino Unido los seis condados de Irlanda del Norte- han estado signados por matanzas y atentados inicuos. Algún rastro de todo ello queda en las alturas de la bahía de Murlough donde, hace algunos años, el Sinn Féin erigió un monumento en homenaje a Roger Casement. Poco después fue dinamitado por un comando terrorista del Ulster y no ha sido reconstruido desde entonces. Los pedazos esparcidos que de él sobreviven en el solitario altozano son un inquietante llamado de atención sobre la existencia de la otra cara de la medalla de este paraje de sueño.

¿Qué ocurrirá ahora en Irlanda del Norte? Después de los acuerdos alcanzados durante el Gobierno de Tony Blair entre unionistas y republicanos ¿habrá por fin paz en estos seis condados y podrán los fantasmas y los vivos de Antrim dormir tranquilos y fraternizar? Quien recorre la pujante Belfast y sus noches agitadas, la próspera campiña que la cerca, y las ciudades y lugares del interior que parecen haber encontrado el secreto milagroso de hacer coexistir la tradición y la modernidad en absoluta armonía, no tiene ni remotamente la impresión de que podría haber una marcha atrás y que los grupúsculos de extremistas intransigentes que todavía ponen bombas y asesinan, conseguirán su empeño de destruir la paz y volver al enfrentamiento de antaño. Casi toda la gente con la que conversé es más bien optimista y piensa que el futuro reforzará el proceso iniciado con el desarme de los dos bandos y que la política reemplazará a la guerra cainita de manera definitiva. Uno de esos optimistas es Christopher Brooke, el amable castellano de Galgorm. Está convencido de que la coexistencia que se ha puesto en marcha gracias a los acuerdos entre los ancestrales adversarios, la inmersión en Europa, la mecánica de la globalización y las exigencias económicas irán fortaleciendo la integración y la paz. Que Cuchulain y demás dioses del panteón de Eire lo oigan y hagan realidad ese justo designio.

Nos despedimos al pie del retrato del tenebroso doctor Colville. Tiene una mirada beatífica y ligeramente burlona. Sus ojitos fruncidos y claros parecen apenados de vernos partir. Porque en este país hasta los teólogos pactatarios y los fantasmas practican con denuedo el vicio de la hospitalidad.

© Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2009. © Mario Vargas Llosa, 2009.

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