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lunes, 21 de septiembre de 2009
COLUMNA

Explotación sexual (1)

Recientemente, un conocido periódico publicó un artículo que defendía legalizar la prostitución basándose en el hecho de que "la universalidad del negocio del sexo indica que se trata de un fenómeno biológico y no cultural", lo que sería como decir que, puesto que la opresión de las clases más desfavorecidas se da en todas las sociedades, su raíz debe de ser biológica.

Según el articulista, nuestros antepasados más lujuriosos tuvieron más descendientes que los castos, mientras que las mujeres, fueran lúbricas o no, tenían más o menos el mismo número de criaturas. Lo cual es una explicación veraz a medias ya que el número de descendientes de los varones no dependía de su lujuria o castidad, sino de la asimetría respecto a las mujeres: muchos espermatozoos contra un solo óvulo. Dicho de otro modo, en la naturaleza (y así era para la humanidad en el pasado), puesto que la fecundidad masculina depende del número de apareamientos, los machos luchan entre sí por el acceso a las hembras. Ello favorece a los ejemplares más fuertes y jóvenes, que son quienes tienen más descendencia, y perjudica a más de la mitad de machos, que no dejan sucesión alguna.

Decía san Agustín que a las mujeres había que segregarlas, "ya que son causa de insidiosas e involuntarias erecciones en los santos varones"

Así, gracias a este mecanismo, las hembras son fecundadas por espermatozoos saludables, lo que fortalece la especie. Esto sí es la selección natural darwiniana y no la que infiere el articulista al escribir: "Al ser descendientes de hombres extraordinariamente libidinosos (...), nuestro código genético actual dice: el hombre es más promiscuo que la mujer". Esa peregrina conclusión sería como decir que, por sistema, los ojos azules paternos los hereda el hijo y los verdes maternos, la hija. En realidad, según las leyes de Mendel, se darían también varones virtuosos y mujeres lujuriosas.

En su siguiente razonamiento, el articulista se pregunta cómo se puede compaginar la conducta de esos varones tan lascivos con la de esas castas mujeres, y explica: "Con unas pocas mujeres practicando sexo a cambio de una compensación económica. Nace, pues, la prostitución". Su respuesta es francamente pasmosa: al principio afirmaba que se trataba de un fenómeno biológico y, sin embargo, ahora admite que es el resultado de una determinada estrategia social, es decir, un fenómeno cultural.

Pero, por lo menos, hemos llegado a un punto de acuerdo: los varones, que acumulaban poder y riqueza (eso se le ha olvidado al articulista), determinaron que habría una mujer para cada uno (obligadamente casta) y unas cuantas a repartir entre todos. Las mujeres, sin autoridad ni fortuna, poco pudieron objetar.

Por otro lado, y retomando el argumento biológico, si sólo los varones fueran promiscuos, la infidelidad femenina no existiría. Y sin embargo, estudios recientes confirman hasta un 70% de mujeres con sexo extramatrimonial. Bien es verdad que trabajos realizados en la década de 1950 arrojaban porcentajes mucho más bajos, pero esta diferencia de resultados obedece a la intensa represión ejercida antaño sobre las mujeres, por lo que o controlaban sus impulsos o no hacían públicas sus digresiones sexuales.

Una vez más, pues, son las razones culturales las que modulan la respuesta sexual de los individuos.

El articulista, por fin, invoca el nombre de san Agustín y santo Tomás de Aquino, que justificaban la prostitución como válvula de escape. Aunque parece ignorar que a esos padres de la Iglesia las mujeres les parecían seres de segunda. Decía san Agustín que a las mujeres había que segregarlas, "ya que son causa de insidiosas e involuntarias erecciones en los santos varones", y santo Tomás consideraba a las mujeres "varones defectuosos". Así que ni uno ni otro resultan un referente cabal en cuestiones de género.

Sólo hubiera faltado que el articulista hubiese tratado de demostrar con argumentos seudoideológicos por qué la mayoría de las prostitutas, además de ser mujeres, son también pobres y de una etnia distinta a la de él.

Desde argumentos culturales es fácil entenderlo como una explotación de sexo, clase y origen.

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