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lunes, 14 de septiembre de 2009
Reportaje:

Pinceles en rebeldía

Los artistas reunidos en la exposición 'El arte de la semejanza' desafían los dictados de la modernidad

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En las primeras páginas del Elogio de la lentitud, su autor, el periodista canadiense Carl Honoré inicia la argumentación de su tesis a favor de un mundo sin prisas con la enumeración de perjuicios de la velocidad, una obsesión que "ha llegado demasiado lejos". La pérdida del goce de la espera, la maldición de la multiplicidad de tareas o el surgimiento del pensamiento rápido e impreciso conducen a Honoré a la conclusión de que "hacer las cosas más despacio suele significar hacerlas mejor [...] todo mejora cuando se prescinde del apresuramiento".

Un libro superventas demuestra hasta qué punto los occidentales necesitan motivos para levantar el pie del acelerador; trata de convencernos apelando a nuestra naturaleza social probando que "la lentitud es necesaria para establecer relaciones verdaderas y significativas con el prójimo". E incluso halla una premisa irresistible para los enfermos del tiempo: aunque pueda resultar paradójico a primera vista, "a menudo realizar una tarea con lentitud produce unos resultados más rápidos".

El mundo del arte no es ajeno a la rapidez. "Un galerista me preguntó una vez cuántos cuadros producía al año; me negué a trabajar con él", recuerda el pintor Salustiano (Sevilla, 1965), uno de los artistas participantes en la muestra El arte de la semejanza, una reflexión sobre la figuración contemporánea con la que el Centro Cultural Caixanova de Vigo estrena su temporada. Su contribución a la exposición, un lienzo de 152x350 cm, representa una mujer joven de rasgos asiáticos flanqueada por dos aves. La chica, en actitud enigmática, muestra un libro al espectador. El cuadro, Tamara con libro y cuervos, concentra el interés de su creador por sugerir antes que contar y por representar la figura humana como contenedor de emociones. Pero igualmente llamativa es su plasticidad, conseguida con pigmentos naturales como la malaquita o el lapislázuli, y con sesenta capas de color rojo sangre.

Semejante elaboración lleva su tiempo, algo de lo que también hace uso con generosidad Rómulo Celdrán (Las Palmas de Gran Canaria, 1973). Detrás de sus aproximaciones a la realidad hay meses de trabajo primoroso. A simple vista, el aspecto de sus piezas parece ser otra cosa: sus tablas dibujadas a lápiz, como la escombrera Recicling XVIII o el bloque de piedra tallado Hold I engañan a la vista. "Su proceso de trabajo es lento y escrupuloso", dice la comisaria, Mercedes Rozas, quien destaca "su virtuosismo técnico y el empeño malévolo que arrastra hacia el doble sentido, hacia una ambigüedad visual que confunde fotografía y pintura".

La actitud extemporánea de calma que predomina en los nueve artistas participantes es uno de sus denominadores comunes, pero por lo que han sido reunidos en El arte de la semejanza es por otro rasgo de comportamiento poco considerado en el arte contemporáneo: el estudio de lo real que realizan en sus obras. "Con ellas se evidencia la potencia de las iniciativas que, utilizando lo figurativo, se apropian de la realidad, dotan de significado a lo objetivo y demuestran que es posible construir trabajo creativo y con capacidad expresiva desde parámetros actuales", escribe la comisaria en el catálogo. Según Rozas, la figuración "es plenamente actual".

La rapidez está reñida con la indagación en la realidad que reivindican estos autores. Desde la sorprendente destreza de Juan Francisco Casas (La Carolina, Jaén, 1976) con los retratos de su pandilla en plena juerga realizados con bolígrafo Bic, o la videocreación de Marta Blasco (Manises, Valencia, 1974) hecha con dibujos de una Ofelia moderna que se ahoga en la bañera, hasta las criaturas etéreas pintadas sobre gasas, medio hadas, medio damas del Renacimiento, de la italiana Carla Bedini (Castellanza, Varese, 1964), las maneras son diferentes.

El gallego Jorge Perianes (Ourense, 1974) se niega a dejar en manos de otros la minuciosa tarea de los pequeños insectos que devoran, literalmente, sus lienzos de flores y plantas. Con precisión de entomólogo, los dispersa por los cuadros imitando su comportamiento en la naturaleza. El resultado, teñido de melancolía, es un juego bidimensional que reinterpreta la ruina clásica con bichitos que pinta de colores para suavizar el efecto dramático de sus ansias destructivas. "Nuestro compromiso más allá de las prisas es rebeldía", asegura Perianes. "Se trata de encontrar el equilibrio: si lo haces rápido, se consume rápido", concluye Celdrán.

La exposición El arte de la semejanza, en el centro Caixanova de Vigo, el pasado viernes. / LALO R. VILLAR

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