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jueves, 10 de septiembre de 2009
Reportaje:

Nueva vida en la vieja T-2

Una mujer da a luz en la antigua terminal el día en que ésta se vacía de viajeros - Los comerciantes de la instalación temen por su futuro

Un silencio insólito, que dolía, se adueñó ayer de las viejas terminales del aeropuerto del Prat, que parecían más un desierto que una instalación aeroportuaria. El bullicio cotidiano de las terminales hoy rebautizadas como T-2 (las antiguas A, B y C) había languidecido de un día para otro y los trabajadores de los establecimientos que todavía no han bajado persianas (muchos ya se han mudado a la nueva T-1) confesaban ayer que se les hacía irrespirable el ambiente desangelado que reinó desde primera hora de la mañana en unas instalaciones en las que ayer se cerraba una etapa y se abría otra plagada de incertidumbres.

"¡Dios mío, qué ha pasado aquí, qué tristeza!", lamentaba Dolores, una vendedora de una caseta de lotería de la ONCE situada frente a los mostradores de facturación de Vueling, en la terminal B, ayer absolutamente vacíos. Ni rastro de las interminables colas de viajeros que hasta la noche del martes se formaban en esta zona. En su lugar, un grupo de informadores recibían a los no pocos despistados que no se habían enterado de la mudanza y eran derivados a la T-1. El habitual griterío en la terminal B se convirtió ayer en poco más que un susurro, sólo truncado, a las diez de la mañana, por los gritos de una mujer que dio a luz en los lavabos

Las aerolíneas y AENA reforzaron el personal para ayudar al pasaje

La mujer, que ya había salido de cuentas, tenía programado el parto para el día siguiente (hoy para el lector) en el hospital de Vall d'Hebron, y acudió al aeropuerto a recoger a su madre, que llegaba de un vuelo procedente de Málaga para asistir al nacimiento de su nieta. Cuando la embarazada ya se disponía a salir de la terminal junto a su madre, su marido y sus dos hijos, empezó a sentir dolores de parto y corrió hacia los lavabos.

El bebé (una niña) ya había nacido cuando llegaron los médicos del SEM y del aeropuerto. "Todo fue muy rápido, nosotros sólo pudimos cortar el cordón umbilical y asistir a la mujer hasta que se la llevaron, a ella y al bebé, al hospital Sant Joan de Déu", explicó ayer Angelina Sáez, médico del aeropuerto. "La mujer y la niña, que tiene unos preciosos ojos negros, están perfectamente", agregó.

Para Gloria, una empleada del bar que hay justo delante de los lavabos, el nacimiento confirmaba que el de ayer tenía que ser "un gran día".

"Después de un verano frenético en el que no hemos tenido ni un respiro, ya esperaba con ganas poder trabajar con más tranquilidad. Y la verdad es que hoy ha bajado en picado el trabajo y, además, nos han regalado este nacimiento, que nos ha emocionado", decía Gloria. A Míriam, la responsable de este establecimiento, la súbita caída de clientes no le sentó tan bien como a Gloria. "Estoy asustada. Hasta octubre tenemos asegurado que el local estará abierto, pero luego no sabemos qué pasará", aseguraba.

Como Gloria, muchos de los empleados de tiendas y establecimientos que ayer aún permanecían abiertos aseguraban desconocer su futuro.

Fuentes del aeropuerto aseguraron ayer que las viejas terminales del Prat seguirán abiertas y mantendrán el 20% de la actividad, mayoritariamente de compañías de bajo coste. Para finales de este año o principios del próximo se prevé realizar un plan de mejora global de la T-2. El aeropuerto no dio detalles de la operación, aunque especificó que las mejoras se centrarán en la gestión de equipajes, la facturación y la seguridad.

Sobre el futuro de la terminal C, donde hasta el martes operaba el Puente Aéreo, fuentes del aeropuerto no se posicionaron. Tras realizarse, el martes por la noche, los últimos vuelos que conectaban Barcelona y Madrid, ayer la terminal C estaba cerrada con un cartel en la puerta que dirigía a los viajeros despitados al nuevo "corredor" de la T-1 (así se llama la zona destinada al Puente Aéreo en la nueva instalación).

La antigua terminal T-2 del aeropuerto de El Prat, ayer, casi vacía. / GIANLUCA BATTISTA

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