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Tribuna:LA CUARTA PÁGINA

El Raval, un barrio prostituido

El antiguo Barrio Chino de Barcelona se hunde cual 'Titanic' en un mar de crimen y sexo en las calles. Las dos décadas de política municipal supuestamente renovadora sólo han sido un sueño húmedo capitalista

En el último mes, dos acontecimientos han devuelto la caprichosa atención de los medios al barrio barcelonés del Raval. El tremendo asesinato de un argelino de 18 años en la esquina de la calle del Hospital con la Rambla del Raval, en el corazón mismo del territorio de las bandas de traficantes de hachís, y un reportaje fotográfico que mostraba una serie de acercamientos no especialmente románticos entre turistas y prostitutas africanas bajo los arcos del Mercado de la Boquería.

Ambos eventos informativos solamente han servido para llevarle al resto del país la noticia de algo que ya hace un año y medio que tenemos claro quienes vivimos en ese barrio: que el flamante Raval pos-Barrio Chino se está hundiendo cual Titanic en un mar de crimen violento y sexo en las calles. El alcalde Jordi Hereu, previsiblemente, ha respondido a la crisis como de costumbre: sacando a la policía a la calle hasta que la cosa se calme un poco y prometiendo más ordenanzas para limpiar la vía pública, una reacción bastante asombrosa teniendo en cuenta el resultado que le han dado las ordenanzas que ya promulgó en el pasado. La oposición municipal, liderada por CiU, se ha limitado a soltar uno más de sus tediosos vómitos de indignación moral que nos ayudan a entender por qué nadie los toma en serio.

Se buscaba desalojar a vecinos y comerciantes tradicionales para atraer turistas y clases medias

El barrio vuelve a encarnar su tradicional papel de grano en el culo de la ciudad

Lo que esas clases dirigentes afincadas en Sarriá-Sant Gervasi, Gràcia y el Eixample no parecen entender es que ese Raval que contemplan con asco es precisamente el hijo deforme de la insensatez que esas mismas clases han practicado durante las dos últimas décadas.

No es ningún secreto que desde que, a finales de los años ochenta, el Ayuntamiento de Barcelona iniciara el "asalto" a la ciudad sin ley del Raval, con el inefable Joan Clos como concejal de distrito, las intervenciones urbanísticas han buscado con ansia ese patrón bien conocido de lo que en inglés se llama gentrification, término acuñado en 1964 por la socióloga Ruth Glass para describir la expulsión de la humilde población autóctona de los Docklands londinenses y su reemplazo higiénico por una nueva población de clase media.

En el Raval, un laberinto de callejuelas situado en pleno casco antiguo de la ciudad donde nos amontonamos 50.000 almas, la mitad extranjeros, el conglomerado político-corporativo siempre ha tenido en los problemas endémicos del barrio su mejor arma para evitar cualquier resistencia a sus intervenciones: la droga en la década de 1980, la estigmatización de la población local y, ya en los noventa, la desinformación y el aislamiento que padecían los nuevos inmigrantes.

Entre 1984 y 1992 se diseñaron las grandes líneas de esas intervenciones, siguiendo las directrices del Plan Especial de Reforma Interior (PERI), ejecutadas por la empresa mixta pública-privada Procivesa en forma de expropiaciones masivas y venta de inmuebles para ganar capital. Para el Raval Norte, menos degradado, se ideó un "eje cultural" de museos para atraer a los turistas más sibaritas, que de momento todavía no han aparecido por el barrio. En el Raval Sur se intervino en dos fases: primero la demolición de una parte (habitada) del barrio para abrir la Rambla del Raval, que en su origen se concebía como escenario de festivales institucionales de música al aire libre, olvidando al parecer que allí vivía gente, aunque hay que decir que el hecho de que en el Casco Antiguo de Barcelona viva gente siempre ha molestado a nuestros gobernantes. La segunda fase es la tristemente célebre Operación Illa Robadors, donde se destruyeron 50 edificios, 450 viviendas y 93 locales comerciales para levantar un hotel de lujo y una filmoteca, en un ejemplo de urbanismo salvaje y mobbing descomunal que ha trascendido nuestras fronteras.

Alrededor de las nuevas infraestructuras "dinamizadoras" empezó a continuación el gran sueño húmedo capitalista del reparto del pastel. Los promotores privados se pusieron a emprender rehabilitaciones integrales (llamando a los pisos lofts), con vistas a una población nueva que se los pudiera permitir. Los antiguos inmuebles propiedad de familias burguesas se vendieron a inmobiliarias que procedieron a expulsar a los vecinos de toda la vida, no rentables económicamente. Empezaron también las concesiones masivas de licencias para apartamentos turísticos y hoteles (entre 2005 y 2007 se concedió en el distrito una media de una licencia hotelera por mes). El pequeño comercio, que había sido el motor económico del barrio, empezó a retroceder acobardado ante el avance de las franquicias de café y comida rápida, los locales de ocio para turistas (léase, abrevaderos) y las desdichadas tiendas de souvenirs.

Hasta que, como no podía ser de otra manera, al sueño húmedo le llegó su despertar amargo. Hace dos años, el modelo que se había aplicado al barrio simplemente se colapsó. Quién sabe si ayudado por la recesión económica, o por esa especie de entropía urbana que Manuel Delgado llama la resistencia de la urbe, la gentrification empezó a recular. Los grupos hosteleros empezaron a cerrar sus locales de la Rambla del Raval. El hotel Barceló se levantó, sí, pero permanece semivacío, sempiternamente custodiado por una patrulla de policía y aislado en medio del área musulmana del barrio, saludablemente inhóspita a sus pretensiones. Los irritantes vecinos de toda la vida, contra todas las previsiones, no se fueron. De hecho, siguen aquí. Y el crimen, lejos de responder a las ordenanzas por el civismo, ha aumentado estratosféricamente, obligando a los vecinos y comerciantes a movilizarse. ¿Justicia poética? ¿Maldición? En todo caso, el Raval vuelve a encarnar su tradicional papel de grano en el culo de la ciudad.

Resulta gracioso, o lo resultaría si las consecuencias no fueran trágicas, que una clase política que tanto se ha llenado la boca con el paradigma de la sostenibilidad haya urdido un modelo que se ha derrumbado al cabo de una década. No hay ninguna ingenuidad en decidir que un barrio deje de servir los intereses de la gente que vive en él, desmantelar su tejido comercial y vendérselo a la industria turística. A esa situación no se llega por accidente. Lo ingenuo es creer que esa ruptura de un ecosistema ya precario no iba a generar el "efecto llamada" de una nueva clase criminal.

Una nueva clase criminal en toda regla, literalmente fuera de la ley, es decir, intocable por ella. Traficantes a los que no se puede encerrar por ser demasiado jóvenes, prostitutas a las que no se puede deportar por no tener papeles, etcétera. Para los vecinos del Raval es obvio que turistas y criminales son dos lados de la misma moneda, Escila y Caribdis, un sistema de huésped y parásito, condenados a tener sexo furtivo entre ellos, comprarse droga y robarse. Mi hija se acostumbró ya desde bebé a dormir oyendo los cánticos borrachos de los turistas ingleses y después sus chillidos cuando las bandas de argelinos los asaltaban al cerrar los pubs. Todo esto es obvio para cualquiera que camine por las calles del Raval, hay que estar ciego para no verlo, o bien fingir que lo estás.

El verdadero valor de las famosas fotos de los arcos de la Boquería, más allá de como documentos de la degradación, es como metáfora: el barrio entero es un burdel y el Ayuntamiento nuestro proxeneta.

Previsiones de futuro: el equipo municipal encabezado por Jordi Hereu y la concejal de distrito Itziar González ya han dejado clara su convicción de que el barrio puede asumir más turismo, y que el Raval debe ser la nueva puerta de entrada para los miles de turistas que llegan a la ciudad en cruceros. Las nuevas intervenciones urbanísticas deben "derribar barreras" para convencer a los turistas de acceder al Raval por la zona de Santa Mónica. Ya se imaginan ustedes la clase de barreras que hay en Santa Mónica: casas de vecinos, que pueden apostar a que se irán abajo para no estorbar a las hordas de turistas.

Javier Calvo es escritor. Su última novela publicada es Mundo maravilloso (Mondadori).

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 8 de septiembre de 2009