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Crítica:66ª Mostra de Venecia

Michael Moore disecciona al monstruo

Después de haber metido el dedo en la llaga sobre diversos y pavorosos cánceres que asuelan la realidad de Estados Unidos, como la libertad y la afición de sus ciudadanos a tener acceso a todo tipo de armas, la certeza de que si eres pobre y te pones enfermo la vas a palmar seguro o el lamentable poder institucional de ese siniestro George Bush que favoreció hasta límites aberrantes a las grandes corporaciones y se inventó con motivos falsos una guerra que sólo buscaba el negocio del petróleo, era inevitable que el espectacular y corrosivo documentalista Michael Moore, esa temida mosca cojonera, se ocupara del sórdido crash económico que se ha cebado con su país y de rebote con el resto del universo.

La nueva de Daniel Sánchez Arévalo, 'Gordos', es irregular pero turbadora

Ha titulado su inaplazable ajuste de cuentas Capitalism: a love story, y en él consigue que te rías con su brillante sarcasmo sobre los tiburones financieros, pero también aterrorizarte al comprobar de lo que son éstos capaces para beneficiarse y mantener el intolerable estado de las cosas, su hermandad con la mayoría de la clase política, la impunidad que consiente la ley a la alta delincuencia, la salvaje factura que deben de pagar los débiles por los desmanes de los fuertes.

Moore comienza haciendo un lúcido paralelismo entre el esplendor y decadencia del Imperio Romano y la historia de su todopoderoso país. A partir de ahí planta sus temibles cámaras y micrófonos en los atroces testimonios de las víctimas potenciales de los abusos del sistema capitalista, de la sufrida gente común, e intenta en vano que los jerarcas de Wall Street ofrezcan explicaciones de los criminales mecanismos que han generado el desastre. A falta lógicamente de lo segundo, tira de archivo, de indagación, de datos, de estadísticas, de imágenes reveladoras, de provocación a los sibilinos toros para ver si le entran al trapo, para hacer un retrato demoledor del disfrazado esclavismo que ejerce el gran capital sobre las clases medias y bajas, su desvergüenza para perpetuar el saqueo, su colocación estratégica en el poder político de los peones que les van a permitir robar hasta el delirio a costa del sufrimiento de la mayoría. No lo cuenta el viejo Marx aunque su inteligencia lo anticipara, sino que las repugnantes evidencias están demostrando la eterna perversión del sistema.

Moore siempre posee tendencia a la manipulación y a la pincelada gruesa, pero esos molestos tics no anulan su brillantez expositiva ni la veracidad de lo que cuenta. No se remonta a la Gran Depresión para explicar el desarrollo del monstruo sino que lo hace desde la llegada de Ronald Reagan a la presidencia de EE UU hasta nuestros días. Lo que vemos y oímos invita a la insurrección civil, a la acción directa contra los bancos. Seguir las huellas de un individuo glorificado y tenebroso llamado Alan Greenspan, de sociedades financieras como Goldman Sachs y Merril Lynch, de los templos desde los que se ha urdido la gran infamia provoca escalofríos. También indignación moral y piedad comprobar cómo algunas empresas hacen seguros de vida a sus empleados sin que ellos lo sepan y cuyos exclusivos beneficiarios van a ser las propias empresas, o los infinitos desahucios que padecen gente que fue engañada. Este necesario documental deja una puerta abierta a la esperanza. Se llama Obama. Lo tiene crudo para cambiar las cosas. Se han cargado a otros líderes por mucho menos.

Sin embargo, no hay nada apasionante que contar de la película de Claire Denis White material, aunque el material que trata sí lo fuera. El escenario es Camerún, en medio de la guerra que enfrenta al Estado contra la revuelta de un ejército de niños soldados. Isabelle Huppert interpreta con su habitual solidez a la dueña de una plantación de café que se niega a exiliarse a pesar del peligro. La historia no posee tensión aunque sí conductas inexplicables y una absoluta impotencia expresiva por parte de la directora.

Habiendo disfrutado mucho con Azuloscurocasinegro, primera, compleja, emocionante y admirable película de Daniel Sánchez Arévalo, esperaba que Gordos me regalara sensaciones parecidas. No es así. A ratos me desconcierta este arriesgado retrato sobre obesos que intentan combatir sus demonios mediante la terapia. Cada uno con su propia historia y sus particulares soluciones, sus verdades y sus mentiras, la aceptación o el rechazo de su identidad, los problemas, las trampas o las contradicciones que conlleva la apariencia física, el anhelo de encontrar su lugar en el mundo o un refugio que no sea provisional. Y en este microcosmos hay personajes y conductas a los que comprendo y me despiertan simpatía y otros que me cargan excesivamente, como el afectado y retorcido homosexual que interpreta con desagradable histrionismo ese buen actor llamado Antonio de la Torre. El argumento y las situaciones a veces bordean lo grotesco y en otras todo resulta inquietante o conmovedor. Es una película irregular pero también turbadora, una rareza con extraño encanto, con un tono más cercano a lo sombrío que a lo humorístico, con un lirismo insólito, con subidas y bajadas. La vi antes de que se proyectara en la Mostra y me sigue dando vueltas en la cabeza. Es una buena señal.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 7 de septiembre de 2009