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Crítica:EL LIBRO DE LA SEMANA

Territorio rock

Belén Gopegui construye una fortificación desde donde atacar más que defenderse. La belleza de su nuevo libro, Deseo de ser punk, que se publica la semana próxima, estriba en su cálculo, como exigía Calvino de las buenas novelas, cálculo y buena definición

Hace unos años se publicó un libro del escritor inglés Nick Hornby titulado 31 canciones. En él defendía sin ambages la música pop. Nos decía, entre otras cosas, que extasiarse con Sebastian Bach no impide hacerlo con Van Morrison o Santana. Hornby citaba Smoke, una bellísima canción del grupo Ben Folds Five. Y recuerdo que afirmaba que esa canción era la mejor que había escuchado nunca sobre la muerte de una relación sentimental. Canciones inolvidables las hay también en la película Once. Canciones de rock lidiando con la vida y una banda musical que eriza la piel. Belén Gopegui vuelve a la narrativa con una novela generacional, Deseo de ser punk. Y lo hace apelando a esa magnitud evocativa que suelen tener las mejores letras y melodías de rock. En esta nueva novela, Gopegui hace que el rock no sea una música de fondo. O una anécdota. O un relleno de ambientación. Aquí el rock es un lugar. Un territorio esencial. Una fortificación desde donde atacar más que defenderse. Resulta encomiable la operación de sostén estructural que ha logrado Belén Gopegui con el rock en su relato. Una operación similar a la que logró hacer con el dinero en La conquista del aire. O con el deseo en Tocarnos la cara. O con la corrupción en Lo raro. El rock en Deseo de ser punk es un eje. Martina, la adolescente de 16 años que está escribiendo una carta a un chico de su curso (la novela que leemos), define la relación con sus padres y con el mundo en general en función de una canción. La relación con los adultos (beligerante o amical) es siempre mediante un título mítico o un disco imborrable. Y con ese caudal de música iracunda, Martina quiere atentar en un acto final contra el conformismo de la sociedad que la rodea.

Deseo de ser punk

Belén Gopegui

Anagrama. Barcelona, 2009

187 páginas. 15 euros

Hablé antes de Deseo de ser punk como de una novela de generación. Las verdaderas novelas generacionales son las intergeneracionales. Las que estudian la colisión entre dos mundos antagónicos por edad y hábitos vivenciales. Una novela generacional a secas, que las hay, es un ejercicio literario autocomplaciente y egoísta. Martina no ataca a sus padres. Ni los desprecia por su aburguesamiento. Convive y confraterniza desde la discrepancia y la lucidez de su ingenuidad con sus dolores particulares. Asume sus penas, aunque no las comparta. Discrepa de las melodías de rock que marcaron su juventud, pero respeta y hasta admira que sus vidas tengan alguna melodía para aferrarlos a los recuerdos, los buenos y los malos. Su inteligencia es su generosidad emocional. Hay un personaje en la novela que ya está muerto cuando ésta comienza. Es Lucas, el padre de la mejor amiga de Martina. Es posible que Lucas haya sido el padre que siempre deseó tener Martina, en la medida en que los hijos a veces elegimos a nuestros verdaderos padres. Lucas es la metáfora del milagro del entendimiento generacional a partir de una canción de rock. "Hay una parte donde nunca nos abrazan", recuerda Martina que un día le dijo Lucas. No es un fragmento de canción inolvidable, pero merecería serlo.

Puede que el lector crea que Martina esté buscando un lugar exacto en el mundo sólo para ser feliz. Pero las cuestiones que sublevan a Martina, desde las recientes barricadas de jóvenes en Atenas hasta la prosperidad de plástico a que la conduce la sociedad de consumo, son algo más complejas. En Después de la teoría, el teórico inglés Terry Eagleton reflexiona sobre la felicidad: "La felicidad se refiere a vivir y actuar bien, no sólo a sentirse bien". Ello es el núcleo de la felicidad aristotélica. Me parece que para Martina la felicidad es ser justa. Su deseo de ser punk no está en la línea de venir al mundo sólo para pasárselo "guay", sino más bien en una tesitura política. Por eso nos dice Eagleton: "Como todos nuestros deseos son sociales, tienen que situarse en un contexto más amplio, que es la política. La política radical es la reeducación de nuestros deseos". En cierta manera, los deseos de Martina son románticos. Su incomodidad con el mundo es romántica. Y ese romanticismo es el que canaliza su ira hacia el bien, afila su percepción de las arbitrariedades y hace que sus posibles errores, los suyos, sean la materia de su pureza desmitificadora. La belleza de Deseo de ser punk estriba en su cálculo, como exigía Italo Calvino de las buenas novelas, cálculo y buena definición. El arte de cuadrar la impotencia de los años jóvenes con los deseos más imprescindibles.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 5 de septiembre de 2009

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