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martes, 1 de septiembre de 2009
COLUMNA

Sobre el pesimismo

"Todos los países fallidos participan del equívoco del destino judío: están roídos por la obsesión de que su incumplimiento es implacable". La frase es de Ciorán. Me parece que tiene mucho que ver con el estado esquizofrénico en que vive la política catalana. En vez de dar pasos hacia el cumplimiento de sus objetivos, se gastan infinidad de energías en construir monumentos retóricos a la imposibilidad de conseguirlos. No sólo eso, a veces la disputa política parece un concurso para premiar al que sea capaz de conseguir mayor excelencia en el lamento. De modo que queda inevitablemente la sensación de que hay algo de placer en la frustración. Aunque sólo sea la satisfacción intelectual de afirmarse en su creencia: una vez más -ayer con la financiación, hoy con la futura sentencia del Tribunal Constitucional- el incumplimiento inexorable se confirma.

La hipótesis de que la sentencia sobre el Estatuto tumbe al tripartito es parte del maratón de furia y ruido que nos espera

Puede que estas proclamas contribuyan a alimentar fidelidades y consolidar las ideas recibidas, pero la política requiere acción. Es decir, articulación de las ideas en propuestas y proyectos. El espíritu fatalista del que monta manifestaciones preventivas, convencido de antemano del fracaso no es la mejor manera de alimentarlos.

En el calendario del curso que empieza está escrita con mayúsculas la palabra crisis. Y, sin embargo, se diría que para la política catalana es más importante una hipotética sentencia, que ni siquiera sabemos si llegará a pronunciarse, porque en el estado de empate actual no es imposible que los señores magistrados dejen el bollo a sus sucesores. Y, por supuesto, la campaña electoral, que algunos dan por abierta, aunque falta más de un año para las elecciones. Evidentemente, forma parte del maratón de furia y ruido que nos amenaza la hipótesis de que la sentencia tumbe al tripartito y se monten unas elecciones anticipadas. Lo malo para Cataluña puede ser bueno para conseguir el gobierno; cálculo perfectamente razonable porque el primer objetivo de cualquier partido no es otro que tener el poder.

Ante este panorama, si el periodo electoral tiene que ser tan largo, es razonable pedir cierta claridad a las distintas posiciones. Y especialmente a los dos partidos principales. Convergència i Unió, desde que está en la oposición, ha ido abandonando el estilo pujolista, espontáneo, campechano y un punto descuidado, para travestirse de soberanista. Algunos dicen que es una cuestión generacional, que es la cultura de los nuevos mandos de Convergència que no vivieron las espesuras de la cultura de la transición. Todo partido nacionalista tiene como objetivo conseguir convertir en acto -Estado- la potencia -nación-. Sería, por tanto, lógico que Convergència -Unió siempre irá unos metros por detrás- sacara el independentismo del armario. Sólo hay que pedirle que nos explique el camino. Porque lo que no es de recibo es multiplicar las proclamas soberanistas por un lado y correr después a explicar a los empresarios y otras fuerzas vivas que su primera opción es intentar gobernar con el PSC, que su segunda opción es gobernar con el PP apoyándoles desde fuera y que ERC sólo sería su tercera opción. ¿En qué quedamos?

También el PSC tiene que perder el miedo a defender su idea de la articulación de Cataluña con España. No es ninguna rareza. Hay mucha gente, una amplia mayoría probablemente, que -por convicción unos, por pragmatismo otros- creen que Cataluña debe formar parte de España. Por miedo a presentarse como el partido catalanista de España, da pie a que se les estigmatice como el partido españolista de Cataluña. El PSC va a hacer de la lucha contra la crisis la prioridad estratégica de este curso. Es lo propio de quien gobierna. Pero sólo desde la claridad de su posición en la articulación federal de España, tendrá sentido su respuesta a un hipotético fallo del TC y su firmeza en la defensa de que el Estatuto es un pacto político entre Cataluña y España.

CiU y PSC se guían por la voluntad de atraparlo todo, de conseguir unas bases electorales de amplísimo espectro. El sistema de partidos catalán -más plural que el español- hace que las posiciones más cerradas ya estén defendidas por los otros partidos. CiU y PSC deberían aprender de Sarkozy -que, según propia confesión, lo leyó en Gramsci- que la hegemonía política se consigue a partir de la hegemonía ideológica. El pesimismo y el fatalismo se combaten presentando una apuesta que arrastre, no dando alpiste espiritual a la ciudadanía para disimular una práctica de grado cero de la política.

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