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domingo, 23 de agosto de 2009
Reportaje:vida&artes

Dilemas de altura

La culpa ante un abandono da más miedo que arriesgarse a un rescate - Un accidente como el del alpinista Óscar Pérez abre la reflexión sobre las facturas humanas y económicas del riesgo

El rescate frustrado del alpinista oscense Óscar Pérez, la complejidad de una operación en la que han intervenido voluntarios de diferentes nacionalidades y hasta los presidentes de España y Pakistán, la factura humana y económica de un drama narrado casi al minuto, suscita interrogantes que no pueden despejarse sin entender primero en qué consiste el alpinismo. El mismo día que el Club Peña Guara de Huesca recibió la llamada de auxilio desde el Latok II (7.125 metros, en el Karakorum), el presidente del club, Manolo Bara, se preguntaba en voz alta cómo explicaría a la opinión pública qué hacían dos jóvenes en una montaña tan complicada y remota y por qué había que ayudarles. Flemático, el coordinador del rescate, Lorenzo Ortas, le miró a los ojos y dijo en un susurro: "No hay nada que explicar".

La Guardia Civil calcula que una hora de helicóptero cuesta 2.200 euros

Este año ya se han recuperado 53 muertos de los montes españoles

Reinhold Messner es uno de los alpinistas más importantes del siglo XX y el primero que conquistó los 14 ochomiles. En 1970 perdió a su hermano Günther, sepultado por un alud a los pies del Nanga Parbat. "Durante todo un día y una noche lo busqué. En medio de ese gigantesco mundo de glaciares, entre las ruinas de hielo, sediento, con congelaciones en manos y pies, viví por primera vez la locura. Ya no sabía quién era ni qué hacía. Finalmente, encontré a unos leñadores que me mostraron el camino hacia el valle. Sólo entonces desperté de ese estado de indiferencia que precede a la muerte", escribió Messner. La "locura" incitada por la desesperación se ha vivido estos días en el campo base del Latok II. Cómo si no explicar la voluntad inquebrantable de Álvaro Novellón, su compromiso para ayudar a su compañero a pesar de no poder apenas emplear sus manos congeladas, a pesar de un cansancio extremo. "Simplemente, no hubo manera de convencerle para que se apartase del rescate", confía Simón Elías, uno de los cinco guías de montaña que salieron al encuentro del Latok II. Lo mismo ocurrió con Dani Ascaso, otro íntimo de Óscar, noqueado por los efectos de la altura pero siempre puntual en el trabajo. Nadie duda de que Álvaro Novellón hubiese dado su vida para salvar la de Óscar. ¿Por qué?

Cada 22 de mayo, desde 2001, el alpinista italiano Simone Moro recibe la llamada del inglés Tom Moores, al que rescató en el Lhotse (8.516 m). Moro supo de la emergencia, dejó su saco de dormir en mitad de la noche, alcanzó al herido (por encima de los 8.000 metros) y lo arrastró hasta la tienda. "Si me hubiera quedado cruzado de brazos, no hubiera podido mirarme al espejo. Somos personas, se supone", justifica Moro. A veces es peor vivir con la culpa que exponerse al peligro inherente a cualquier rescate en montaña.

Simón Elías califica el rescate como "experiencia humana acojonante" en la que se mezclaron momentos de intensa esperanza con otros de profunda desazón. Es terrible saber que se puede salvar una vida y no tener recursos suficientes para hacerlo. Toda persona implicada en una tarea de estas características debe lidiar con el dolor de la pérdida, pero también con su conciencia. El equipo que trabajó en el Latok II sólo arrojó la toalla cuando consumió todas sus opciones. "Ahora estamos aliviados porque sabemos que no hubiéramos podido hacer más", se sincera Elías.

El rescate del navarro Iñaki Ochoa de Olza en el Annapurna mostró grandes ejemplos de altruismo: el ruso Alexei Bolotov sufría un principio de edema pulmonar, pero al ver que podía ser necesario se calzó los crampones y regresó a la montaña. "Mi deber no es escalar montañas; mi deber es ayudar al que lo necesita", razonaría Bolotov después. Iñaki murió en brazos del suizo Ueli Steck, y éste salvo su vida en mitad de la tormenta porque días atrás su compañero le había prestado un GPS. Interrogado sobre las razones que le empujaron a ayudar a Iñaki, se mostró perplejo: "No existe un porqué. Lo normal es ayudar a quien está en peligro".

Koldo Aldaz, alpinista y guía, amigo íntimo de Iñaki Ochoa, coordinó su rescate desde Pamplona: "Ayudar fue una inmensa suerte", asegura. "En una situación así te sumerges en el trabajo sin plantearte si vale o no la pena, te aferras a la más mínima posibilidad, prescindes de las emociones. Recuerdo al hermano de Iñaki hablando por teléfono, escribiendo en un papel las siglas RCP [reanimación cardio-pulmonar] y enseguida dibujando una cruz, dibujando la muerte. En ese momento fui capaz de llorar; después, me derrumbé. En el funeral, ya no lloraba porque me quedaba la satisfacción de haber hecho lo que tenía que hacer, y eso es algo que concede a una persona mucha fuerza", explica Koldo. Más de un año después, aún siente la falta de su amigo: "Es como si padeciese un cuadro leve de depresión, algo que no me permite ser yo mismo".

Un alpinista no tiene la obligación de declarar en voz alta por qué escala, ni por qué lo hace sabiendo que su vida puede correr peligro. Sin embargo, esa libertad del alpinista para actuar de acuerdo a sus principios, pasiones y necesidades choca con la realidad de los accidentes, cuando se precisa el concurso de terceros para sobrevivir.

Una de las figuras del alpinismo español, Ángel Landa, sostiene que "ser alpinista aquí es como ser torero en Groenlandia". Por mucho que cueste entender el valor de un torero, nadie cuestiona si debe ser auxiliado. En el mundo del alpinismo no se cuestionan los rescates, pero son gestos a veces difíciles de asumir por el resto de la sociedad. No podemos olvidar que a la petición de auxilio respondieron con la mano alzada un puñado de alpinistas y amigos del accidentado asumiendo, sin pedir nada a cambio, una enorme responsabilidad y, en algunos casos, jugándose la vida. Este hecho debería zanjar el problema, dejándolo en un bellísimo ejemplo de solidaridad. Pero está el final trágico, la mediación del presidente Zapatero, el trabajo de los militares paquistaníes, y las abultadas tarifas de tanto trajín, que desenfocan la esencia del empeño de hombres que ayudan a hombres. ¿Se reduce todo entonces a dinero? Si es así, el Gobierno central y las autonomías con equipos de salvamento deberían plantearse desmantelar sus grupos.

Los rescates en montaña se realizan casi a diario en los macizos españoles. "Sólo en lo que llevamos de año hemos intervenido para rescatar a 446 personas ilesas, 299 heridos y 53 muertos", expone Chiro Sánchez, de la Unidad Especial de Montaña. Curiosamente, no hay ningún debate en torno al uso abusivo y exagerado de estos medios públicos, como si la vida del personal fuese una cuestión baladí y el coste de los helicópteros no saliese del bolsillo de los contribuyentes. La diferencia entre los que acuden uniformados a rescatar y los que partieron hacia Pakistán a la carrera es que unos cobran y otros no. Pero les une el deseo de ayudar.

A principios de agosto, el viceconsejero de Interior del País Vasco, Raúl Fernández de Arroiabe, adelantó la posibilidad de que su Gobierno cobre ciertos rescates. Hay que ahorrar y evitar que los miembros de los equipos, que pertenecen a la Ertzaintza, corran riesgos innecesarios. La factura sólo se haría efectiva en casos de flagrante negligencia como salidas bajo alertas meteorológicas, ausencia de equipamiento básico, etcétera. Con esto se pretende concienciar de que la montaña es un asunto serio.

Cataluña fue la comunidad pionera en legislar al respecto, y desde 2008 emite facturas a título informativo. A partir del próximo octubre, las facturas se cobrarán cuando el rescate se deba a conductas imprudentes. Las tarifas ya fueron publicadas en 2005, y se determinan según el número de efectivos y de los medios empleados. Así, serían 30 euros la hora de trabajo de un bombero, 39 la de un vehículo y 2.271 la de vuelo de un helicóptero. Cantabria también amenaza con cobrar los servicios de rescate en montaña y espeleología propiciados por negligencia o por desatender una alerta meteorológica. De momento no lo ha hecho, pero ya ha fijado la minuta de Protección Civil: 328 euros la hora de una dotación completa y 1.639 euros la de un helicóptero. La Guardia Civil también maneja sus cifras: 2.200 euros la hora de helicóptero. La medida puede ser eficaz siempre que el mecanismo para determinar si hubo negligencia sea eficaz y no propicie un alud de recursos y demandas jurídicas.

El Gobierno de Navarra entiende que el trabajo de los grupos de rescate de la Guardia Civil es un servicio "esencial" y que no hay por qué cobrar al rescatado. Además, el Gobierno foral cuenta con un convenio con el consorcio nacional de seguros Unespa por el que recibe una compensación anual que ronda los 1,5 millones de euros. "Se trata de la cantidad que recibe por el ahorro que les suponen a las aseguradoras los costes de las emergencias. Si un montañero cuenta con licencia federativa, el seguro debería enviarle los medios para su rescate. Por eficiencia, es el Gobierno el que lleva a cabo estas labores y por las que recibe una compensación", explicó el consejero de Presidencia, Javier Caballero.

Con esto, en España queda garantizado el auxilio de cualquiera que estime hallarse en peligro mientras practica montañismo. Álvaro Novellón y Óscar Pérez partieron hacia el Latok II tras contratar un seguro que asumirá 18.000 euros del rescate, una pequeña parte de los 120.000 estimados a vuela pluma por el Club Peña Guara para pagar su rescate. El club asume que debe pagar todo lo que pueda, pero además busca maneras de financiar la operación. Por supuesto, la familia de Óscar también está dispuesta a tirar de su economía, y el presidente del Gobierno de Aragón se comprometió a llegar donde los demás no pudiesen. ¿Ayuda pública para salvar la vida de un alpinista que no cometió negligencia alguna? Si hasta la fecha los rescates han corrido a cargo de las arcas públicas, ¿por qué cambiar ante el caso de Óscar Pérez? En 2008, Navarra desembolsó los 33.000 euros gastados en el rescate infructuoso del alpinista Iñaki Ochoa de Olza. En el caso que nos ocupa, el club Peña Guara respira tranquilo porque tiene la palabra de Marcelino Iglesias, presidente de Aragón, y la solidaridad de la comunidad montañera, dispuesta a realizar aportaciones. Y es que solidaridad llama a solidaridad: después de la muerte de Iñaki Ochoa, su familia lanzó el proyecto S.O.S. Himalaya para ayudar a los niños de Nepal, Pakistán y la India. En menos de un año, se recaudaron 71.000 euros, el doble de lo que costó el rescate del alpinista navarro. "Un día encontré en el buzón de mi casa un sobre con 150 euros y una nota sin firmar que decía: 'Iñaki estaría orgulloso de vosotros", recuerda Pablo Ochoa de Olza. Más ejemplos: los rescatadores no cobrarán un euro y el coordinador del rescate de Óscar, Sebastián Álvaro, que estaba de vacaciones en la zona, no pasará ni una sola factura con los gastos realizados de su bolsillo.

Hace apenas cinco años, los rescates en el Himalaya eran quiméricos. Los propios alpinistas asumían que el menor contratiempo les podía condenar a una muerte lenta y espantosa. El ejemplo del rescate de Iñaki Ochoa vino a cuestionar este axioma: se puede ayudar a un herido, incluso en montañas tan complicadas y remotas. Sin embargo, no existe un protocolo de actuación, teléfonos de urgencia, puertas a las que llamar. En Peña Guara lo saben bien: cada paso, cada avance se llevó a cabo tras cientos de llamadas, pesquisas y en un clima de frustración sólo aliviado por la tenacidad de los implicados. "No se debe asumir que es inevitable ayudar a un herido en el Himalaya, pero es preciso ir más allá para que la ayuda sea eficaz. Creo que debe hacerse a través de acuerdos entre gobiernos: formar grupos de rescate en esos países con la ayuda de occidente", defiende Chiro Sánchez.

En 2006, el gran alpinista esloveno Tomaz Humar envió una señal de socorro desde un agujero en la nieve practicado a 6.400 metros, en la vertiente Rupal del Nanga Parbat (8.125 m). Permaneció una semana esperando una ayuda que solo podía llegar por aire, un rescate inédito... que salió bien. "Pero es preciso entender que hay algo que es extrapolable del Pirineo al Himalaya: no hay dos rescates iguales, cada intervención es diferente y lo que sirvió para Humar quizá no sirviese para Óscar. Por eso es preciso adiestrar equipos que puedan intervenir en cualquier situación, a sabiendas de que la altura siempre será una barrera que aquí no nos frena", considera Sánchez.

La muerte de Óscar debería servir para algo, o eso opinan al menos las personas que han vivido su rescate y el de Iñaki Ochoa. Aunque el camino para normalizar los rescates en el Himalaya sea largo, quizás ayude saber que la montaña no es un refugio de inadaptados, sino un terreno implacable sobre el que, muchas veces, evolucionan personas con motivaciones de este siglo: la estética, el respeto al medio, el estilo y el compromiso.

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Álvaro Novellón, el compañero de Óscar Pérez, no quiso abandonar el intento de rescate. / ÓSCAR PÉREZ

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