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fundido en negro | relatos

LA ÚLTIMA FISCALIZACIÓN

Hacía un calor tremendo. El señor Cortázar se cruzó con un inspector fiscal. Extrañamente, la primera pregunta de éste no trató de temas de impuestos. La primera pregunta del inspector fiscal, con una sonrisa, fue simplemente:

-¿Tiene hora, señor?

El señor Cortázar no se dejó engañar por la simpatía aparente y por la pregunta pacífica. Había retirado un poco hacia atrás el puño de la camisa y se preparaba para decir la hora cuando fue interrumpido por un seco, aunque no antipático: "Páseme el reloj para acá".

El señor Cortázar, sin resistirse, desabrochó la hebilla del reloj y le entregó, como pensaba en aquel momento, todas las horas. "Que se quede con ellas para siempre, el maldito", se dijo entonces.

El inspector fiscal sonreía levemente mientras se guardaba el reloj en el bolsillo. Después, preguntó de nuevo, con un tono también suave: "¿Tiene prisa?".

El señor Cortázar respondió que sí, que un poco. "Deme sus zapatos", murmuró el inspector fiscal.

El señor Cortázar se agachó un poco, se descalzó, y entregó los zapatos. Y el inspector, sin pronunciar una palabra, se guardó la nueva ofrenda.

"¿Tiene frío?". El señor Cortázar pensó que el inspector se refería a sus pies, ahora apoyados directamente sobre el bellísimo suelo del país. Pero antes de que el señor Cortázar respondiese, el inspector fiscal murmuró: "Su chaqueta".

Ya no hacían falta verbos, todo estaba claro entre los dos. El señor Cortázar entregó el abrigo y una vez más el inspector lo guardó en su maleta. Lo mismo pasó con los pantalones, la camisa, la cartera; en fin, todo.

Cortázar estaba ahora desnudo, sometido a las miradas críticas y burlonas de quienes pasaban. Aquélla era una vergüenza que jamás olvidaría.

"¿Tiene algún arma en casa?", preguntó el inspector fiscal, súbitamente. El señor Cortázar respondió que no. "¿Sabe manejar un arma?". El señor Cortázar no era capaz de mentir: "Sí", respondió.

"Pues entonces...", dijo el inspector fiscal, revelando en aquel momento, por primera vez, una voz profunda, melancólica, la voz más triste que jamás le fuera dado oír al señor Cortázar (desde que éste estaba vivo y era capaz de oír).

"...Pues entonces", dijo el triste inspector fiscal al obediente señor Cortázar, mientras le pasaba un objeto reluciente, "tome esta arma cargada, señor Cortázar y, por favor, con un solo tiro, sin fallar, vénguese".

Gonçalo Tavares es autor de Jerusalén (Mondadori). Traducción de News Clips.

* Este articulo apareció en la edición impresa del Sábado, 22 de agosto de 2009