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miércoles, 12 de agosto de 2009
Tribuna:

El valor del segundo

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A las diez de la mañana del 22 de agosto de 1851 dio comienzo en Inglaterra una competición náutica para rodear la Isla de Wight. Pronto, el único barco extranjero, el estadounidense America, aventajaba notablemente a los catorce candidatos locales. Siguiendo atentamente la carrera y con esperanzas de observar la embarcación que gobernaba su hijo, el futuro Rey Eduardo VII, la Reina Victoria preguntó: "¿Se ven los veleros?". "Sólo el America, con la venia de Su Majestad", contestaron desde la tripulación. "¿Cuál es el segundo?", se interesó la Reina. "Ah, Su Majestad, no hay segundo".

Algunos dudan de la veracidad de la anécdota, pero la frase pronunciada en aquella competición que con el tiempo se convertiría en la famosa Copa América ha pasado a la historia por su crudeza. Describe un mundo en el que sólo hay lugar para el más rápido y para el que gana. Como medida de tiempo, el segundo se convierte en el bien máximo; como posición, es evitado a toda costa. El número uno es lo único que importa.

Hay que recuperar el método científico frente al modo de pensamiento rápido y de ganancia rápida

Según Cicerón, los puestos que siguen al de cabeza también son honorables

Fast food. Fast fashion. Se dice que los canales de televisión nos han acostumbrado a noticias de ciclo corto, a relatos que reducen a minutos los tres grandes pasos del drama que se respetan desde Aristóteles: planteamiento, nudo y desenlace. Cada uno de ellos se ha convertido en una fase que devora la siguiente con intensidad inusitada.

Las nuevas generaciones están formadas por seres de notable socialización virtual que piensan y actúan vertiginosamente. Desconocemos aún cuál será su progresión, pero algunos estudios sugieren novedades llamativas. Crece la dificultad para la lectura en profundidad, y parece que la motricidad del dedo pulgar ya no será lo que era tras la aparición del teléfono móvil.

El detalle del pulgar no es superficial: ha sido fundamental en nuestra evolución. En los orígenes permitió cerrar el puño, aferrarse a las ramas y aprehender objetos. Une las yemas de los otros dedos y nos capacita para manipular con precisión. Un estudio realizado en 2002 por la Universidad de Warwick (Reino Unido) observó un aumento de su habilidad. Para ciertos usos los jóvenes ya lo prefieren al índice, el dedo autoritario por excelencia. Son cambios de tendencia que se producen en años, no en siglos como otras importantes evoluciones anteriores.

El extraordinario aumento de velocidad se observa al comparar el conocimiento generado en los últimos cien años frente al existente anteriormente. Los siglos XX y XXI han concentrado los más grandes hallazgos: los grupos sanguíneos, las comunicaciones inalámbricas, la teoría de la relatividad, la penicilina, los computadores, los aceleradores de partículas, el ADN, las hormonas recombinantes, el láser, el chip, laaviación supersónica, los telescopios espaciales, la secuencia del genoma humano o Internet, entre otros.

Nuestro cerebro sigue siendo casi el mismo de los primeros Homo sapiens, pero aparatos y mecanismos externos han multiplicado su capacidad. Y el nuevo ritmo que imponen normaliza la idea de conseguir resultados inmediatos, decir y hacer como las máquinas.

Sin desprecio, Alessandro Baricco llama a las generaciones neotecnológicas "los bárbaros" para constatar su avance radical e imparable. Según el escritor italiano, los jóvenes ya no sienten como antes la necesidad de llegar al fondo de las cosas, prefieren navegar superficialmente por ellas. Dejaron de creer que lo bueno se obtiene concentrándose en un objetivo de difícil consecución; lo que interesa es la energía que desprende la secuencia de muchos objetivos, de distintas acciones. El bárbaro es como una bicicleta: "Necesita de un movimiento constante para tener la impresión de que está adquiriendo experiencias".

Palabras como esfuerzo y sacrificio, que sugieren compromiso y largos periodos de entrega a los proyectos y fases discretas de reflexión hasta llegar a la sabiduría, la visibilidad y el éxito, se han diluido. Se sigue valorando su significado (la responsabilidad silenciosa con causas que no conllevan reconocimiento público pero que son imprescindibles) pero ni están, ni se las espera, en el top ten de claves vitales actuales. "Deprisa, deprisa", sin embargo, es un mantra que sí podría aparecer.

Juan Carlos Rodríguez Ibarra escribía en este mismo diario: "El tiempo ya no se mide en segundos, sino en nanosegundos". En 2007, un equipo español consiguió medir con mayor detalle que nunca, en attosegundos, el movimiento de los electrones que viajan en sólido entre átomos. Un attosegundo es una trillonésima parte de segundo, y haber conseguido cuantificar ese movimiento con tanta precisión implica poder replicar esas velocidades en otros sistemas, como los electrónicos. Los computadores científicos del mañana serán mucho más potentes que ahora y, siguiendo el camino que nos ha traído hasta aquí, quizá también lo sea nuestro propio ritmo.

La prisa por conseguir el éxito está directamente relacionada con otra, la de despreciar los puestos que siguen al de cabeza. Ser segundo, en términos de posición, significa perder. En un contexto de temor al fracaso y a las zonas intermedias descienden las vocaciones científicas y el rol de investigador abnegado cuya entrega obtiene premio sólo en raras ocasiones resulta un poco estimulante.

Quizá sea el momento de movilizarse para que los valores más encumbrados hoy en día también incorporen otros que fueron importantes en el pasado. No se trata de resistirse a los cambios, se trata de participar con voz en ellos. La creatividad, la libertad y la proactividad, afortunadamente impulsadas por las nuevas tecnologías y absolutamente necesarias, deben combinarse con un aprecio renovado por la reflexión, el compromiso y la constancia, propias del método científico.

Nuestra inteligencia nunca podrá evitar todos los errores, pero nos otorga el derecho y el deber de reducirlos al mínimo. Para ello, el método científico apuntado por los griegos, definido por Descartes y consolidado por Bacon obliga a comprobar todos los saberes y a demostrarlos en público (apertura y transparencia, que tanto se piden hoy). Con ello nos protege frente a las equivocaciones y la manipulación, pero sobre todo ofrece una vía de juego limpio para llegar al saber.

El método científico implica que importa el conocimiento pero también el modo de llegar a él, que ha de ser honesto y riguroso. Por tanto es un valor en sí mismo que debemos recuperar. Aplicable a la mayoría de las empresas vitales, supera la esfera de actividades de la ciencia y adquiere validez en muchas otras: la música, el deporte, la cocina, la cooperación al desarrollo, el periodismo.

La defensa de la perseverancia, el rigor y la profundización no exime de realizar una autocrítica para comprender por qué dejaron de funcionar estos valores clásicos. Porque en muchos casos, como concede Baricco, las Bastillas que van tomando los bárbaros tienen motivos para caer, y la cultura por cuya desaparición nos lamentamos es la misma que llevó a Europa a dos guerras mundiales.

Aquella sociedad cargada de represión, encadenada a sus convenciones, defendió a sangre determinadas virtudes porque estaban demasiado enraizadas como para ser erróneas. Y estaba equivocada. Su desacertada concepción del sacrificio hace que hoy se desprecien condiciones que parten de él, como la paciencia y el deber.

Pero no podemos resignarnos a la tendencia contraria, el modo de pensamiento rápido y ganancia rápida, porque ha tenido resultados nefastos en ámbitos como la economía. Como si de un ropaje se tratase, la caída de los mercados ha dejado al desnudo muchos comportamientos codiciosos. Se ha robado con pluma estilográfica, como decía una canción popular en los años de la Gran Depresión.

Hemos de integrar los roles discretos y las metas a largo plazo como experiencia vital. Convertirse en el mejor, ganar a corto plazo, es una aspiración completamente válida, pero lo más importante es perder el miedo para no verse paralizado por la presión ni derrotado por el desencanto si no hay un triunfo inmediato. Siguiendo las enseñanzas de Cicerón, los puestos que siguen al de cabeza también son honorables, y cada posición, cada segundo como instante, no son más que puro espacio y tiempo, tan relativos como demostró Einstein.

Carlos Martínez Alonso es secretario de Estado de Investigación.

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