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Plácido Domingo | EN PORTADA | Perfil

La fuerza del destino

Plácido Domingo se convirtió en Plácido Domingo hace 40 años, cuando su carrera despegó en la Arena de Verona. Este artista, que lo ha sido todo en el mundo de la ópera, vuelve al escenario italiano para demostrar el poder de la música.

Viernes, 10 de julio, 1.37 de la madrugada. La función de Carmen que Plácido Domingo dirigía en la Arena de Verona ha tenido que suspenderse por lluvia en el cuarto acto, poco después de la marcha triunfal de las cuadrillas de toreros, que el público ha palmeado sin embozo. Ha sido una representación accidentada. Los dos primeros actos han sufrido interrupciones por el chispeo, y ya se sabe que a la que caen cuatro gotas mal contadas hay que parar: los instrumentos del foso soportan tan mal el agua como las voces. Curiosamente, en el tercer acto, el de los contrabandistas, ha brillado una Luna serena que ha dado un sugestivo realce a la ya de por sí bella escenografía de Franco Zeffirelli: la carta de la muerte que saca Carmen del mazo ha parecido más amenazante que de costumbre bajo esa luz quieta. Pero por una vez la gitana libre no morirá: el mal tiempo acabará por indultarla.

"Dios mío, parece que fue ayer cuando debuté aquí. ¿Que si me hubiera evitado algo de todos estos años? Artísticamente, nada"

"Cuando canto, en cierto modo espero el aplauso. Cuando dirijo, no, quizá porque doy la espalda al público"

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"Queda ese consuelo", concede el maestro, un tanto molesto por el percance, en el camerino de fortuna de la Arena en el que ahora se despoja de su elegante esmoquin de verano. "Hasta el momento, aquí sólo ha habido que suspender por lluvia una representación en la que yo actuaba, una Aida, en la escena final de la tumba del cuarto acto. Y luego también se anuló la gala de 1999, cuando íbamos a celebrar los 30 años de mi debut. Pero las demás funciones, que son muchas, las he dado todas completas. Así que esto de que los españoles seamos gafes, por favor ni lo mencione. A mí no, pero a muchos cantantes... ¡ya les habría gustado cantar un acto y cobrar por la ópera completa!".

Verona es una plaza importante en la colosal trayectoria artística de Domingo. Debutó en ella el 16 de julio de 1969, justo ahora se cumplen los 40 años. Si el mal tiempo no lo vuelve a impedir -crucemos los dedos-, el tenor-director lo celebrará el próximo viernes con una gran gala en el coso romano en la que cantará el último acto de Otello, junto a Teresa Romano; el último de Cyrano di Bergerac, de Franco Alfano, con Isabelle Kabatu en el papel de Roxanne, y también el último de Carmen, acompañado por Nancy Fabiola Herrera: una hazaña similar a la del torero que se encierra en solitario con seis toros. "¡Ja, ja, pues es verdad! Por cierto, ¿cómo le fue a José Tomás en la Monumental?". En su juventud, Plácido dudó entre ser torero o jugador de fútbol (sigue siendo un aficionado desmelenado a ambas disciplinas), pero la música se impuso como la fuerza del destino.

Aquel 16 de julio de hace 40 años fue crucial en su carrera. Meses antes, en septiembre de 1968, había debutado en el Metropolitan de Nueva York con Adriana Lecouvreur, sustituyendo a Franco Corelli, que había caído enfermo, pero en Italia todavía no se había estrenado, y se aprestaba a hacerlo a lo grande, incorporando el papel de Calaf de la Turandot pucciniana nada menos que junto a la mítica Birgit Nilsson. Un papel agradecido, el de Calaf, pues es el titular de una de las arias más resultonas de todo el repertorio: Nessun dorma! "Fue muy especial, porque por aquellas noches eso era lo que en verdad ocurría, nadie dormía, y con razón: ¡El hombre pisaba la Luna por primera vez en la Historia!". En efecto, aquel mismo 16 de julio en el que Plácido Domingo pisaba por primera vez la Arena el Apolo 11 partía de Cabo Kennedy. Cuatro días más tarde, el 20, Neil Armstrong cumplía la hazaña de poner el pie en el satélite terrestre. Esa noche no había función en Verona, pero sí la vigilia, y todavía habría dos réplicas más, el 24 y el 27 de julio. La Luna, que apareció puntualmente por encima del graderío alto de la Arena, de golpe se había humanizado. Como Turandot, la princesa de hielo. De nuevo la fuerza del destino. "Verona es muy especial, por ese rito que mantiene al principio de las representaciones de pedir al público que encienda las velitas. La verdad es que yo, más que de la Luna, estaba pendiente desde las bambalinas de ese mar de lucecitas que se encendían poco a poco. ¡Me entraron unas ganas terribles de ponerme a correr en dirección contraria al escenario! Celebro no haberlo hecho, porque este recinto ha sido muy importante en mi carrera y de haber huido no creo que me hubieran vuelto a contratar nunca".

Verona es el lugar de encuentro estivo más antiguo de los aficionados italianos a la lírica, que no son pocos. Creado por el tenor Giovanni Zenatello en 1913, por aquí han pasado todas las grandes voces. Las óperas, digámoslo francamente, nunca se han podido escuchar bien: un circo abierto con capacidad para 14.000 espectadores no es el lugar más indicado para una música no amplificada (el debate sobre si amplificarla o no sigue abierto). Pero eso no es lo principal: lo que de verdad cuenta es la fiesta, la comunión lírica que se crea bajo la bóveda estrellada, con las antiguas piedras romanas calientes aún por el sol del día. El silencio que se crea al principio de las representaciones es denso, aunque nada reverencial. En los entreactos puedes comprar un refresco o un bocadillo sin dejar la grada, amén de proveerte de un cojín que las posaderas agradecen sumamente. A la que hace un poco de frío o llueve ni que decir tiene que los vendedores te ofrecen mantas o impermeables. Es la ópera popular: la gente está de buen humor, aplaude a rabiar al percusionista que anuncia con un gong el principio de los actos o cualquier otra cosa que le caiga en gracia: en una de las interrupciones de Carmen una coral que asistía a la representación se ha arrancado a cantar, para regocijo de los espectadores, pacientemente resguardados bajo los paraguas. Además, la presencia de los decorados en la plaza exterior (no hay lugar donde almacenarlos dentro del coso) crea una peculiar proximidad entre artistas y público. Aunque puede que este carácter desenfadado del festival en ocasiones esté llegando demasiado lejos. "Eso de que la gente se haya puesto a hacer palmas en la marcha de los toreros yo no lo había visto nunca antes. En cambio, he visto muy pocas velas encendidas. En fin, los tiempos cambian", acepta un Plácido resignado en el exiguo camerino en el que, mientras tiene lugar esta conversación -llamarla entrevista sería pecar de presunción-, un seguidor le hace una caricatura rápida que él acepta con buen humor.

Los tiempos cambian y sobre todo pasan muy rápido. "Dios mío, parece que fue ayer cuando debuté aquí. ¿Que si me hubiera evitado algo de todos estos años? Artísticamente, nada: incluso de los errores he aprendido, quizá más que de los aciertos". La suya ha sido una carrera con muy pocos errores, pese a los funestos augurios de algunos críticos: cuando, en 1975, a los 34 años -de aceptar la cronología oficial, que sitúa su nacimiento en 1941; otras fuentes, como la enciclopedia Garzanti, la colocan siete años antes-, afrontó en Hamburgo Otello demostró al mundo que su voz estaba preparada para un papel dramático que se convertiría en su rol titre de las siguientes décadas. Aun así, algún error ha cometido y él mismo lo ha reconocido: por ejemplo, cuando, en la misma Ópera de Hamburgo, poco antes de su debut en Verona, se vistió de Lohengrin. No estaba aún preparado para ese tour de force, pero en cierto modo los siguientes 40 años han constituido un desquite de aquella precipitación: la carrera de tenor heroico wagneriano, que ha añadido a la del tenor lírico y a la del dramático, ha sido de alto voltaje. El Sigmund de La valquiria que recientemente ofreció en Valencia, a las órdenes de Zubin Mehta, está lleno de frescura y fuerza y mantiene impecablemente clara la línea de canto por encima de la densidad orquestal. Por no hablar de su Parsifal, que colocó en lo más alto cuando inauguró con él la temporada de La Scala de 1991.

Precisamente con Wagner se relacionan los próximos retos de este artista sin límites, más assoluto que la Callas, que es quien oficialmente ostenta este título. "Me quedan todavía muchas cosas por hacer. Por ejemplo, dirigir una Tetralogía completa. Aún no lo tengo puesto en la agenda, pero quiero llegar a hacerla. Antes pienso dirigir La valquiria, después El oro del Rhin y El ocaso de los dioses, y finalmente Siegfried". ¿Por este orden? "Sí, porque La valquiria es de las cuatro la que más conozco, la he cantado muchas veces, y Siegfried, la que me parece más difícil, porque contiene escenas muy escabrosas. La verdad es que El oro del Rhin también es complicado, porque son dos horas y media ininterrumpidas de recitativo, con muchas melodías intermedias, pero el conjunto es como un recitativo continuado. ¡Y no hablemos ya de la obertura! ¡Tienes que contar compases como un loco para no perderte!".

La carrera de Domingo como director de orquesta no es menos tenaz y continuada que la de cantante, aunque sea esta última quien habitualmente se lleve los titulares de prensa, en perjuicio de la primera. Empezó a foguearse, siendo aún adolescente, en Ciudad de México, donde dirigió dos zarzuelas, Luisa Fernanda y La chulapona, ambas de Federico Moreno Torroba, responsable de que la compañía de los padres de Domingo se afincaran en el país americano y de que él dejara Madrid, su ciudad natal, con apenas ocho años. De todas formas, no fue hasta 1972, ya consolidada su carrera como tenor, cuando volvió a empuñar la batuta para grabar un disco, en el que dirigía a su amigo barítono Sherrill Milnes y éste a su vez le dirigía a él en cinco arias. De ahí hasta la actualidad, según cómputo de Francesca Zardini (en el libro Domingo, direttore d'orchestra, aparecido con motivo de sus 40 años veroneses), ha dirigido en más de 420 ocasiones diversos conciertos sinfónicos, pero principalmente óperas: La Traviata, La Bohème, Aida, Tosca, Butterfly, Otello, títulos todos ellos en los que previamente ha descollado como intérprete. Y por supuesto, también Carmen: la estrenó en el Metropolitan en 1988 y luego la volvió a dirigir en la inauguración de la Expo de Sevilla, con Teresa Berganza y José Carreras, una versión inolvidable. Ahora, en Verona, ha contado con Geraldine Chauvet, Marco Berti, Irina Lungu y Ángel Ódena en los principales papeles.

No es un caso único de tenor que dirige: en el pasado lo hicieron también Tito Schipa y Peter Schreier y más recientemente José Cura o Giuseppe Sabatini. Pero ninguno de ellos ha alcanzado su nivel de compromiso profesional, hasta el punto de que puede hablarse de una segunda carrera con todas las de la ley. ¿Cómo dirige Domingo? Con gesto intenso y vibrante, pero nada ampuloso y menos aún coercitivo. Él mismo se ha definido como integrante de la escuela temperada, esto es, la que pone la música en primer término y el gesto completamente a su servicio, si conviene incluso hasta su desaparición. Domingo es de rostro enormemente expresivo cuando dirige y, por supuesto, muchas veces acompaña con la voz a los cantantes, cosa que a estos les proporciona una gran confianza. Dato curioso: en el momento de las grandes arias, como Vissi d'arte, Elucean le stelle o Un bel dì vedremo, prefiere aparcar la batuta y dirigir con las manos, en cierto modo para dejar que sea la interpretación del cantante la que arrastre. Esta subordinación ha sido considerada excesiva por algunos críticos, pero eso es algo que él tiene asumido: no se ve en el papel de Von Karajan, dirigiendo absorto con los ojos cerrados, imponiendo su versión absolutista desde arriba. Prefiere concertar con los demás artistas. El resultado es de una gran transparencia en el sonido y una libertad notable en los tempi. Desde luego ha tenido de quien aprender: Carlos Kleiber -que él sitúa indefectiblemente en el primer lugar-, Abbado, Levine, Rattle, Muti, Prêtre, Maazel, Sinopoli, Barenboim, Von Karajan le han dirigido. La fuerza del destino, en este caso del destino de director.

A estas alturas, la pregunta de si prefiere encontrarse en el podio o en escena ya no es pertinente: está claro que ambas actividades están profundamente imbricadas en su trayectoria de artista. Pero las afronta con mentalidad muy diferente. "Físicamente, es más cansado dirigir que cantar. Me ocurre una cosa curiosa: cuando canto en cierto modo espero el aplauso. Cuando dirijo no, quizá porque doy la espalda al público. Dirigir es un trabajo de mayor concentración, más íntimo, no sabría explicarlo bien, estás más absorto y a la vez más pendiente de todos y de todo. Seguramente esto lo siento así porque he cantado mucho más que dirigido".

Conforme pasan los años y la voz va perdiendo prestaciones -aunque en su caso es difícil descubrirle defectos-, la dedicación directorial va ganando enteros sobre la cantora. Aun así, es improbable que llegue a superarla. Cuando cantó en 2005 Parsifal en el Liceo de Barcelona se aprestaba a incorporar a su repertorio el papel de Cyrano, que iba a llevar el número 122 de su apabullante carrera. En aquella ocasión dijo que calculaba retirarse cuando estuviera sobre los 126 personajes. Pues bien, ha superado de largo esa cifra: va por los 130. ¿Un récord absoluto? "Pues si quiere que le diga, no lo sé, y tampoco me interesa mucho. No siento estar en ninguna competición. Simplemente me proponen partes nuevas, yo las acepto si creo que puedo hacerlas y aportar algo nuevo, y ya está". Aunque diga no importarle, sus cifras son siempre de récord: tiene grabadas 101 óperas completas; ha obtenido ocho premios de oro -por haber vendido más de un millón de copias de un título- y nueve premios Grammy, más dos Grammy Latinos, y ha protagonizado 50 vídeos de ópera y tres películas (La Traviata, Otello y Carmen). Además, ha actuado en el Metropolitan de Nueva York durante 38 temporadas seguidas y en 1999 batió las 17 inauguraciones del ciclo neoyorquino que hasta entonces ostentaba el mismísimo Enrico Caruso.

No obstante, a Plácido Domingo se le ve fatigado esta madrugada en el exiguo camerino de la Arena de Verona. La noche anterior ha dado un concierto en Baden-Baden y mañana toma un avión para Moscú para otra tanda de recitales. Desde que uno le escuchó el Sigmund en Valencia hace unas semanas, ha viajado por China y por un par de repúblicas centroasiáticas, ha dirigido Carmen en dos funciones y volverá a estar en Verona para el gran homenaje del 24 de julio. Se comprende que, con semejante agenda, las entrevistas apalabradas queden reducidas a fugaces encuentros con los periodistas en exiguos camerinos de medio mundo. Tal frenesí deja muchas preguntas en el tintero, y principalmente una: ¿todo esto aún le compensa? Pero ya no es posible formulársela. Para cuando a uno se le ocurre, él ya ha tomado el avión a Moscú. Es la fuerza del destino, de su destino de músico sin límites.

Gala con Plácido Domingo. Viernes 24 de julio. 21.15. 87º Festival Lírico Arena di Verona. www.arena.it/. Domingo. Direttore d'Orchestra. Francesca Zardini. Umberto Allemandi & C., 2009. 192 páginas. www.placidodomingo.com/. El día 4 de agosto cantará en Palma de Mallorca (Palma Arena), con Ana María Martínez, acompañado por la Orquesta Classica de Mallorca, dirigida por Eugene Kohn.

* Este articulo apareció en la edición impresa del Sábado, 18 de julio de 2009