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COLUMNA

Miguel Ríos

Ni todas las despedidas son tristes, ni todas las comparaciones son odiosas. Después de más de 40 años de cantar, grabar discos, devorar carreteras y llenar de vida los escenarios, Miguel Ríos ha iniciado este mes de julio la gira de su despedida. Va a ser una gira larga, un itinerario que se abrazará durante dos años con el público de muchos pueblos y ciudades, hasta llegar a Granada, el lugar del que salió en los años sesenta, con su maleta de cartón y sus primeras ilusiones, dispuesto a comerse el mundo. Como quedan tantas citas por delante, todavía no es dolorosa la despedida. Más que un adiós, se trata de un síntoma de la honradez íntima con la que Miguel ha vivido. Niño, tú no vayas a hacerte viejo en el escenario, le dijo su madre un día. Y Miguel nos dice ahora que no piensa hacerse viejo en un escenario, que conoce su género, su mundo, su verdad, y tiene meditada su despedida.

La carrera de Miguel pertenece a la educación sentimental de los españoles. No se trata sólo de que haya sido la banda sonora de muchas vidas, sino de que ha provocado un enriquecimiento, o una interpelación corrosiva, de nuestra identidad. Con la misma sinceridad vital que el cante jondo o la copla, el rock forma parte hoy de la cultura andaluza más real, es decir, de los andaluces que recuerdan canciones y evocan episodios importantes en sus biografías. Si dejamos los prejuicios y nos tomamos en serio a nosotros mismos, debemos reconocer que una guitarra eléctrica es tan andaluza como una guitarra flamenca, aunque no toque ritmos de bulerías. Eso se lo debemos a Miguel.

La identidad no es una condena al inmovilismo, sino el resultado de una experiencia histórica que nos hace como somos. Con una pasión inteligente, después de oír en la radio de su ciudad muchas canciones de siempre, Miguel Ríos salió a buscar otro tipo de música, la hizo suya y nos la dio a nosotros. Nuestras son sus cazadoras de cuero, sus noches de rock, los matices de una voz certera que se calma en una balada y se exalta en un grito de rebeldía con la autoridad de las evidencias. Su trabajo ha servido para enriquecernos porque nos ha hecho más extensos. En eso se parece a Enrique Morente, a la inquietud que busca y no confunde la pureza con el puritanismo. Extiende nuestro yo, recoge lo más íntimo del cante jondo y lo lleva a la poesía y la música de vanguardia.

No todas las comparaciones son odiosas. Da gusto comparar a Miguel con las figuras más decisivas de nuestra educación sentimental. Y da gusto, sobre todo, compararlo con los más jóvenes. Los músicos que han preparado esta cita, los amigos que tuvieron la oportunidad de acompañarlo en el concierto de Gredos, comprobaron una vez más que trabaja con la misma ilusión rigurosa y la misma ambición profesional que tenía a los 20 años. El amor al oficio es una forma de ética. Alguien que se cree con pasión su trabajo es un ciudadano dispuesto a darle a los demás lo mejor de sí mismo. Mientras Miguel se buscaba a sí mismo y disfrutaba con su banda, sus viajes, sus horas de grabación o sus noches de hotel, no hacía otra cosa que dialogar con nosotros. Más allá de la mitología y de la poética instintiva, de la inspiración y la genialidad, la lección primera de los maestros es el amor al oficio.

Y el amor a las gentes del oficio es una consecuencia inevitable. Muchos amigos se van a subir a los escenarios de la última gira de Miguel. No es sólo reconocimiento a la autoridad profesional, sino también a la lección humana. Las cosas han cambiado mucho en 40 años, el mundo y las profesiones ya no son lo que eran. Hay nuevos códigos que uno ni siquiera desea compartir. Por eso las despedidas no son siempre tristes. Los jóvenes que emprendan nuevos retos necesitarán ejemplos como el de Miguel Ríos. Por eso no todas las comparaciones son odiosas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 18 de julio de 2009