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sábado, 11 de julio de 2009

El Valencia y el Consell, de la mano

La injerencia pública es total desde el traspaso de poderes de Roig a Soler

El presidente Francisco Camps reunió en 2004 a Francisco Roig y Bautista Soler. Estaban enzarzados en una lucha por el control del Valencia. Y Camps, valencianista confeso, les pidió paz y consenso. La reunión para apaciguar los ánimos entre el que había dirigido el club y quien aspiraba a hacerlo, fue una cortina de humo. El Consell ya tenía a su candidato: Juan Soler, hijo de Bautista, que presidía la asociación de promotores inmobiliarios valencianos.

Entró en escena el consejero Rafael Blasco, quien junto a su colega de Consell, Esteban Gonález Pons, se reunió con Roig para forzar su salida del Valencia. La marcha de Roig despejó el camino a la familia Soler. Ya en la presidencia ideó un plan -que contó con el beneplácito y ayuda de las instituciones- para saldar los 120 millones de deuda del club. O, al menos, eso prometió.

Generalitat y Ayuntamiento de Valencia ofrecieron todo y más al club de fútbol. La primera operación fue la compra de unos terrenos en la Masía de Porxinos, en Riba-roja, y la recalificación de los mismos. Un pelotazo, en palabras del propio Soler, que compró por 35 millones y debía acabar con la deuda de 120. Ahí estuvo Blasco de nuevo. "El Consell tiene la obligación moral de ayudar al Valencia", dijo. Y habló de una operación modélica, que se ajustaba "escrupulosamente" a la ley.

La ayuda no cesó ahí. En 2005 el Ayuntamiento de Valencia dio luz verde a la recalificación de los terrenos sobre los que se asienta el estadio de Mestalla, que pasaron de ser de uso deportivo a urbanizables. El Valencia calculó entonces que obtendría unos 500 millones con la venta de pisos en la zona. Y a este segundo pelotazo, le siguió otra operación: la cesión de una propiedad municipal en la avenida de las Cortes Valencianas, donde el club construiría su nuevo estadio y ahora un hotel.

Pero Soler le salió rana a Camps, que apostó por él con los ojos cerrados. La deuda, en sus cuatro años como gestor del club, lejos de reducirse, se multiplicó por tres. De los 120 millones que heredó, Soler dejó más de 330 a sus sucesores. No encontró compradores para el viejo Mestalla ni obtuvo de esta operación el dinero soñado para construir su estadio.

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