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Necrológica:

Robert McNamara, un académico arrastrado al infierno de Vietnam

Muere a los 93 años el que fuera secretario de Defensa de Kennedy y Johnson

Robert Strange McNamara, fallecido ayer en su casa de Washington, estaba destinado a una brillante carrera académica y acabó convirtiéndose en el político emblemático de la guerra de Vietnam. Como secretario de Defensa de las Administraciones de John F. Kennedy (1961-1963) y Lindon B. Johnson (1963-1968), contribuyó a meter a su país en un conflicto lejano e impopular, sangriento y cruel, contra un enemigo esquivo e implacable, que acabó derrotando a la nación más poderosa del planeta.

Su paso por el poder tuvo también algunos aspectos positivos, como cuando no dudó en enviar tropas al Sur para defender los derechos civiles de los negros. Pero desde que dejó el cargo para ser presidente del Banco Mundial, poco antes de que Johnson optara por no presentarse a la reelección en 1968, dedicó el resto de su vida a reflexionar sobre aquella guerra que acabó calificando de "equivocada, terriblemente equivocada" y las consecuencias morales del horror que desató.

Calificó la guerra de "equivocada, terriblemente equivocada"

Nació en San Francisco (California) el 9 de junio de 1916, en una familia de clase media de origen irlandés. Dotado de una mente extraordinariamente brillante, en 1937 se graduó con honores en Economía en la Universidad de Berkeley, donde también estudió Filosofía. Dos años en Harvard, un primer empleo con la firma Price Waterhouse y un puesto de profesor en Harvard se truncaron con la entrada de Estados Unidos en la II Guerra Mundial. El Ejército del Aire sacó provecho de su mente empresarial para que organizase los turnos y así exprimir al máximo la capacidad de cada misión.

Acabó la guerra con el grado de teniente coronel y se reintegró a su puesto de profesor en Harvard. Pero él y su esposa Margaret Craig, con la que se había casado en 1940, contrajeron la temida poliomielitis. Su caso fue leve, pero la enfermedad se cebó con Margaret. Tras nueve meses en el hospital y con la posibilidad de quedarse imposibilitada, se hizo evidente que su sueldo de profesor era incapaz de pagar las facturas.

Aceptó entonces un empleo en una de las más emblemáticas empresas de Estados Unidos: Ford. El fabricante automovilístico era consciente de que los tiempos habían cambiado y quería reestructurarse a fondo. McNamara descubrió que casi ninguno de los altos ejecutivos eran universitarios y que los métodos estaban anticuados. Aterrizó en Detroit con un grupo de jóvenes académicos y se puso a transformar Ford.

En noviembre de 1960, un día antes de que John F. Kennedy ganase las elecciones presidenciales, McNamara fue nombrado presidente de Ford. Pero cinco semanas más tarde aceptó la oferta del presidente electo para ocupar el puesto de secretario de Defensa. "Señor presidente", le había dicho, "es absurdo, no estoy cualificado". A lo que Kennedy le respondió: "Mira, Bob, creo que tampoco hay ninguna escuela para presidentes".

Durante la campaña, Kennedy había machacado insistentemente a su contrincante Richard Nixon -entonces vicepresidente de Dwight Eisenhower- con el argumento de que la Unión Soviética llevaba ventaja en el número de misiles nucleares. Pero, para su sorpresa, descubrió que la ventaja estaba del lado de Washington. Esta constatación le llevó a reestructurar la capacidad militar en el sentido de priorizar una estrategia de guerras convencionales y limitadas para contener el avance del bloque comunista.

Fue bajo esta lógica como se organizó el intento de invasión de Cuba, el fracasado desembarco de exiliados cubanos en Bahía Cochinos. O también la creación de las fuerzas especiales conocidas como los Boinas Verdes, o los centros de adiestramiento para militares latinoamericanos.

Su primera prueba de fuego le llegó con la crisis de los misiles en Cuba. Todo un halcón, ante la posibilidad de que Moscú acabara instalando misiles nucleares en el patio trasero de Estados Unidos, McNamara era partidario de invadir la isla "con todo lo que tenemos (an all-out attack)", como reconocía en el extraordinario documental The fog of war (2002). Más tarde, sin embargo, admitiría que las armas nucleares "no sirven para nada en términos militares".

En 1964, la guerra de Vietnam se había convertido en una obsesión. A finales de aquel verano, el Pentágono aseguró que un barco estadounidense había sido atacado por patrulleras norvietnamitas en el golfo de Tonkin, lo que era totalmente falso, como se supo más tarde. Fue la señal para iniciar la gran escalada militar, tanto en tropas como en material bélico. Pronto se dio cuenta del error. En 1967 escribió una larga carta a Johnson en la que le conminaba a negociar.

Durante su larga presidencia del Banco Mundial (1968-1981), se dedicó a combatir la "pobreza absoluta". A mediados de la década de los ochenta se convirtió también en un militante antinuclear y escribió En retrospectiva, un libro imprescindible para entender Vietnam. Dio conferencias y recorrió el mundo. Estuvo en Barcelona, en 2004, en el marco del Fórum de las Culturas, y se mostró en contra de la guerra de Irak.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 7 de julio de 2009