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miércoles, 24 de junio de 2009
COLUMNA

Castigados sin postre

En La Lidere S.A., biografía no autorizada y exhaustivamente documentada de Esperanza Aguirre, su autor, el periodista Alfredo Grimaldos, marca las diferencias de talante entre la presidenta de la Comunidad de Madrid y el alcalde de la capital: "A diferencia de Ruiz-Gallardón, que ve un pobre a cinco metros y se le descompone la cara, ella es una populista capaz de tirarse al barro para vender imagen y hacerse la foto correspondiente". Alberto hace política sin despeinarse ni perder la raya del pantalón y Esperanza prefiere la lucha en el barro, el cuerpo a cuerpo, aunque de vez en cuando se salpique. Dos formas de ser y de estar en la política, dos perfiles distintos al servicio de una misma ideología (o como se llame lo que tengan en el PP).

Ni los arrumacos de Gallardón ni los arañazos de Aguirre inquietan al líder de la oposición

Podríamos decir, por seguir con los símiles, que Esperanza ofrece un perfil goyesco de maja aristocrática y populachera, mientras que el perfil de Alberto tira más a las envaradas figuras de El Greco, siempre mantiene la compostura y tiene algo de mírame y no me toques. Sus partidarios sostienen que en el fondo, y en las formas, es un tímido; sus críticos achacan a la pertinaz soberbia sus modales fríos y distantes. La distancia de seguridad con las masas de una y otro varían de forma sustancial, de la promiscuidad al aislamiento.

Esperanza y Alberto viven enzarzados en una pugna particular que mantiene entretenida, que es de lo que se trata, a la clientela electoral con el espectáculo que se celebra en el ring, mientras que entre los bastidores de la trama, en los vestuarios y en los vomitorios del coliseo, fuera de la vista del público, se realizan apuestas y se organizan subastas, se cuecen los chanchullos y se cocinan los desaguisados. Alberto nunca bailó en el guateque organizado en el Ayuntamiento de Madrid y hace tiempo que Esperanza delegó las más oscuras funciones del desgobierno en sus subordinados más aguerridos, aunque, fiel a su estilo, tenga que repartir algunos mandobles en la Asamblea para salir en su defensa cuando les ve arrinconados. Ante el jefe común, sus estrategias y sus gestos son también dispares. Alberto tiene el perfil del púgil escurridizo que recurre a menudo al árbitro y protesta por las artimañas de su rival, marrullera y fajadora, más agresiva que técnica.

Cuando Rajoy no era aún Supermariano, ambos contendientes se consideraban aspirantes al título y rondaban en círculos alrededor del campeón que parecía tocado en los primeros asaltos. Pero ni los arrumacos de Gallardón ni los arañazos de Aguirre inquietan hoy al ungido líder de la oposición, que ha destinado a ambos a seguir compitiendo en las categorías regionales y municipales hasta que la suerte les separe. A un político la ambición se le supone, como el valor a los militares. No todos los sacerdotes aspiran al papado cuando se inician en el oficio, aunque sueñen con ello todas las noches, pero no hay político incipiente que no haga cábalas sobre sus posibilidades de convertirse en presidente. La falta de ambición descalificaría a cualquier candidato a dedicarse profesionalmente a la política; sólo los viejos y los más bregados profesionales son capaces de asumir que han tocado techo, aunque seguirán haciendo lo imposible por no apearse al menos del escaño.

Pero el jefe, aprovechando su feliz coyuntura y antes de que se le pase el momento de ebullición, ha decidido castigar sin postre a los candidatos madrileños emplazándoles para los próximos comicios de la capital y la Comunidad de sus respectivos pecados, encadenándoles a sus sillones para que dejen de incordiarle y de incordiarse. Las declaraciones de los populares madrileños, sector aguirrista, sobre los mecanismos del partido para elegir a sus propios candidatos, lo del debate interno y el ya veremos lo que pasa, suenan a lo que son, excusas sin fundamento, pura verborrea y alharaca. El que paga manda y el que manda ha expresado claramente su voluntad. Gallardón se ha propuesto como candidato a la alcaldía después de haber sido designado por el jefe, las reglas de la democracia indican que debería haberse hecho lo contrario: primero te propones y luego te eligen, pero las reglas democráticas no pintan nada de puertas para adentro de los partidos. O manda el jefe, o manda el aparato, abominable ente que suele ser una mezcla entre el monstruo de Frankenstein y la criatura de Terminator.

Entre el olímpico desprecio y el entusiasmo preolímpico, Alberto Ruiz-Gallardón repetirá su candidatura. Si los Juegos viajan a Madrid (opción que el autor de estas líneas contempla como bastante improbable aunque le llamen derrotista) Alberto se cubrirá de laureles; si se quedan en Chicago, en Tokio, o en Río de Janeiro, es posible que los laureles sirvan para aderezar el plato principal de su banquete póstumo y antropofágico.

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