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martes, 9 de junio de 2009
Reportaje:

El poeta de la ternura

Pablo Guerrero recibe un homenaje por sus cuatro décadas de poesía cantada

Pablo Guerrero es hombre de costumbres austeras y cena escasa, pero anoche se concedió una generosa ración de jamón serrano y queso manchego a modo de vianda excepcional. No todos los días le homenajean a uno hasta quince cantautores de toda edad y condición en el escenario de la Galileo Galilei, así que el extremeño de la atormentada figura, ese poeta que alternativamente canta y fuma, se sacudió la timidez proverbial, asumió su condición de protagonista y se fundió en un mar de abrazos que a menudo disimulaban alguna que otra lágrima furtiva.

El cantautor Javier Álvarez le definió hace poco como su "gurú particular", pero Guerrero, a sus 62 años, no quiere sentirse maestro de casi nada. "Si acaso transmití alguna enseñanza, habrá sido a través de mis versos", reflexiona escasos minutos antes de que arranque el recital, absorto en la felicidad del momento y encadenando -ahora que ningún médico le vigila- su cuarto o quinto cigarrillo consecutivo. "Las experiencias están para entregarlas a los demás. Todo el mundo debería irse a la otra vida con la certeza de haber compartido".

"Deberíamos irnos a la otra vida con la certeza de haber compartido"

No, no se está despidiendo. El trovador de Esparragosa de Lares (Badajoz) pasó largos años ensimismado en su propia escritura, pero ahora atraviesa una época de fértil y gozosa exposición: un disco sobre poetas extremeños (Luz de tierra), otro a medias con Álvarez (Guerrero Álvarez), el galardón a toda una vida en los últimos Premios de la Música. "A este paso termino como Leonard Cohen, haciendo giras mundiales a los setenta y tantos", bromea con esa media sonrisa pudorosa que no le abandona durante toda la velada.

Siempre le han visto como un creador adusto y ensimismado, pero en la distancia corta exhibe un sentido del humor impredecible. "Me gusta relacionarme con mi hijo y sus amigos, cultivar la guasa, reírme mucho de mí mismo, de mis calamidades. Canto y trabuco las palabras: 'agua' por 'viento', por ejemplo. Mis músicos acaban tronchándose. Y para conservar mi poca voz, me tiro una o dos horas pegando gritos en casa cada mañana, pese a lo cual conservo una relación amistosa con el vecindario...".

Por la Galileo desfilaron los íntimos, desde Javier Bergia a Pedro Guerra, Marwan o Ismael Serrano. Esmeralda Grao se sacó de la chistera una música inédita para un viejo poema de Pablo, Mujer plural; otro tanto hicieron Moncho Otero y Rafa Mora con Cruzo el puente del poema. El extremeño Enrique Cidoncha, ese joven poeta del objetivo que engrandeció el libreto de Luz de tierra, accionaba el obturador. Y el homenajeado se mecía en la silla con gesto abrumado mientras Charo, aliada de tantas décadas, le colmaba de caricias.

Los dos hablan, claro, un lenguaje común. "Hay cosas en la vida que te endurecen", reflexiona el poeta, "pero siempre deben dejar paso a la ternura, a la cercanía". Hace mucho que este antiguo montañero vocacional aceptó el abrazo pesado y sudoroso de la gran ciudad, y anoche aún encontró palabras para explicarlo. "Aunque haya visto valles y riscos de hermosura apabullante, la belleza también está en la luz que asoma por la ventana, en el brillo de un vaso de vino. Y cada vez me cuesta menos encontrar esos destellos de esperanza". Muchas copas se alzaron al cielo para saludar todos los años de ternura que aún estén por venir.

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