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Crítica:ÓPERA

El aire, la luz

"Cuando llegas a entender que el canto es aire, es cuando comienzas a cantar bien". Lo dijo Juan Diego Flórez en la sobremesa de una cena hace unos meses, mientras saboreaba un pisco sour. Recordé la frase ayer en varios momentos de un recital primoroso, con un canto sin contaminaciones, pletórico de elegancia en el fraseo, inmaculado en el registro agudo hasta rozar lo extraterrestre. Juan Diego ha comprendido hace mucho tiempo que el canto es aire. Y no se ha conformado. Ha llenado ese aire de luz, de serenidad, de belleza sonora. Lo hace todo con una extraordinaria naturalidad y transmite una sensación de placer atemporal, extraño, de otra galaxia. En la sociedad actual del espectáculo y las ocurrencias con pretensiones de genialidad Juan Diego representa la pureza. En vez de recrearse en los efectos especiales los humaniza. Su canto fluye con una sensibilidad alimentada por la inteligencia. Tiene tanto corazón como cabeza, desprende tanta calma como alegría.

JUAN DIEGO FLÓREZ

Con Vincenzo Scalera al piano. Obras de Rossini, Gounod, Vives, Serrano, Perez Soriano y Barrera Saavedra.

Teatro Real, Madrid, 2 de junio.

Dedicó el recital al inolvidable Alfredo Kraus, fallecido hace diez años. Fue un detalle de un gusto exquisito. Las huellas del tenor canario flotaban en el ambiente. Estaban en El guitarrico, una obra que por recomendación del tenor Juan Antonio de Dompablo, Juan Diego incorporó a su repertorio escuchando una grabación de Kraus. Y estaban también en Adiós Granada, en cuya pista le puso el foniatra krausista Eduardo Lucas, ayer presente, cómo no, en el recital. Las evocaciones se multiplicaban en el repertorio de zarzuela y se movían asimismo por el territorio belcantista.

Las páginas de Rossini, tanto las procedentes de las óperas como las de los Pecados de vejez fueron antológicas. "Melodía sencilla, ritmo claro", en primer lugar, como le gustaba indicar al compositor. Pero, en la voz más rossiniana de las últimas décadas, o quizás de la historia, el canto del Cisne de Pésaro se elevaba a cotas estratosféricas, con una sensualidad sosegada, una elegancia sobrenatural y un sentido del humor sutil. En este repertorio Flórez es imbatible.

Le gritaron desde la sala "qué majo eres" y nos sentimos identificados con el espontáneo. Puso Juan Diego al público en pie con la exhibición de sobreagudos de arias de El barbero de Sevilla o La hija del regimiento y llegó al corazón con una versión apasionada de Júrame o, ya en la calle, desde el balcón, dirigiéndose al público de la plaza de Oriente, con La flor de la canela. Juan Diego Flórez demostró una vez más que el canto puede ser un vehículo idóneo para transmitir la felicidad posible.

* Este articulo apareció en la edición impresa del Miércoles, 3 de junio de 2009