Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra
PALOS DE CIEGO

Un hombre invulnerable

Este hombre ha entrado casi por casualidad con su hijo en la basílica de San Pedro, en el Vaticano. Tiene treinta y siete años; su hijo, siete meses. Es un hombre normal; su hijo, no: le llaman Llullu y padece una parálisis cerebral que le incapacita para casi todo, incluido cualquier atisbo de comunicación con su padre. El hombre camina por la basílica con su hijo pegado al pecho en una mochila; habla con él; de golpe se detiene y le exige a su hijo que haga una señal inequívoca de que le está escuchando, le advierte que es capaz de cualquier cosa si le responde, añade: "De cualquier cosa, Llullu". El hijo permanece impertérrito; entonces, el padre levanta los ojos y topa con algunas de las imágenes sagradas que pueblan la basílica; es un perfecto agnóstico, pero en ese momento concibe una idea insensata. "Si ahora mismo me envías una señal, creeré en Dios para siempre", le dice a su hijo. "Me volveré a apuntar a la Iglesia, iré a misa los domingos, rezaré cada noche". Habla en serio; en realidad, no ha hablado más en serio en toda su vida; como si quisiera demostrárselo a su hijo, le saca de la mochila, lo coge en brazos y lo levanta en el aire: "Te juro por Dios que si ahora me respondes haré lo que sea, Llullu", le dice mirándole a los ojos. "Envíame una señal y creeré en Dios para siempre y observaré todas las leyes de la Iglesia católica y…". En ese momento llega la señal, una señal inconfundible: el olor de la mierda de su hijo, que acaba de cagarse.

"Un padre intenta comprender el mundo de un hijo que no comprende nada"

Con todos ustedes Màrius Serra. En Cataluña, Serra no necesita presentación; en el resto de España, sí, me temo. En Cataluña, Serra es un escritor muy conocido; en el resto de España, no, para desgracia del resto de España. He mentido: Màrius Serra no es un escritor; es un espectáculo humano: autor de diez libros de narrativa, de miles de artículos y crucigramas, de tres tratados de ludolingüística, Serra es también un as de los juegos de palabras y de ingenio, colabora en la radio, presentó un programa de televisión y es uno de los oradores más brillantes, divertidos y persuasivos que pueda escucharse por estos pagos. No he mentido: antes que cualquiera de esas cosas -antes incluso que un espectáculo humano-, Serra es un escritor. Hace unos años supe que había tenido un hijo con una parálisis cerebral; le compadecí: no le compadecí por haber tenido un hijo con una parálisis cerebral -un hecho que ni siquiera sabía imaginar-, sino porque, dado que para un escritor de verdad sólo es del todo verdad lo que escribe, pensé que a partir de aquel momento Serra estaba condenado a intentar escribir un libro sobre su hijo; también pensé que ése era un libro casi imposible y que, pese a ello, a menos que lo escribiese Serra no llegaría a ser de verdad el padre de su hijo.

Lo ha escrito. Se titula Quieto y es contundente: contiene toneladas de sentimiento y ni un gramo de sentimentalismo; contiene toneladas de humor y ni un gramo de rencor; contiene toneladas de dolor y ni una sola queja; contiene, sobre todo, una feroz declaración de amor a su hijo y una feroz declaración de amor a la vida: feroz porque es omnívora, caníbal, sin distingos ni condiciones. Como todos los libros de Serra, éste es un experimento, sólo que se trata del experimento más radical que Serra ha emprendido jamás: aferrado al manillar de la silla de ruedas de su hijo como un capitán aferrado al timón de su barco en medio de una tormenta, mediante una serie de instantáneas viajeras -instantáneas de Génova y de Canadá, de Venecia y de Hawai, de París y de Finlandia-, Serra nos muestra el mundo a través de los ojos alucinados de un padre que intenta comprender el mundo de un hijo que no comprende nada y donde sólo hay lugar para un momento de debilidad, el momento en que, una noche, en un cámping del Ampurdán, ve correr a su sobrino con unos amigos y comprende que, a menos que ocurra un milagro, su hijo no correrá nunca. Como todos los hombres valientes, Serra asegura que no es un hombre valiente; cita a Kenzaburo Oé, que es un escritor de verdad y sin embargo no se define como escritor de verdad, sino como padre de un hijo discapacitado: "Tener un hijo tan vulnerable me hace invulnerable a muchos contratiempos que antes de conocerlo me podían amargar la existencia. Es tan radical su debilidad que por fuerza me impregna de poder (…). En su compañía soy invulnerable".

Al final, el milagro se produce. No se produce en la basílica de San Pedro, ni en Canadá ni en Hawai ni en Finlandia; se produce en el único lugar donde pueden producirse los milagros: en un libro. En las últimas páginas de Quieto, Llullu corre. Corre gracias a su padre, que ha construido un foliscopio que permite ver a su hijo en movimiento, un foliscopio que es también una especie de largo poema visual en el que el hijo contesta imaginariamente al padre, y que concluye así: "Quien no recuerda, no olvida. / Quien no olvida, recuerda (…). Amo, pero no lo recuerdo. / Me aman, y no olvido. / Nunca caeré en el olvido". Al final el milagro se produce, y Serra consigue dejar de ser un espectáculo humano y un escritor de verdad para ser del todo lo que es: el padre de su hijo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 31 de mayo de 2009