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jueves, 21 de mayo de 2009
COLUMNA

No disparen a los ganaderos

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Es mejor decirlo al principio, y que se escandalicen de entrada: el sector lácteo es más importante para Galicia que Citroën. No sé si para la economía, que posiblemente también, pero desde luego sí para la sociedad gallega en sentido amplio. De la leche dependen al menos los mismos puestos de trabajo que del automóvil, 20.000 directos y 80.000 indirectos, y las organizaciones agrarias estiman que están en riesgo inminente 4.000 explotaciones que ocupan a 6.000 personas. Pero sobre todo lo que está en juego es un tejido social al completo, la amenaza de que un centenar de ayuntamientos subsistan con las pensiones como única industria, y que la mitad de Galicia quede (más) despoblada y a monte, o como dicen los amenazados con una metáfora muy expresiva, que as silvas pasen por riba das casas.

El mundo rural se ha visto como algo residual, una fuente de problemas, y no un sector estratégico

Naturalmente, todas las autoridades se solidarizan con las penas de los ganaderos, y todas expresan su preocupación por los problemas estructurales del sector. Sin embargo, las primeras declaraciones del responsable autonómico del ramo han sido para rechazar propuestas de intervención, porque constituirían una injerencia en el normal desarrollo del mercado. Nadie, empezando por el conselleiro, parece reparar en el contrasentido de que, ante crisis más puntuales, como la financiera o la automovilística, todos los gobiernos se han apresurado a inyectar fondos, sin pararse a pensar que, además de intervenir, lo que se está haciendo es reflotar con dinero público malas gestiones privadas, socializar las pérdidas allí donde hubo ganancias.

Sin embargo, en el sector lácteo, como en otras muchas producciones agroindustriales, se ha producido en los últimos años una reconversión drástica (de 100.000 a 13.200 explotaciones en un par de décadas), y se ha hecho en la dirección que marcaban las directrices políticas y económicas. Las que están con el agua al cuello no son aquellas granjas obsoletas, sino quienes hicieron caso de los cantos de sirena de la inversión tecnológica y las economías de escala, los que se endeudaron para adquirir cuotas, esa limitación productiva que no existe en ningún otro sector. Los que apostaron por la supervivencia del rural, en definitiva. El único mensaje oficial, hasta ahora, es que quizás haya que incentivar de nuevo el abandono de las explotaciones (otra rara particularidad del sector).

Está claro que la solución no es fácil, y quizás ni siquiera exista algo a lo que llamar solución. Pero el problema son las señales que emiten las autoridades. Antes, el peso del sector primario en el PIB era un baldón socioeconómico y sobraban las explotaciones tradicionales. Ahora que han dejado de existir y en la mayoría de las casas del rural hay como mucho vacas de compañía para paliar la soledad de los petrucios, el recado parece que vuelve a ser que se dejen de sentimentalismos productivos y se vengan a las ciudades o -los más tercos- se metan en el turismo rural. Y ha calado más de lo que se cree.

Un amigo cosechero me contaba que, cuando acometió la empresa, en todos los sentidos, de reivindicar el vino de una de las zonas con más futuro de Galicia, pagaba las uvas un 15% más que los precios de mercado. El objetivo era asegurarse la producción, a corto plazo y a largo, para que no se abandonase el cultivo de los viñedos. No dio resultado. "La gente joven prefería dejarlo, renunciaba a unos ingresos seguros y superiores en un trabajo que ya no tiene por qué ser penoso, para buscar otras ocupaciones, aunque fuese de porteros de discoteca, y ya no digo de bedel en alguna institución". Los que lo consiguieron posiblemente estén ahora empeñados en tener una casita en el campo.

El campo no da prestigio, y para ejemplo ahí está el del idioma que allí hablan. Tantos años de insistencia en que lo rural era síntoma de atraso no fueron en vano. Y afectaron en las dos direcciones: los encargados de desarrollar uno de esos programas de difusión de Internet tan bienintencionados como paternalistas se sorprendían aquí (lo comprobé en Mesía) de que la gente conociese perfectamente las ventajas de las nuevas tecnologías, y lo que demandaba era una conexión decente para poder disfrutarlas. Como advertía Oscar Wilde, nada tan peligroso como ser demasiado moderno, porque corre uno el riesgo de quedarse súbitamente anticuado.

Así que esto es lo que hemos conseguido. Que el presidente de Galicia pregunte por qué las vacas tienen nombres femeninos es una anécdota, pero también un síntoma. El de que el mundo rural se ha visto como algo residual, una fuente de problemas (y de votos), pero no un sector estratégico que necesita una apuesta política y un mensaje regenerador. Si todo sigue así, la próxima vez que alguien apunte medidas, que no se extrañe si los ganaderos reaccionan como el cazador de la película Dersu Urzala: "¡No disparen, soy gente!"

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