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Tribuna:

Sociedad de la imaginación

Soy militante de un partido de izquierdas, del Partido Socialista Obrero Español, y he sido responsable político de una región que estadísticamente se situaba entre las menos desarrolladas de la Unión Europea. Las dos circunstancias me colocaron ante una disyuntiva: orientaba mi acción política con el temor ante los cambios de la sociedad del siglo XXI, o arriesgaba y seguía el ejemplo de Francisco Pizarro, que trazó una raya en la arena y dijo: "De aquí para acá ya sabemos lo que hay. De aquí para allá está el futuro".

¿Y qué hay de aquí para acá? En la parte de acá se encuentra una sociedad que insiste en comportarse únicamente con los parámetros de la sociedad industrial. No quiere entender que, en los albores del siglo XXI, esos parámetros comienzan a quedar obsoletos y que no pueden ser utilizados más que para ir al sitio de siempre por el camino de siempre. Y el sitio de siempre ya no sirve.

Pasamos a un nuevo modelo de economía, de producción, de sistema financiero, de información...

Ser eficiente ya no basta. Lo importante es ser diferente, y, a ser posible, único

Cuando nos empeñamos en que nuestros hijos y nuestras hijas se preparen sólo para hacer lo mismo que hicimos nosotros, pero mejor, estamos pretendiendo ir al sitio de siempre por el camino de siempre. Y creo que el camino de siempre nos conduce al fracaso; que la productividad y la competitividad basada en los conceptos tradicionales no van a dar más de sí.

¿Y de la raya para allá, qué hay? De la raya para allá está el futuro. En el siglo XV, el mundo se hizo redondo con el descubrimiento de América. A partir de ese momento ha existido una incesante revolución tecnológica y no se ha detenido un proceso creciente de globalización. Y frente a esos cambios tecnológicos, la izquierda, y sobre todo el sindicalismo de clase, normalmente se han asustado. El temor a perder mano de obra en cualquier revolución tecnológica se ha impuesto a la competitividad y al progreso. La derecha liberal, por el contrario, ha buscado en esos cambios el beneficio económico inmediato y sin tener en cuenta los costes sociales.

En los albores del siglo XXI, la izquierda puede y debe liderar el cambio de sociedad que se está produciendo, al igual que ocurrió con la segunda revolución industrial. El modelo actual, tanto el de producción como el de redistribución, está entrando en crisis. Estamos pasando a un nuevo modelo de economía, de producción, de empresa, de sistema financiero, de información, de privacidad, de familia... Y es que la nueva sociedad comienza a alterarlo todo. El futuro -que ahora casi siempre es presente- ya no se nos aparece como lineal, lento, certero y previsible, sino imprevisible, casi traicionero. Y llega a saltos y con sobresaltos.

Hay varios rasgos de la sociedad nueva, de ese futuro, que obligan a reflexionar.

Los ritmos. Hasta hace poco más de un siglo, la sociedad avan-zaba casi de forma imperceptible. Por el contrario, en los inicios del siglo XXI, estamos asistiendo al proceso de transformación más importante y vertiginoso de toda la historia de la humanidad. Las evidencias son notables, aunque aún nos cuesta entenderlas, aceptarlas y dominarlas. En cualquier faceta de la vida apreciamos cambios significativos que lo están alterando todo. Estamos en un entorno en el que cada punto es accesible desde cualquier parte de la Red y en el que hay mucha densidad de información. En un entorno de Red lo pequeño adquiere poder, porque lo pequeño es además abierto. En consecuencia, se produce una inversión de la idea de poder. Todo poder ha sido siempre grande y cerrado, pero la Red crea poderes pequeños y abiertos.

Las distancias. En la nueva sociedad, las distancias han comenzado a desaparecer. Si en la sociedad industrial las distancias eran fundamentales y daban o quitaban posibilidades de desarrollo, en la nueva sociedad significan poco o nada.

Ya durante el siglo XX tuvimos que dejar de medir la distancia en kilómetros para pasar a hacerlo en tiempo. Pero es que, además, con los nuevos sistemas telemáticos y las comunicaciones electrónicas el tiempo es ya un factor casi despreciable. Es lo que llamamos impropiamente comunicación en tiempo real. Países o territorios situados en la periferia tienen, o pueden tener, las mismas posibilidades de desarrollo que otros tradicionalmente ubicados en el centro de todos los progresos y procesos.

El problema no está en la ubicación físicamente periférica, sino en la definición del papel que se está dispuesto a jugar. Si somos capaces de producir cualquier cosa que sea competitiva en calidad y precio, no tenemos distancias para los productos reales o para los virtuales. Si se tiene la capacidad para producir y un acceso a los nuevos sistemas de distribución de la información, se está en condiciones de competir con ventaja. En Internet no existen centros ni jerarquías basadas en las distancias; éstas comienzan a ser irrelevantes en el nuevo horizonte de desarrollo. Y no existen porque todos somos centro y periferia.

Las materias primas. Ya no son imprescindibles las materias primas tradicionales para que un país pueda desarrollarse y progresar. Ahora la materia prima también es la inteligencia, la creatividad, la emoción, la imaginación. Y mientras la tierra, el carbón o el acero eran posesiones sólo al alcance de unos cuantos, la capacidad de imaginar y crear es patrimonio de todos y puede ser patrimonio común desde el que afrontar un futuro distinto.

Los cambios. El tiempo ya no se mide en segundos, sino en nanosegundos. Vivimos una época en la que los cambios se producen a un ritmo vertiginoso, en la que se produce en serie, todo se estandariza y se copia. Una época en la que cada día los productos tienen ciclos más cortos, donde lo que hoy es una gran innovación deja de serlo, no en 10, en 20 o en 30 años, como antes, sino en un año, en meses e incluso en días.

Estamos en un momento en el que nace algo nuevo y muere casi a la misma velocidad con la que nace. ¿Cuál era, por ejemplo, el ciclo de vida de un automóvil en los años sesenta? 20, 15 años. ¿Cuál es el ciclo de vida de un automóvil hoy, que puede recorrer 100.000 kilómetros sin pasar por el taller? Dos, tres años, aproximadamente. Y si vamos a algo más doméstico, el ciclo de vida de un teléfono móvil es de meses.

Las diferencias. Estamos en un mundo globalizado con exceso de ofertas y donde hay de todo. En ese contexto, imaginar tiene mucho sentido. Innovar radicalmente en el mundo actual no es un capricho. Si hubiera que sintetizar lo que está ocurriendo ahora en el mundo de la empresa y en las redes sociales, habría que sintetizarlo en la frase "la oferta supera a la demanda". Hay mucho de todo. Esto nos obliga a los consumidores y a los ciudadanos a elegir. Pero ser eficiente ya no basta. Lo importante es ser diferente y, a ser posible, único. La nueva sociedad sustituirá -ya lo está haciendo- lo natural por lo artificial, lo real por lo virtual, lo grande por lo pequeño, lo cerrado por lo abierto, lo estático por lo dinámico. Si estábamos históricamente acostumbrados a la lentitud en los cambios, ahora debemos estarlo a la extrema movilidad, al vértigo en las transformaciones, al dinamismo social, económico y cultural.

En definitiva, una nueva sociedad donde lo que cuenta fundamentalmente es la formación, la inteligencia, la osadía, el riesgo, la diversidad y la imaginación. Ése es el nuevo sitio y ésos son los factores que definen el nuevo sitio, la nueva sociedad.

Juan Carlos Rodríguez Ibarra ha sido presidente de la Junta de Extremadura.

* Este articulo apareció en la edición impresa del Sábado, 25 de abril de 2009