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martes, 21 de abril de 2009
Tribuna:

El dilema del ñu ante el cocodrilo

La llegada de los ñus al río huyendo de la estación seca les enfrenta año tras año al mismo dilema: cruzarlo con el riesgo de morir devorados por los cocodrilos -o asfixiados por la avalancha de sus propios congéneres-, o morir de hambre en esta orilla si no se atreven a cruzar. A la doble hipótesis de la muerte el ñu añade la intuición de que el porcentaje de bajas previsto es lo suficientemente bajo como para pensar que su probabilidad de sobrevivir es muy alta.

Este episodio que con tanto dramatismo recuperan para nosotros documentales televisivos que dan la vuelta al mundo, quizás invita a una mirada diferente y atrevida sobre el recurrente tema de la corrupción política entre nosotros. Aunque sé que este espacio exige concreción y sincretismo, no quiero entrar en él sin antes reivindicar que el tema está pidiendo un debate sin miedo a propósito de las causas mediatas e inmediatas de una institución tan polivalente como la corrupción ahora y aquí de y entre los que profesionalmente se dedican al noble arte de la política.

Algunos analistas sostienen que en la base de la corrupción política en España se encuentra el tema de la deficiente y equivocada regulación de la financiación de la política, y de los instrumentos esenciales de la misma, los partidos políticos; otros, más condescendientes, relacionan la lacra con la modesta remuneración económica de los cargos públicos comparada con los fondos que manejan desde los mismos, aunque reivindican que la corrupción solo afecta a una minoría, y que, por ello, no hay que ser agoreros; un tercer gremio, que podría ser perfectamente adherente al dilema del ñu ante el cocodrilo (yo estoy a la vez entre éste y el primer grupo) aseguramos que no hay que dejarse embaucar por las falacias de quienes nos quieren tranquilizar, pues la corrupción es un dato inevitable del progreso, y no hay ley penal capaz de acabar con la sofisticada variedad de sus manifestaciones, pues su pulsión es tan fuerte, tan biológica que se prefiere la incierta y aleatoria dentellada del saurio al establecimiento de un código hermético que permita hacerla impracticable incluso para sus sicarios más empedernidos.

Todas las normas que se acumulen para definir sus tipos, las penas a imponer, la infamia o las calamidades que se le adosen apenas conseguirán impedir que las aguas se desborden y encuentren lugares por donde evacuar las poderosas corrientes que alimentan la codicia, la adicción al dinero, a la riqueza y al dominio social y político, porque lo verdaderamente esencial no es el código ético sino el cálculo de probabilidad de los osados de salir airosos de la avalancha de la manada (la presión de la opinión pública) o de la dentellada del cocodrilo (la denuncia, el ajuste de la cuenta gastronómica de los que no tienen más remedio que comer, que comerse al otro, para sobrevivir).

Desde el principio de nuestra democracia (la Dictadura fue básicamente un régimen selectivo de depredación económica legalizado por la omertá impuesta incluso a sus beneficiarios como condición para su eficiencia), se han sucedido las denuncias sobre corrupción política, y a su alrededor se han organizado tremendos escándalos jalonados de solemnes declaraciones de propósito de enmienda, vergüenza pública y reparto de cargas sobre inefables chivos expiatorios, sin llegar nunca al rovell de l'ou, pues jamás le pasó por la cabeza a nuestra clase política que los casos de corrupción tuviesen causas objetivas y/o estructurales que mereciesen algo más que lloreras circunstanciales ante el estupor de haber encontrado entre sus ñus algunos que no supieron alcanzar la otra orilla limpiamente poniéndose a salvo, mientras les arropaban con un ejército de leguleyos ante los tribunales, cuando no frente a los propios jueces, como diciendo, ¡ojo! Touch pas mon copain!

Si repasamos la historia de las corrupciones denunciadas y las escasas consecuencias que han tenido para la mayoría de los presuntos implicados; si hacemos la nómina de los que realmente fueron a parar a la cárcel por sus conductas, si buscamos cuántos dineros de los trapicheados volvieron a las arcas de donde no debieron salir; si buscamos el impacto real que causaron tantos casos de nombres ya en la memoria de todos, veremos que todo se redujo a campañas feroces para desgastar políticamente al otro, marañas legales para conseguir que todo quedase en nada, y vuelta a empezar por otro vado del río.

Todos los partidos que han ostentado poder suficiente y territorialmente diversificado han protagonizado episodios donde sus detractores y adversarios quisieron ver lo peor de la corrupción; transcurridos unos años, todo quedó olvidado. La utilización del tema para el medro político y la llamada alternancia en el poder ha dado muy buenos frutos, y -dicen- no es asunto para tratar con remilgos morales, pues como baza política tiene escaso coste, provoca ruido y da buenas rentas.

Es decir, que si se legalizasen las formas de corrupción que hasta hoy nos han llevado del estupor a la risa, adoptando un modelo de financiación de los partidos a la vista y sin restricciones, quizás nos daríamos un respiro para investigar otras clases de corrupción para preparar su discreta y posterior legalización; de ese modo, la ley acompañaría a los usos sociales inefables, y nos ahorraríamos el melifluo sofoco de comprobar que, al final, nunca pasa nada, que sólo unos ñus cayeron, porque va de soie, mon ami.

Sería menos cínico que lo que pasa.

Vicent Franch es profesor de Ciencia Política y de la Administración. Universitat de València-Estudi General. franch@uv.es

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