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viernes, 17 de abril de 2009
Reportaje:Nuevas relaciones en América

Del desconcierto a la desconfianza

México se muestra encantado con el cambio de EE UU frente al narcotráfico, pero no está dispuesto a aceptar intromisiones en su política interna

Hay una vieja expresión muy popular en los pueblos mexicanos más golpeados por las mafias del narcotráfico: "Estos pinches gringos, ¿por qué serán tan mariguanos?". Lo importante no es la traducción -algo así como "¿por qué les gustarán tanto las drogas a nuestros vecinos del norte?", sino la percepción del problema que demuestra la frase: todo lo que sufrimos aquí -las plantaciones ilegales, los carteles del narcotráfico, la corrupción política y policial, los asesinatos entre bandas- está provocado por la demanda de droga que llega de Estados Unidos. Esa visión mexicana de "si no fuera por ellos", también se traslada a la política.

Hasta que Barack Obama llegó al poder, el presidente de México, Felipe Calderón -el primero dispuesto a luchar en serio contra los carteles de la droga-, repitió una y otra vez la antigua aspiración nunca atendida: que el Gobierno de Estados Unidos se implicara también en la lucha contra el narcotráfico combatiendo la venta indiscriminada de armas y el blanqueo de capitales. Aquella petición nunca encontraba eco. De hecho, hasta el ex presidente Vicente Fox acaba de reconocer que George W. Bush lo estuvo engañando durante sus seis años de mandato "con palmaditas en la espalda", pero sin tomar ninguna medida eficaz. Ahora se puede decir que por primera vez en la historia, Obama ha cambiado el discurso. Ha dicho: somos parte del problema -consumimos droga, vendemos armas-, y por eso vamos a ayudaros.

Lo más curioso es que ese cambio de postura, legitimado por una ofensiva diplomática sin precedentes de acercamiento a México, ha pillado desprevenido al actual Gobierno. La rentable política del agravio se viene abajo cuando "los pinches gringos" se declaran amigos, admiten su responsabilidad de mariguanos y hacen firme propósito de la enmienda. Obama -por su propia voz y también a través de Hillary Clinton y de Janet Napolitano- se ha comprometido públicamente a destinar los fondos y el personal que hagan falta para luchar eficazmente contra el narcotráfico. Y ha sido entonces cuando, desde México, el desconcierto se ha tornado en desconfianza.

Por una parte, el Gobierno de Calderón se muestra encantado de que Obama se fije en México, pero no tanto con que la nueva Administración norteamericana quiera acometer el asunto como si se tratara de un problema de política interna. Obama tiene presiones en su país para acometer los tres grandes asuntos pendientes con México -tráfico de drogas, política migratoria y tratado de libre comercio-, y a su vez Calderón se siente marcado muy de cerca por quienes -desde sus filas políticas y desde las ajenas- no parecen dispuestos a aceptar ninguna intromisión del vecino del norte en la soberanía nacional. Ni aunque sea a cambio de luchar contra el narcotráfico.

Lo cierto es que, hasta en la estética, la visita de menos de 24 horas de Obama a México no difirió mucho de la que hubiese podido girar a Ohio. El palacio presidencial de Los Pinos fue blanqueado, se pintaron las alcantarillas y hasta se le dio lustre al césped. La colonia donde pernoctó el poderoso invitado fue tomada por más de 6.000 agentes, entre militares y policías. Y hasta hubo diputados que se molestaron por haber sido apeados a última hora de la lista de los 100 elegidos que cenaron con el jefe.

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