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domingo, 12 de abril de 2009
LA COLUMNA | OPINIÓN

Un ritual expiatorio

Cambiar el Gobierno un año después de haberlo formado es el reconocimiento de que las cosas no van bien. La causa de la remodelación es la crisis económica. El propio presidente lo ha dicho. Se reorganiza el área económica y social, pero se mantienen los ministros más políticos, como Fernández de la Vega y Rubalcaba. Estamos, por tanto, ante un rito de expiación de los pecados del presidente. Que se resumen en uno: no interpretar la crisis correctamente. Se empeñó en negar la gravedad de la situación económica, con lo cual se puso a combatirla con un sensible retraso. Es un síndrome que se contrae en los escenarios del poder. Un cierto alejamiento de la realidad que induce a creer que las cosas no son lo que son, sino lo que el poderoso dice que son. A algunos de los principales banqueros del mundo les ocurrió algo parecido hasta que la bancarrota les sacó de su ensueño. Todo ritual expiatorio exige un acto sacrificial. Zapatero lo ha tenido fácil. El ministro Solbes llevaba semanas ofreciéndose como víctima propiciatoria. Zapatero le debe mucho a Solbes. Fue Solbes, con su prestación ante Pizarro, el que dio credibilidad al optimismo electoral de Zapatero. Ahora es Solbes el que asume, con la elegancia de la mejor tradición escéptica, el papel de chivo expiatorio: "Me voy razonablemente satisfecho".

Estamos, por tanto, ante una crisis de Gobierno en clave económica. Y ahí aparecen dos nombres: Elena Salgado y Manuel Chaves. Sorprende que el presidente se incline por una gestora discreta -la discreción es atributo de la eficacia- antes que por una personalidad reconocida del mundo de la economía. Y sólo se me ocurre una explicación: Zapatero quiere hacer con la economía lo que ya lleva haciendo con la política exterior: asumir el primer plano y reducir a los ministros correspondientes a la función de secretarios del presidente. Esta omnipotencia de Zapatero da miedo. ¿Quién le hará bajar de sus fantasías?

Pero lo más relevante es el retorno de Chaves. Es obvio que reunir en un Gobierno a las tres personas que forman la cúspide del PSOE -Zapatero, Chaves, Blanco- es una señal de que el pánico había cundido en el partido. En tiempos de turbulencias, en que hay que salvar el patrimonio electoral, todo el poder a la familia. También es obvia la necesidad de encontrar una salida a Chaves para preparar la renovación en Andalucía que parecía aconsejable para poder seguir en el poder. Era necesario un relevo para quitarle a la oposición el monopolio del discurso del cambio. Pero lo importante es que Zapatero considera necesario, para afrontar la crisis con garantías, elevar el ministerio encargado de las relaciones autonómicas al rango de vicepresidencia y ponerlo en manos de una de las personalidades con mayor prestigio del PSOE, que es además el líder de los socialistas andaluces que, dentro del partido, ha jugado tradicionalmente de contrapeso a las aspiraciones de los socialistas vascos y catalanes. Esta decisión de Zapatero coincide con un momento en que la derecha económica, la derecha política, algunas voces de la izquierda y un buen número de intelectuales de todos los colores vienen reclamando que PP y PSOE se pongan de acuerdo para imponer una restauración unitarista al Estado de las autonomías. Desde los últimos años de Aznar planea sobre la escena política el discurso del cierre del Estado autonómico: marcar un límite a la transferencia de poder político y de recursos económicos desde el Gobierno central a las autonomías. Y definir para siempre el espacio de lo simbólico. El discurso de la España plural, con el que llegó Zapatero, parecía ser una respuesta a estas pretensiones, en clave federal. Pero la España plural desfalleció al chocar con los primeros obstáculos. Ahora hay voces que aprovechan la crisis económica para cargar contra el Estado de las autonomías, con la ruptura de la unidad de mercado y la proliferación legislativa como causas de que la crisis española sea más profunda que en los países del entorno, obviando, por supuesto, el extraordinario crecimiento que ha tenido este país, gracias también a las autonomías.

¿Hay relación entre esta oleada ideológica restauracionista y el nombramiento de Chaves? Es la principal incógnita política de este Gobierno. ¿A qué ha venido Chaves? ¿A tutelar y apoyar a López en su arriesgada apuesta en el País Vasco? ¿A tensar las riendas del Estado de las autonomías y liquidar definitivamente el señuelo de la España plural? ¿O, al contrario, a legitimar con su autoridad dentro del partido una financiación aceptable para Cataluña, que salve a Zapatero del riesgo de perder votos en un territorio decisivo? -

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