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viernes, 27 de marzo de 2009
Editorial:

El pos-Berlusconi

La conversión de Fini al liberalismo perfila al ex líder fascista para la sucesión de Il Cavaliere

La política italiana va de pos en pos; del posfascismo a la pos-Alianza Nacional, al tiempo que toma posiciones ante un futuro pos-Berlusconi; y también del poscomunismo, hoy en fase de derribo, para el que ya hay un sucesor al dimitido Walter Veltroni, aunque no parece que la búsqueda haya por ello concluido. Pero quien lleva la delantera en esta carrera para acreditar una nueva marca sobre sí mismo es, indiscutiblemente, la derecha.

Alianza Nacional, partido nacido del posfascismo en 1994, y que dirige Gianfranco Fini, de 57 años, ya es historia desde el pasado fin de semana, y el próximo domingo se habrá fundido con la derecha liberal de Silvio Berlusconi, 72 años, que un día se llamó Forza Italia, para integrar una nueva formación de centro-derecha, el Pueblo de la Libertad. Paralelamente, la izquierda, inmersa en una normalización desideologizada, pero que no ha sido capaz de amalgamar diversas versiones de un poscomunismo que no renuncia a serlo, anda como Diógenes con su lámpara a la búsqueda de líderes, y podría haber encontrado a uno en la persona de Deborah Serracchiani, de 38 años, con juvenil imagen de colegiala.

Al margen del llamado transformismo, o capacidad de ser otro sin dejar por ello de ser uno mismo, que ha informado la política italiana de todo el siglo XX, hay que subrayar en estos procesos algo enormemente positivo. Los cambios en la escena política transalpina, desde el vasto movimiento de mani pulite contra la corrupción de la I República, en los años noventa, son magnífico testimonio de la potencia regenerativa de la democracia.

Fini, uno de los mejores si no el mejor orador de la clase política italiana, ha prestado un grandísimo servicio al país acarreando consigo a todo un personal que chapoteaba en la nostalgia de Mussolini, el antisemitismo, y la pulsión autoritaria, y que hoy aparece convertido en una masa de liberalismo homologado. De todo ello, pese a las protestas de inocencia del ex posfascista, hay que deducir, por añadidura, una legítima apuesta por la sucesión de su jefe de filas, el exótico y personalísimo Cavaliere que, pese al bisturí y los injertos, tiene todos los años que le adjudica el calendario.

El futuro de la política italiana, con esta hégira de pos en pos, debería orientarse hacia un sólido bipartidismo, centro-derecha, centro-izquierda, que es lo que Fini persigue. No parece mala idea.

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