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miércoles, 25 de marzo de 2009
COLUMNA

Autocrítica sin comillas

Mientras la guerra del gallego (del idioma) devastaba la campaña electoral, la Real Academia Galega distribuía sigilosamente en las librerías un completo informe sobre su situación (a la del idioma, me refiero de nuevo, no a la de la Academia). El segundo volumen del Mapa Sociolingüístico de Galicia revela que el número de hablantes monolingües en gallego había descendido en 2004 a un 16% de la población frente al 30,5% de 1992. Paralelamente, el porcentaje de monolingües en castellano se duplicó en ese mismo periodo de un 13% a un 25,8%, sobre todo en las siete grandes ciudades, en las que son mayoritarios los que hablan sólo castellano. También desvelaba el sorprendente detalle de que el 10,7% de los jóvenes menores de 18 años no habían tenido el menor roce escolar con el idioma propio de Galicia. Sorprendente porque esa virginidad contraviene la legislación educativa aprobada precisamente hace 18 años. Y no parece que se deba a la increíble capacidad del alumnado para zafar.

Entrenador y plantilla deciden el sistema de juego, no los socios del club de fútbol

De no ser por la modestia académica, el estudio quizá podría haber contribuido a atenuar la guerra lingüística, en el supuesto que se hubiese librado con argumentos y no con consignas. Pero el criptoinforme de la RAG también apunta alguna de las claves de la victoria / derrota del 1 de marzo. Creo que fue William Booth, fundador y primer general del Ejército de Salvación el que, cuando le preguntaron cuándo se había consolidado la organización, respondió: "Cuando los periódicos empezaron a escribir mi cargo de general sin ponerlo entre comillas".

La "imposición" del gallego en la enseñanza que aireó una organización (encabezada coherentemente por profesores), perdió las comillas en la mayoría de los medios de comunicación en una infinitésima parte del tiempo que tardaron en quitárselas al generalato de Booth. El jaleado movimiento, con la aquiescencia táctica y entusiasta del PP, indujo en parte de las clases medias el temor a una posible intromisión en sus vidas perfectamente ajenas a la existencia del vernáculo. A no poder, por ejemplo, ayudar a los niños en los deberes cuando preguntasen por qué en "gústame ben" el pronombre va detrás y en "non me gusta nada" va delante, por no hablar de que los retoños les vinieran de clase hablando en gallego.

En el campo de los vencidos, la autocrítica sobre este aspecto concreto tiene bien poco de auto. El sector más lerrouxista del PSOE dio sin más la razón al PP. El no tanto, o le echó la culpa al propio partido por ceder ante el BNG y / o al BNG por "imponer" su ideología. El resto de las corrientes no se pronunciaron. En el BNG, el documento en el que Quintana adelantaba su dimisión a la ejecutiva mencionaba como una de las razones de los malos resultados "la incapacidad, una vez más, para leer acertadamente la evolución españolizadora de una sociedad con unas clases medias cada vez más distanciadas del proceso galleguizador del nacionalismo. Claro avance del proyecto ideológico del PP en amplias capas populares e incapacidad del nacionalismo para leer la nueva situación, sobre todo en el tema lingüístico".

Como no soy militante, ni de base ni de altura, de ninguna de las formaciones, ignoro cómo sigue el debate en general, y si se está produciendo. De lo que trasciende, en el PSdeG parece que todo se arreglará con el nombramiento del nuevo equipo dirigente. En el BNG, parece que la parte interesante de la misiva del vicepresidente en funciones era únicamente la de que se iba. En ambos casos, teóricamente todo está en manos de la militancia. La socialista está llamada a la ardua tarea de refrendar a Pachi Vázquez. La nacionalista lo tiene más crudo. No sólo escoger el quién, sino el cómo, el para qué y el hacia dónde. De momento sólo salen propuestas para el quién.

No quisiera pecar de obseso de las nuevas tecnologías, pero me parecen más interesantes, enriquecedores y participativos algunos debates que se están produciendo en Internet que lo que pueda salir de la reunión de cincuenta abnegados militantes dispuestos a pasarse cuatro o cinco horas dando vueltas a la noria en una sede, o de 3.000 metidos a discutir en un pabellón polideportivo. Porque los socios de un club de fútbol pueden y deben elegir a presidente y directivos, pero no hacer las alineaciones y decidir el sistema de juego. Son los entrenadores y los jugadores quienes pierden los partidos, y suya la responsabilidad de qué hacer para ganarlos. Lo demás es echarle la culpa al público.

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