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domingo, 22 de marzo de 2009
Reportaje:

Resistir en el monte del Renegado

Medio centenar de inmigrantes indios de la religión sij llevan casi un año malviviendo en los bosques de las afueras de Ceuta para evitar ser repatriados

En los bosques que cubren las laderas del monte del Renegado, a las afueras de Ceuta, viven desde hace casi un año 54 indios de origen sij. Todos ellos entraron clandestinamente desde Marruecos en la ciudad autónoma (ocultos bajo salpicaderos de coches, encogidos en dobles fondos de maleteros o remando en lanchas neumáticas) tras dramáticos viajes en los que aseguran haber invertido más de dos años de sus vidas y cantidades que oscilan entre 15.000 y 30.000 euros. Hasta el 7 de abril de 2007 vivieron en el Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI), una institución estatal de régimen abierto cuyas reglas de funcionamiento son similares a las de un colegio mayor universitario. Pero aquel día el miedo a que la policía entrara en el centro, les detuviera y les devolviera a su país les empujó a escapar y a esconderse en la foresta. Allí, bajo los altos eucaliptos, han resistido el viento frío de Levante, las riadas de lodo y piedras y las picaduras de los reptiles y de los escorpiones. Varias ONG han recogido más de 8.000 firmas para que el Ejecutivo les conceda permisos de residencia y de trabajo y les permita trasladarse a la Península. Pero el Ministerio del Interior se muestra inflexible. "No hay más salida que la repatriación", zanja el delegado del Gobierno, José Fernández Chacón.

La rica comunidad india de Ceuta les apoya con alimentos y medicinas

El delegado del Gobierno no ve otra salida para ellos que la repatriación

El director en funciones del CETI, Valeriano Hoyos, recuerda perfectamente el día en que los indios se marcharon del centro. "Cuando llegué a la oficina, me dijeron que, de los 72 asiáticos que teníamos alojados, se habían marchado 68. Desde entonces han retornado 12. A los que siguen en el monte les he hecho saber que tienen las puertas abiertas para lo que necesiten. Algunos vienen de vez en cuando a la enfermería. El médico les cura e inmediatamente vuelven al monte".

Los indios, todos varones, se han repartido en siete campamentos. Creen que de esa manera tendrán más posibilidades de escapar si la policía sube a echarles el guante. Todos los asentamientos son similares: dos o tres cabañas hechas con ramas, cartones y plásticos, en cuyo interior sólo hay colchones y mantas. Junto a ellas, un chamizo bajo el cual el encargado de la cocina amasa harina y agua para hacer tortitas y rellenarlas con las verduras que cuece en un perol. De los árboles cuelgan algunas prendas, puestas a secar. El agua la recogen de un riachuelo cercano. A una distancia prudente han cavado una letrina.

Gurpreet Singh está sentado en el centro del campamento. Sólo tiene 24 años, pero en los últimos cinco ha vivido más que la mayoría de las personas en toda su vida. Dice que partió de su aldea del Punjab en agosto de 2004 y que invirtió 15.000 euros y dos años en llegar hasta Ceuta escondido en el salpicadero de un coche. Cuenta con detalles escalofriantes cómo durante su terrible periplo por África fue robado, golpeado, secuestrado y encarcelado, y cómo vio morir de hambre y de sed a dos de sus camaradas. Fue en Tamanrasset, una localidad del desierto argelino. "Los traficantes los metieron en bolsas de basura y los tiraron en la arena".

Pero Singh no quiere ser el protagonista de esta historia. Señala con la mano los 13 rostros oscuros que observan sus gestos tratando de comprender algo de lo que dice y afirma que cada uno de esos hombres ha vivido su propia historia terrible. Dice que sus edades oscilan entre los 20 y los 35 años y que algunos están casados en India. Todos afirman ser sijs, pero lo cierto es que llevan el pelo corto e incluso muchos de ellos se han rasurado la barba, algo que contraviene el primero de los cinco artículos de fe del sijismo. "Así es más cómodo para el viaje", explica Singh. Luego traduce sus palabras para los otros, que sonríen, asienten y se frotan el mentón.

Alguno de los reunidos llevaba hasta 32 meses viviendo en el CETI cuando se conjuraron para echarse al monte. "Nos dimos cuenta de que siempre que alguien de la Embajada de India aparecía en el centro, había repatriaciones. Sucedió en febrero de 2007. Pocos días después de que se marcharan los funcionarios de nuestro país, la policía se llevó a 48 compatriotas. Volvió a ocurrir unos meses después, en septiembre; aquella vez se llevaron a 13. Así que cuando aparecieron el año pasado, decidimos marcharnos antes de que nos cogieran".

Sobreviven gracias a lo que recaudan haciendo de aparcacoches y ayudando a vaciar los carritos de la compra a los clientes de los supermercados. Un buen sábado pueden recaudar cinco euros por cabeza. Lo justo para comprar harina, agua, verduras, jabón y detergente.

También reciben ayuda de la comunidad india de Ceuta. Aunque el número de personas que la integran no es muy significativo (800 en una localidad de 78.000 habitantes), su peso económico es fundamental: el 75% son empresarios y en el 25% restante abundan los abogados, los médicos y los funcionarios. Su presidente, Ramesh Chandiramani, que pertenece a la tercera generación de indios ceutíes, es uno de los comerciantes más importantes de la ciudad.

"Los inmigrantes vinieron a nuestro templo y nos contaron el sufrimiento tan enorme que habían padecido desde que salieron de India", dice Chandiramani. "Nosotros no somos de religión sij, como ellos; somos hindúes. Pero esa diferencia no tiene la menor importancia. Fuimos a hablar con el delegado del Gobierno. Nos dijo que todo dependía de Madrid y que no se podía hacer nada. Siempre hemos estado del lado de la ley y de las autoridades, pero creo que en este caso no son justas. No es de recibo dejar a estas personas en el limbo. La situación debe ser resuelta en un tiempo mínimo". Mientras espera una solución, Chandiramani ha encargado a un miembro de su comunidad que coordine la ayuda a los inmigrantes. "Les proporcionamos alimentos, medicinas y, sobre todo, calor humano", dice. "Más no podemos hacer, porque al tratarse de personas sin papeles la ley nos impide darles un empleo".

Pero la presión de la comunidad india no parece haber hecho mella en la Delegación del Gobierno. Su titular, Fernández Chacón, se muestra tajante. "Durante un tiempo, Ceuta fue un foco del tráfico ilegal de asiáticos. Desde que cortamos los traslados de inmigrantes a la Península, ese tráfico ha desaparecido prácticamente. Debemos seguir en la misma línea. Las personas que están en el monte ya han sido reconocidas por la Embajada de India como ciudadanos de ese país. Van a ser repatriadas y punto".

El guión que ha escrito el Gobierno para los slumdog de Ceuta no tiene un final feliz.

Varios de los sijs refugiados en los bosques del monte del Renegado, en Ceuta. / JOAQUÍN SÁNCHEZ

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