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PALOS DE CIEGO

Todos los gatos son teléfonos

Camino por la terminal de un aeropuerto, sintiéndome irracionalmente feliz, cuando reconozco a lo lejos a A, un viejo conocido. A es periodista, es escritor; un buen escritor: lo conozco desde hace años, cuando él trabajaba en el periódico donde empecé a escribir; luego el periódico se hundió y, aunque en toda nuestra vida no nos hayamos visto más de dos o tres veces, ese hundimiento creó un vínculo invisible entre nosotros, o yo lo siento así, igual que si ambos fuéramos supervivientes de un pequeño naufragio. Me acerco a A; no le abrazo, pero le tiendo eufóricamente la mano. La reacción de A es extraña: por un momento parece desconcertado, como si no me reconociera o como si me reconociera y dudara si estrecharme la mano o no; pasado el desconcierto, A me estrecha la mano con una mano blanda, indecisa. Luego echamos a andar juntos hacia las salas de embarque. Mientras caminamos parloteo sin control: pregunto a A por su familia, a la que no conozco, y por su vida, de la que no sé nada; después recuerdo que no hace mucho me crucé con otro superviviente de nuestro pequeño naufragio, quien me contó que A acababa de publicar un libro y de recibir un premio por él, y felicito a A. "Sí", dice A sin mirarme, mientras llegamos al control de seguridad. "En el libro incluyo nuestra polémica". "¿Nuestra polémica?", pregunto, quitándome el cinturón para pasar por el detector de metales. "¿Qué polémica?".

"Siento que ese hundimiento creó un vínculo invisible entre nosotros"

Entonces me acuerdo: desde hace unos años, A y yo somos enemigos a muerte. ¿Cómo he podido olvidarlo? ¿Cómo he podido alegrarme de ver a A? ¿Cómo he podido saludarlo? Últimamente A se ha convertido en un gran defensor de la Verdad; eso está muy bien, si no fuera porque A defiende la Verdad de una forma un tanto enfática, un pelín vocinglera, y porque a veces parece considerar que se halla en posesión de la Verdad y que, salvo él, todo el mundo hace trampas y miente. Hace un momento, mientras desayunaba, he leído esto en un artículo de Félix Ovejero: "Lo primero que nos dicen quienes nos acaban engañando es que ellos no mienten nunca". En fin: el caso es que hace años A me acusó de haber engañado a los lectores de una de mis novelas; la acusación es chocante, casi como si acusasen a un delantero centro de meter goles: igual que el oficio de delantero centro consiste en meter goles, el oficio de novelista consiste en engañar al lector; también es chocante que hubiera gente que aplaudiese la acusación de A, lo que no redundó, me temo, en beneficio de mi ya de por sí negra reputación. Por mi parte, cometí un error: contesté a A; a ese error añadí otro error: mi respuesta fue despectiva, maleducada, injusta. Con razón, A contestó de forma maleducada y despectiva; sin razón, hizo trampas, o eso me pareció, porque, aunque su respuesta reproducía la mía, comentándola, omitía las palabras fundamentales, unas palabras de Platón que son el abecé de la literatura. Dicen: "La poesía es un engaño en el que quien engaña es más honesto que quien no engaña, y quien se deja engañar, más sabio que quien no se deja engañar". Mientras continúo desnudándome para pasar el control de seguridad, me pregunto otra vez cómo he podido olvidar todo esto, cómo he podido saludar a A, cómo he podido olvidar que es mi enemigo a muerte. Un hombre serio sabe tener enemigos: ahí está Michael Corleone, por ejemplo; o, sin ir tan lejos, Vila-Matas, en cuyo Dietario voluble -que me he traído para leer en el avión- confiesa que, cuando un enemigo lo ataca, no se da por enterado, y cuando el enemigo se retira, lo persigue "despiadadamente". Me avergüenza no ser un hombre serio y, al pasar por el control de seguridad, me pregunto qué debo hacer para serlo: ¿pegarle una patada en la espinilla a A y después salir corriendo? ¿Perseguirle en pelotas por la terminal con el cinturón en la mano?

A me espera al otro lado del control de seguridad y caminamos juntos hacia el módulo B mientras yo permanezco callado, incomodísimo; A, en cambio, parece contento y vuelve a decir que en su libro premiado reproduce nuestra polémica. "Espero que esta vez no hayas suprimido la frase de Platón", le digo con rabia. "¿Qué frase?", pregunta A. A punto de decirle que atienda bien, porque es la última vez que se la repito, le repito la frase de Platón; subrayo la palabra engaño, la palabra honesto, la palabra sabio. "Ah", dice A. "Ya no la recordaba". La respuesta me desarma: por un momento se me ocurre que quizá A no la suprimió de su respuesta porque quisiera engañar o hacer trampas, sino porque no advirtió que era la solución del falso problema que él planteaba. Llegamos al módulo B. A dice que su avión sale de inmediato, se despide, alegremente me tiende una mano firme. Por un momento me pregunto qué debo hacer, qué haría en mi caso Michael Corleone, qué haría Vila-Matas, e intento con todas mis fuerzas odiar a A, con pobres resultados; además, en ese momento me acuerdo de una frase de Cortázar: "Aunque todos los gatos sean teléfonos, todos los hombres siguen siendo unos pobres hombres". Pienso que A es un pobre hombre, pienso que yo soy un pobre hombre todavía más pobre hombre que él, pienso en nuestro viejo y pobre periódico muerto y pienso que los dos sólo somos dos restos de un enorme naufragio, al que no sobreviviremos. Me hubiera gustado abrazar a A, pero sólo le estreché la mano.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 8 de marzo de 2009