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domingo, 1 de marzo de 2009
Reportaje:

Las flores y el sexo

Para Linneo, el gran botánico del siglo XVIII, una planta refleja en sus pistilos los genitales humanos. Con esa idea, Edvard Koinberg ha fotografiado este 'Herbarium amoris'. entramos en el mes de la primavera con un homenaje a la lujuria vegetal.

¿Le gustan las orquídeas, señor Marlowe?

- No en especial.

- Dan asco. Se parecen demasiado a la carne humana, y emanan la fragancia podrida de la corrupción.

Así opinaba el general Sternwood en una de las escenas más memorables de El sueño eterno, la película emblemática del cine negro basada en la novela homónima de Raymond Chandler. Y una mala carta de recomendación para las pobres orquídeas, si hemos de ser francos. Pero no iba mal encaminado el general que hablaba con Bogart en aquel invernadero intolerable.

Orquídea viene de orchis, testículo en griego. Lo cierto es que hay 25.000 especies de orquídeas, y alguna habrá que se parezca a un testículo, pero desde luego no es el caso de las más famosas entre los botánicos, como la orquídea abeja (Ophrys apifera), descrita ya por Plinio el Viejo. Estas flores se parecen tanto al abdomen femenino de las avispas, que los machos no es ya que se les acerquen, es que les eyaculan encima por regla general. Luego vuelven a casa perdidos de polen. Y, por mucho que le asqueara al general Sternwood, la carnalidad es la razón de ser de las flores. "El cáliz es el lecho nupcial en el que estambres y pistilos se unen", escribió Linneo, el gran naturalista sueco que, entre otras muchas cosas, descubrió el sexo de las plantas y su profunda relación con todas las demás expresiones de la sensualidad, sin excluir el amor humano. Edvard Koinberg, el autor de estas fotos (reunidas en un volumen bajo el título Herbarium Amoris), ha dedicado 10 años a captar el ángulo más voluptuoso de las flores, en el mejor homenaje gráfico que podía ofrecer al descubrimiento de su más célebre compatriota.

El papa clemente prohibió las rosas entodas las ceremonias

La abeja fósil más antigua, que apareció hace dos años en una mina de ámbar de Myanmar (antigua Birmania), tiene 100 millones de años y demuestra que las abejas ya eran insectos polinizadores en esa temprana fecha. Sus pelos tienen la típica estructura ramificada de las abejas actuales, que son una especialización para la recolección de polen. De modo que las flores no sólo son los órganos sexuales de las plantas, como vio Linneo, sino que su big bang evolutivo ocurrió en paralelo con el de las abejas y las avispas, sus principales polinizadores. Los genes del olfato experimentaron una gran expansión en las primeras abejas, y los del gusto sufrieron una reducción no menos notable. Como las abejas y las flores evolucionaron juntas, el gusto (un detector de tóxicos) se hizo superfluo.

Y atraer a estos insectos implica a menudo seducirles con las armas -curvas, colores, aromas- que utiliza el sexo opuesto de su propia especie con el mismo objetivo. Otros insectos, muchos pájaros y algunos mamíferos como los murciélagos colaboran también a diseminar los genes de las angiospermas, o plantas con flores propiamente dichas -lo que solemos llamar flores en el lenguaje común-, de modo que nadie está libre de la incitación embustera de las orquídeas del general Sternwood.

Los claveles ya se cultivaban en Oriente Próximo hace dos mil años. Es probable que su nombre inglés, carnation, tenga que ver con la denominación griega de la carne, aunque sobre estas cosas siempre hay teorías más rebuscadas. Los lirios, por su parte, siempre han sido un símbolo de la fertilidad para paganos y cristianos. ¿Y saben por qué la rosa es la reina de las flores? Exacto. Los primeros cristianos veían en la rosa el símbolo de la orgía y la lujuria -Afrodita, sin ir más lejos, le había regalado una a su hijo Eros unos siglos antes-, hasta el extremo de que el papa Clemente las prohibió por decreto en todas las ceremonias. Siguiendo en la tradición de Nerón, que estaba loco por esas flores, la emperatriz Josefina coleccionó 2.500 variedades diferentes de rosas, o al menos eso le dijo a su marido.

El hábito del disfraz es la más vieja de las habilidades de las flores. "Paseando por los jardines públicos de Palermo", escribió Johann Wolfgang Goethe en 1787, "se me ocurrió de pronto que en el órgano de la planta que solemos llamar la hoja se ubica el verdadero Proteus, que puede esconderse o revelarse en todas las formas vegetales. De principio a fin, la planta no es más que hoja". Goethe había descubierto que la flor, con sus sépalos, pétalos, estambres y carpelos, no es en realidad un manojo de hojas disfrazadas de otra cosa. Goethe se dio cuenta de que las flores cultivadas por los jardineros suelen ser mutantes seleccionados por su vistosidad. Como la parte de la flor más vistosa son los pétalos, los jardineros seleccionan variedades que tienen más pétalos de lo normal. Y el poeta reparó en que esos pétalos extra se formaban a costa de las demás partes de la flor. Una rosa comercial, por ejemplo, puede tener los estambres y carpelos transformados en pétalos. De ahí su carnalidad extra. Para Goethe, esto demostraba que, en el fondo, toda la flor era un manojo de hojas, aunque transformadas en uno u otro órgano floral. Las manipulaciones de los jardineros alteraban esa transformación y revelaban así la profunda unidad que subyacía a la diversidad superficial. Este concepto -estropear una maquinaria biológica para deducir cuál era su papel cuando funcionaba- es el fundamento de la genética clásica, que todavía tardaría 78 años en inventarse, y 35 más en integrarse en la práctica científica.

Los primeros higos

domesticados fueron tal vez el origen de la agricultura y, por tanto, de la civilización. Fueron producto de una mutación espontánea, propagada después por los humanos mediante esquejes sucesivos. Las mutaciones de este tipo son conocidas en las higueras silvestres: producen una variedad llamada partenocárpica en la que la fruta madura sin necesidad de polinización y se queda pegada al árbol, ganando en suavidad y dulzura en lugar de pudrirse en el suelo. Los mutantes partenocárpicos son estériles porque sus higos no tienen semillas. La razón de que el higo comestible parezca diseñado para satisfacer a una criatura terrestre es que lo está. La criatura se llama blastófago (Blastophaga psenes), y es la avispa simbiótica que se ocupa desde hace millones de años de polinizar a la higuera silvestre.

Las higueras silvestres tienen dos sexos (uno femenino y uno hermafrodita, al que llamaremos macho para abreviar). Las flores del macho tienen un estilo (la parte alargada del órgano femenino) más corto (dos milímetros) que las de la hembra (tres milímetros). La avispa pone sus huevos a través de un tubo (ovipositor) que mide casi exactamente dos milímetros. Si la avispa llega a una flor hembra, lo único que puede hacer es polinizarla. No porque no intente también poner un huevo dentro de su ovario, sino porque no puede consumar el acto: le falta un milímetro para superar el peaje del estilo femenino. Así que el blastófago sólo puede poner sus huevos en la flor macho.

Y la higuera premia a su larva con un higo: un argumento de peso para renovar el contrato de simbiosis. La mutación partenocárpica que ocurre en la naturaleza es el mismo tipo de argumento, aunque en esa ocasión nadie parecía estar escuchándolo hasta hace 10.000 años.

'Herbarium amoris' (Taschen) se publica este mes. Fotos de Edvard Koinberg y textos del escritor Henning Mankell y del científico Tore Frängsmyr.

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