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Reportaje:EN PORTADA | Reportaje

El genio escondido

El periodista Manuel Chaves Nogales (Sevilla, 1897-Londres, 1944) fue valiente y extraordinario, pero vivió fuera de sitio en una época trágica, que él supo atrapar para la literatura. Su obra A sangre y fuego y su inmensa biografía de Belmonte son ahora recuperadas.

El problema de Manuel Chaves Nogales fue que siempre quedó fuera de sitio. Justo lo contrario de su amigo el torero Juan Belmonte, cuya biografía, o novela, o reportaje, vuelve a publicarse ahora en Libros del Asteroide. Este hombre íntegro, hiperactivo y clarividente anduvo un paso o dos por delante del resto los 47 años que trotó por el mundo. Mientras vivió y después de su muerte también, con el legado fascinante de su obra, que poco a poco empieza a reivindicarse ahora.

En cuestión de ideas, cuando en España la cosa se puso cruda y salpicaba la sangre, Chaves Nogales eligió eso tan poco valorado entonces como era el sentido común. Por lo que respecta a su oficio, ¿cómo considerarle? Aquel camino de periodismo literario que emprendió radicalmente no respondía a nada conocido hasta entonces. ¿Creador del lenguaje? ¿Un reportero, sencillamente? ¿Por qué no todo a la vez? Ahora, a los 65 años de su muerte en Londres allá por 1944 cuando estaba a punto de concluir la Segunda Guerra Mundial, ha llegado el momento de colocarle en el lugar que se merece: el de un grande del siglo XX finalmente entendido en el siglo XXI.

"Sus libros pueden leerse como biografías noveladas o simplemente como novelas. Eso los convierte en excepcionales", señala Felipe Benítez Reyes

La historia, la literatura y el periodismo -si es que hay que diferenciar entre estas dos últimas categorías- han acabado por darle la razón. Para la vida, Chaves Nogales fue valiente; para el oficio, audaz y creativo hasta la genialidad. Es decir, hasta inventar caminos que nunca antes había explorado nadie y crear con ellos una escuela que es vigente, en la que trastocó todos los géneros y los modernizó hasta un punto en que hoy, al leerlo, parecen recién inventados. Genial es un adjetivo tan manoseado ante el que se impone no malgastar gratuitamente el uso para aquellos que no lo merezcan. Pero en el caso de este hombre, cuadra a la perfección por abrir caminos que unen la urgencia del periodismo con el arte literario. Por su utilización proverbial y acertada del lenguaje, tan efectiva y práctica como bella, contundente y alejada del artificio.

Viajó por toda Europa husmeando cambios y convulsiones. Se comprometió con la República y repudió los totalitarismos, ya fueran de extrema izquierda o de extrema derecha. Su vida fue una película dentro de una época trágica y revuelta. Retrató la Europa en armas, apoyó a Azaña y se indignó ante la locura de la Guerra Civil. Quiso alertarnos y dar luz. Por ello recogió el estigma del olvido. "Fue un visionario", asegura Pilar Chaves Jones, única superviviente de los cuatro hijos que tuvo con su compañera de fatigas sevillana, Ana Pérez. Pero su búsqueda de la verdad le deparó un buen cúmulo de desgracias. Aventuras también, pero ante todo desgracias para alguien a quien le gustaba disfrutar de la vida.

Pagó el precio de sus predicciones. Tuvo que huir de España hacia Francia pero su compromiso no le dio tregua. Le persiguieron los nazis y la izquierda le condenó a la hoguera por no responder al patrón de los dogmas. Fue libérrimo y anglófilo. Guapetón, y hasta quedaba fuera de sitio también en su aspecto. "Un sevillano de aire nórdico, rubiasco y de ojos azules", comenta su hija, con esa desenvoltura genética que empleaba él para definir a sus personajes.

Aunque a la hora de retratarse a sí mismo, no se daba mucha importancia. "Yo era eso que los sociólogos llaman un pequeñoburgués liberal", escribía Chaves Nogales en el prólogo de una de sus obras maestras, tan lleno de ironía como provocación. Era la última y se tituló A sangre y fuego. Héroes, bestias y mártires de España. Estas ocho páginas, para Andrés Trapiello -que le reivindicó con toda su grandeza en Las armas y las letras-, son, sencillamente, "lo mejor que se ha escrito nunca sobre la Guerra Civil".

Como tales, las historias que este autor contaba fueron publicadas por entregas en la prensa de la época. De peripecias completamente reales sobre la contienda, Chaves Nogales parió nueve relatos, o reportajes, o testimonios, como quieran, que hoy le hacen temblar a uno. Eso que luego se dio en llamar Nuevo Periodismo americano vino décadas después. Un señor de Sevilla, hijo a su vez de otro periodista, Chaves Rey, ya lo había inventado sin que nadie fuera capaz de caer en ello.

Lo cuenta Ana G. Cañil en el prólogo de esta obra reeditada ahora por Austral después de que la recuperara Espasa en 2001 y fuera publicada por primera vez como tal en Chile hacia 1937. Ningunearle ese mérito da cuenta de la ceguera patria. ?Pocos se acuerdan de él en ese sentido. Lo que manifiesta ignorancia y muestra el estatus periférico de nuestro país y su historia. Ninguno de esos valores le sirvió para evitar el ostracismo?, escribe Cañil.

Ese olvido, ese hurto ante los lectores y la memoria que ha sufrido Chaves Nogales tiene que ser aniquilado a la voz de ya para que no se rompa un nudo generacional continuo que se rinda a sus pies. Merece ser leído en las escuelas. Dejar la rareza para convertirse en ejemplo. Las razones del desprecio histórico venían jaleadas por todos los bandos. Para la izquierda, un tipo que cuestionó contundentemente un hito como la Revolución Rusa en boca de un bailaor flamenco se convertía en hereje. Eso era, ni más ni menos, El maestro Juan Martínez que estaba allí (Libros del Asteroide), otra de sus obras insólitas y geniales. Para la derecha, su posición proazañista y su propio exilio, primero en París y después en Londres, le dejaban tachado como rojo peligroso.

Hay razones que explican bien este rechazo. Ignacio Martínez de Pisón, que ha recogido dos relatos suyos para el libro Partes de guerra (RBA), lo explica: "La dictadura franquista dificultó durante mucho tiempo que se reivindicara a escritores como él, crítico con los desmanes cometidos en nombre de la República y, al mismo tiempo, inequívocamente prorrepublicano. Y tampoco el antifranquismo veía con buenos ojos esas sutilezas. Para valorar en su justa medida la obra de Chaves Nogales se ha tenido que esperar a que todo eso quedara definitivamente superado", asegura el escritor.

"Además", añade, "tradicionalmente, la guerra se ha venido interpretando en clave épica y, por tanto, maniquea". Algo que en la mentalidad de Chaves Nogales no entraba. Ni buenos ni malos, sino todo lo contrario. "En A sangre y fuego hay de todo menos epopeya y maniqueísmo. Eso queda perfectamente claro en el prólogo, cuando Chaves declara que no está dispuesto a mostrar solidaridad con ningún asesino, sea del bando que sea. Me pregunto qué suerte habría corrido A sangre y fuego entre los lectores españoles si el libro hubiera llegado a nuestro país mucho antes de cuando lo hizo", asegura Martínez de Pisón.

Sólo los taurinos le han reivindicado hasta hoy por su biografía de Belmonte. "Uno de los mejores libros españoles escritos el pasado siglo. Tanto que llegué a ponerlo en una de esas listas que suelen preguntarte por ahí?, asegura Javier Marías. "Me impresionaron su enorme originalidad y su viveza narrativa", añade el autor de Corazón tan blanco. Aquello también fue publicado entre junio y diciembre de 1935 por entregas en la revista Estampa. Después apareció en libro y en los setenta fue recuperado por Alianza. Vuelve ahora en una edición prologada por Felipe Benítez Reyes. Otro ejemplo de lo fuera de sitio que estuvo Chaves Nogales. La obra taurina de un autor al que ni siquiera interesaban los toros.

En ella, Chaves Nogales vuelve a trastocar los géneros. "Tuvo una habilidad premonitoria para la mescolanza, sin duda porque en él convivían un escritor muy bueno y un periodista también muy bueno. Su Belmonte y su maestro Juan Martínez son personajes reales como punto de partida y personajes a secas como punto de llegada. Son libros mutantes, digamos. Pueden leerse como biografías noveladas o simplemente como novelas. Eso los convierte en excepcionales", señala Benítez Reyes.

Otra pieza sorprendente, en suma: biografía que parece autobiografía, reportaje que retrata en forma de novela esa España de una época mísera y mágica al tiempo. "A través de Belmonte, Chaves Nogales nos cuenta su visión de este país. Lo trasciende todo?, afirma María Isabel Cintas, catedrática de la Universidad de Sevilla que ha seguido el rastro del autor por todo el mundo desde 1990. Su trabajo le llevó a reunir sus obras completas publicadas por la Diputación de Sevilla, hoy agotadas. ?Aunque van a volverse a reimprimir este año", anuncia.

Los trabajos de esta estudiosa ponen de manifiesto el cosmopolitismo de Chaves Nogales. Su vocación de trotamundos y su entrega apasionada al periodismo como forma privilegiada de observar la vida. "Si como algo se le puede definir es como un periodista. Ante todo, eso", concluye Cintas. Su pálpito estaba en las redacciones en las que trabajó. Sus pinceles, en la calle. A los 14 años acompañaba a su padre a la redacción de El Liberal y también colaboró en El Noticiero Sevillano y La Noche. Su sangre ya estaba oscurecida por la tinta cuando se traslada a Madrid en 1922, con 25 años. Pronto entra en El Heraldo y de ahí pasa a La Acción.

Viaja obsesivamente por toda Europa. De Venecia a Ginebra, Sintra, Londres y Marsella. Por allí, como por Sevilla, encuentra las materias de sus libros. La carne de los personajes que pueblan las páginas de El maestro Juan Martínez que estaba allí, a quien encontró en París, o los viajes de Un pequeño burgués en la Rusia Roja, Lo que ha quedado de la Rusia de los zares y La caída de Francia, en la que retrata la invasión alemana y los tiempos oscuros de Vichy.

Éste es el libro más querido de su hija Pilar. Le trae recuerdos crudos, pero no necesariamente malos. "De todos es el que más me gusta. Además, a través de su lectura, supimos, por ejemplo, qué fue de él después de marcharse de París", cuenta Pilar Chaves.

Y es que la última vez que ella, su madre embarazada y sus dos hermanos, Josefina y Pablo, vieron a su padre fue en París en 1940. "Salió de casa con una maleta y una gabardina al hombro. Le dijimos adiós desde la ventana y no le volvimos a ver". Ni siquiera él sabía que acabaría en Londres. Lo que sí sabía era que debía viajar solo. Poner en peligro a su familia en plena guerra con su mujer embarazada era una locura: "Supo que los nazis entrarían en París. Nos dijo que nos quedáramos dos meses y que después nos fuéramos a España".

Eso fue lo que hicieron. A Pilar, concretamente, que ya era mayor para entender la gravedad de ciertas cosas, le dio algunas instrucciones más. "Me ordenó que quemara todos sus papeles. Sabía que la Gestapo, al entrar en París, vendría a buscarlo porque había escrito ya sobre los nazis. Y, como usted sabe, en esa época no se andaban con tonterías". Así fue. Llegarían a cobrar una cuenta que seguramente hubiera pagado cara: haber calificado a Josef Goebbels, ministro de Propaganda de Hitler, como "grotesco e impresentable" después de entrevistarle. A las tres semanas de la ocupación, llamaron a la puerta. Pero al encontrar a dos mujeres y dos niños pequeños se fueron con las manos vacías.

Salvó la vida. Pero Chaves Nogales seguía fuera de sitio. Esta vez lejos de los suyos, aunque ellos quedaran fuera de peligro. En Londres, donde se instaló y no le fue difícil encontrar trabajo. Montó una agencia: la Atlantic Pacific Agency, con sede en Fleet Street, en la que distribuía artículos de firmas prestigiosas para América. "Ayudó a varios exiliados, entre ellos a Luis Cernuda", comenta María Isabel Cintas. Ana y los niños volvieron a España aunque el viaje estuvo lleno de incidentes. "Al ver quién era nuestro padre, nos pararon en la frontera y nos trasladaron a un campo", recuerda Pilar. Además, Juncal, su hija pequeña, nació por el camino. "Fue después de salir de allí. En Irún. Por eso la pusimos Juncal, porque es la patrona del pueblo?, comenta su hermana mayor. De ahí bajaron a Sevilla. Su tío Pepe Chaves, que regentaba un negocio próspero, les ayudó. "Nos instalamos a las afueras. En una casa en El Ronquillo. Allí echamos raíces. Fuimos felices. Nos llamaban las francesas del puente".

Su apellido era un estigma que les ponía en peligro. Pero el riesgo no tardó en borrarse. El hecho de que su padre muriera de una peritonitis fulminante que le perforó por dentro amilanó algo la inquina de los vencedores. Se fue solo y sin disfrutar la paz que iba a llegar por entonces a Europa. Descolocado, como siempre, aunque fuera en la Inglaterra de sus amores. Su lugar en la historia quedaba aún lejos. En un tiempo donde su clarividencia explica a las mil maravillas cosas que no se podían entender fácilmente mientras vivió. Todavía no es tarde para asentarle en el trono que se merece. Para colocar a ese grande que fue Manuel Chaves Nogales en su sitio.

Manuel Chaves Nogales. Juan Belmonte, matador de toros. Prólogo de Felipe Benítez Reyes. Libros del Asteroide. Barcelona, 2009. 376 páginas. 17,95 euros. A sangre y fuego. Prólogo de Ana G. Cañil. Espasa-Calpe. Colección Austral. Madrid, 2009. 270 páginas. 11,90 euros. Partes de guerra. Ignacio Martínez de Pisón (editor). RBA. Barcelona, 2009. 492 páginas. 25 euros. El maestro Juan Martínez que estaba allí. Prólogo de Andrés Trapiello. Libros del Asteroide. Barcelona, 2007. 320 páginas. 17,95 euros.

* Este articulo apareció en la edición impresa del Sábado, 28 de febrero de 2009