Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra
Crítica:TEATRO

La 'grotescomaquia' de Lavapiés

Madrid es una de las pocas ciudades cuyo nombre se puede decir en plural, porque hay infinidad de madriles y aún barrios antagónicos dentro de un mismo barrio. El territorio al que Margarita Sánchez se refiere en Mi mapa de Madrid es ese gran triángulo que queda entre las calles de Bailén, Atocha y la ronda de Valencia, donde están los enclaves obreros del casco antiguo y la antigua judería de Lavapiés. Allí nació y vive aún: ése es su terreno. Su mapa emocional está hecho de calles empinadas, de corralas donde se mezclan los olores de 100 cocinas y de cuartitos con alcoba al fondo.

Por su teatro pulula la vecindad, gente de a pie que a alguno le parecerá de otro mundo, pero que es de éste: vive en casitas minúsculas, tiene ambiciones mínimas y deja pasar el tiempo sin oponerse al destino. Bastante hace con salvar el día. El primer acto de Mi mapa de Madrid es costumbrismo puro, grabado al aguafuerte, con colores opacos: un sainete que va más allá porque su autora introduce, al final, un suceso inquietante, espoleta de lo que sucederá después.

Mi mapa de Madrid

De Margarita Sánchez. Escenografía y vestuario: Teresa Rodrigo. Dirección: Amelia Ochandiano. Producción: Teatro de la Danza. Madrid. La Espada de Madera. Hasta el 15 de febrero.

El segundo acto, ambientado en una taberna donde se concitan y resumen la de Pica Lagartos, la Casa Paco de La camisa y El Gato Negro de La taberna fantástica, empieza en clave cómica y acaba en tragedia grotesca. Margarita Sánchez ha hecho un recorrido parejo al que Arniches hace en, por ejemplo, ¡Qué viene mi marido!, y aún va más allá.

La escena de los cuatro parroquianos impíos en torno al cadáver de su vecino tiene algo del velorio de La rosa de papel y otro tanto de Juanito Ventolera expoliando al finado esposo de La Boticaria en Las galas del difunto. Ese final de acto, que avanza a lo Valle-Inclán para desembocar en Atraco a las tres, debiera ser, para mi gusto, el final de la comedia, su remate grotesco. Sin embargo, la autora, a petición de Amelia Ochandiano, directora de este montaje, le ha puesto un epílogo, ritmado con el Bolero de Ravel, donde cada personaje nos explica su destino. No hace falta: está en otro estilo, y cierra un expediente que abierto sabía mejor.

Epílogo aparte, Mi mapa de Madrid está llevado por Ochandiano con un ritmo excelente, y, en términos generales, bien interpretado. Estrella Blanco maneja estupendamente el tempo de sainete: deja caer sus réplicas con una ingenuidad que siempre hace diana. Amparo Pamplona es Lola, ex costurera metida a vidente: un personaje goloso y peligroso como una pista de hielo cubierta de aceite, por la que la actriz se desliza sin perder el equilibrio. Está chispeante y contenida. Ángel Burgos y Pablo Viñas son dos gemelos inquietantes y José Luis Serrano, Jaro, borda al ex marido de Lola, un miserable encantador. Los tres hombres, junto con el Miguel de José Luis Gago, componen un cuarteto de gente corriente y amable en la que no se puede confiar. Son un tranche de vie. Roberto de Silva, debería actuar convencido de que el escritor mediocre que él encarna es genial.

Vale la pena llegar al teatro La Espada de Madera con tiempo, subir al coqueto ambigú de la primera planta y disfrutar del vino con que los anfitriones obsequian al público. Esta sala, puesta con tanto buen gusto, es la versión castiza de L'Epée de Bois, teatro parisino dirigido también por Antonio Díaz-Florián.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 2 de febrero de 2009