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COLUMNA

Crisis de papel

La lectura de un periódico diario es una costumbre, un rito, una manía. No resulta aconsejable introducir demasiados cambios en su estructura. El lector busca espacios específicos, fácilmente localizables, predecibles, y por eso suele adquirir uno y no otro.

Se augura, con débiles motivos, la desaparición del periódico impreso a manos de la creación cibernética, que parece en continua expansión, pero aún cuentan factores a favor de la prensa tradicional. Tenerlo en las manos, hojearlo en el autobús, en la terraza del café, en la oficina, en la butaca preferida. El mundo digital, por ahora, sólo está esbozado para esta traslación en artilugios portátiles que es menester manipular con una barrita y, para muchos, con gafas especiales, las terceras: para ver de cerca, de lejos y la pantallita.

El lector va a buscar el chiste, la esquela mortuoria, el resultado de los partidos, los comentaristas preferidos o aborrecidos, el sorteo de la Bono Loto... Empieza por la última, la primera página, el espacio editorial y echa un vistazo panorámico a los temas de actualidad, cuya importancia viene dada por el tamaño y el emplazamiento. Hay quienes necesitan resolver el crucigrama diario, husmear en los ecos de sociedad, contemplar la foto sugestiva o la de persona familiar que aparece en un rincón.

Buen número de los que se han pasado a Internet pretextan la inmediatez de la noticia, pero no pocos lo hacen para ahorrarse el precio del diario. Conozco -por lejanas experiencias y porque es de cajón- la importancia de la publicidad que alivia y permite aumentar los gastos extra, las colaboraciones costosas, redacciones nutridas -aunque no menudeen los contratos fijos-, los reportajes o encuestas de alto precio, y las generosas retribuciones a altos directivos y consejeros. Los previos períodos de bonanza económica han llevado a multiplicar los gastos que enjugaba el ingreso por anuncios. Ahora, con la recesión, esa vena generosa se ha estrangulado, creando situaciones comprometidas.

La fuente de ingresos, ventas y publicidad no ha previsto la regresión y se perdió la experiencia de los momentos bajos, que se producían, especial y regularmente, en épocas veraniegas y de largas vacaciones. Entonces, el periódico reducía el número de las páginas destinadas a albergar ese tipo de contenido y sacaba a la venta el número con uno o dos pliegos, circunscritos a la información específica que, por otra parte, también encogía notablemente. Durante un largo período precedente seguimos habituados a encontrar la misma entrega voluminosa donde falta el combustible.

En la lucha por la competencia en la calle, se ha recurrido a cualquier expediente y creció la hipoteca de ofertas seductoras -viajes, vajillas, automóviles, televisores, muñecas, numismática de similor, apartamentos en el litoral...- que dio lugar a una masa amorfa de adquirentes del papel por lo que regalaban, no por lo que decían. Actualmente están cayendo como moscas los periódicos gratuitos, basados en la bonanza publicitaria; no hay otro origen confesable y digno. Estos panfletos, de origen escandinavo, hay que reconocerlo, incitaban a la lectura del periódico diario, aunque venían tan llenos de reclamos que la gente les echaba un vistazo en el metro y los abandonaba en el asiento. Su derrumbe ha sido estrepitoso; en realidad eran catálogos comerciales con algún reportaje de relleno, pero animaban el cotarro y creaban muchos puestos de trabajo para las inagotables generaciones de periodistas que produce la Universidad.

La crisis ha llamado a todas las puertas. Creo que es una purgación, no un exterminio, y está originando preocupación en el mundo periodístico. La experiencia que haya podido almacenar en mi larga vida no me sirve de nada, pues los cambios en la estructura mecánica y en la mentalidad social han variado mucho, pero quizá quede la ingrata deducción de que, si es difícil ganar lectores, más fácil es perderlos y casi imposible recuperarlos, aunque ahí están y habrá que pelear por ellos.

No hay fórmulas mágicas, pues el condicionamiento viene de fuera. Pero queda la mano firme en el timón, poner proa al viento y aguantar la marea.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 2 de febrero de 2009