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domingo, 4 de enero de 2009
PERDONEN QUE NO ME LEVANTE

Los ayeres

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Lectura de estos días pasados: Alfred & Emily, de Doris Lessing. Me pareció una buena forma de pasar la Navidad -a cuya cabecera se sientan demasiados fantasmas- y de acabar el año. Y quizá me proporcionara, el bisturí de Lessing, algo de ironía con que afrontar -ahondando en los males del ayer- el genuino y catastrófico Fin de Milenio, que tanto se trompeteó poco antes del 2000 (aunque para los iraquíes empezó en 2003; eso si consideramos su vida bajo Sadam como un balneario).

Pero a lo que iba. ¿Cómo nutrirse mejor que con la experiencia de esa mujer tan, perdonen la palabra -que se presta a equívoco-, vivida? Sin acento, por favor: de lo contrario saldría vívida, que también lo es -y arisca, lo que más me gusta-, pero más limitadora. Vivida y reflexiva, reflexionada, ignoro si existe el participio, pero me encanta. Bien, el caso es que me metí en Alfred & Emily, que es la historia de sus padres, publicada el último año: una especie de broche -esperemos que no final- para el relato que lleva escribiendo a lo largo de toda su obra. Se ha dicho de este libro que es una nueva denuncia del pasado, de lo ocurrido en Suráfrica durante su juventud. Lo es, pero a mí sobre todo me ha impresionado algo que, leído en el entorno de la Navidad, resulta especialmente punzante: y es su intento de otorgarles a sus padres -esos Alfred y Emily del título- una existencia distinta y más feliz de la que llevaron, salvajemente mutilada y marcada por la I Guerra Mundial. "Todavía hoy vivo rodeada por aquellas trincheras", confiesa Lessing, usando una imagen que es más que una metáfora. Trincheras de nuestros padres.

Confío por el bien de los lectores en que la obra haya sido traducida y publicada en España: al fin y al cabo, le dimos el premio Príncipe de Asturias y también fue Premio Nobel hace un par de años. Yo leí el libro en su lengua original. Lo compré en Beirut, en donde decidí encerrarme en mi apartamento para vivir las fiestas sin otra ocupación que mantener a raya la amabilidad de los extraños. Lo primero que me sugirió -y recuerdo que también pensé que era un ritual acorde con las jornadas y muy barato: hasta en estas cosas asoma su morro la crisis- es que las fiestas finales del año, cuando no se las celebra, resultan muy apropiadas para intentar devolver a los padres la vida que les pertenecía y que les fue hurtada por la brutal intervención de la historia.

Resulta, en efecto, una faceta no poco significativa de la memoria histórica, que en España cada cual también recupera a su manera -los que la niegan o la inventan, más-, tratar de componer las existencias cuyo desvío ya carece de remedio. Paco y Lola, pensé. ¿Qué habría sido de ellos sin el 18 de julio de 1936? No es que reflexionara en torno al tema por primera vez. Pero sí lo veía expuesto, por primera vez, en el libro de Lessing, como asunto literario que no amaga su verdadera intención: ajustar cuentas, podrímos decir. Y, en este caso, la segunda oportunidad de la primera parte, esa existencia inventada que los padres de la autora habrían podido tener, se hace terriblemente dolorosa a causa de lo que en realidad ocurrió, y cuyas consecuencias se nos narran después sin la menor complacencia.

Resulta, pues, hiriente pero útil imaginar a los nuestros, aunque no tengan la suerte de poseer patronímicos tan estéticos. ¿Se habría convertido Paco finalmente en un buen hombre, venciendo su inclinación al alcoholismo, de haber sobrevivido su primera mujer, que murió víctima de un bombardeo de los aliados italianos de Franco, cuando iba a por la leche y el pan en su avanzado estado de embarazo? Mi madre, Lola, ¿se habría convertido en una beata sumisa y vestida de oscuro, recelosa de cualquier instante de felicidad, o habría podido casarse con el hombre a quien ella más quiso, que lo hizo con otra, cuando acabó la guerra?

Todo lo cual conduce a una buena pregunta para el nuevo año. ¿Seríamos quienes somos de haber sido otros nuestros ayeres?

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